lunes, 10 de junio de 2013

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Capitanes de plástico 
por Virtudes Ruiz Rico

Pilar Mateos y Antonio Tello (il.), Capitanes de plástico, SM
  
Capitanes de plástico está dividida en dos historias diferentes: una primera homónima y otra, más larga, titulada ¿Chico o chica?
 
En el primer relato Pilar Mateos usa la tipografía de una manera tan inteligente como creativa para diferenciar, por un lado, la desesperada situación del Capitán Ernest, militar abandonado en la Colina de los Diamantes a merced de las tropas enemigas y, por otro, para narrar una tarde en la vida de Ernesto, el niño que imagina toda la historia anterior. Así, los dos relatos se alternan creando una original narración simultánea: la queja de su hermano porque Ernesto le ha perdido su álbum de sellos se convierte en la traición de su teniente, la regañina del portero por jugar con el ascensor resulta una amenaza a punta de pistola por parte de un soldado enemigo, y la buena noticia que cuenta su madre a la hora de la cena es una cantimplora de agua fresca lanzada en el último minuto desde la ambulancia.
Tanto los miembros de la familia, como las situaciones anodinas o cotidianas de la vida de Ernesto, tienen un reverso alternativo que demuestra su poderosa imaginación. Aunque, en realidad, sólo es un chico de unos ocho o nueve años como cualquier otro: se aburre comiendo, se pelea y reconcilia con su hermano continuamente, teme las riñas de los adultos y ansía la vuelta de su padre al hogar.
Al final, ambas historias confluyen cuando tanto Ernesto como su álter ego notan, en mitad de la noche y tras ser arropados por la mamá-enfermera, cómo su padre le besa en la frente al volver de trabajar.

Completamente diferente es el segundo cuento, más tradicional tanto en la forma (que sigue el conocido esquema de presentación, planteamiento del problema, desarrollo y solución) como en el contenido, pero entretenido y muy cercano a su público. ¿Chico o chica? cuenta en primera persona la historia de una pandilla de amigos que deciden construir una caseta para tener un lugar propio donde reunirse. Pero, tanto el pequeño narrador como sus amigos Jaime y Olalla, empiezan a inquietarse el día en que aparecen huellas que demuestran que alguien ha descubierto su caseta y la está usando como refugio. ¿Serán sus contrarios de la banda del Aguilucho? ¿Un ladrón? ¿Un vagabundo? Ni siquiera saben, como siempre se encarga Olalla de recordar (en un guiño a la coeducación), si es un chico o una chica.
Durante una larga semana de verano buscarán pistas a este misterio hasta que, la noche de la fiesta del pueblo, acuden muertos de miedo a la caseta. Será entonces cuando descubran que quien toca la armónica en su cabaña no es más que el padre de Jaime que, de pequeño, quería ser vagabundo.

En principio, parece evidente que la historia más relevante y trabajada es Capitanes de Plástico, cuya creativa forma de introducir una doble perspectiva (siendo además una real y otra ficticia) le valió el premio Lazarillo. No vamos a negar que este cuento resulta sorprendente por su enfoque, pero tiene algunas virtudes más como son la habilidad para contar lo que sucede de verdad usando sólo diálogos donde ni siquiera es necesario especificar quién habla, o su contraste con la secuencia narrada en tercera persona que tiene lugar en la mente de Ernesto. A ello hay que sumar la combinación de un lenguaje coloquial que retrata perfectamente las características de los personajes, con un otro más formal, de tono épico, adaptado a los angustiosos sucesos de la aventura bélica.
Sin embargo, en los dos cuentos encontramos características propias de Pilar Mateos que nos permiten observar semejanzas que justifican su publicación conjunta. La expresividad del lenguaje, que recrea con gran acierto el habla de los niños, es una de las más comentadas, consiguiendo la identificación casi inmediata con la audiencia infantil a la que se dirige el libro. Pero también ayudan los problemas del día a día que tienen los protagonistas (como, por ejemplo en ¿Chico o chica?, la muerte del jilguero), perfectamente posibles para muchos niños y niñas de nueve años. Y es que los temas que elige esta autora, incluso cuando los protagonistas son seres fantásticos (como La Bruja Mon o El fantasma en calcetines) andan completamente pegados a la realidad.
Igualmente sucede con las ilustraciones de Antonio Tello, que representan exactamente lo que sucede en los cuentos con fidelidad y realismo, y dejando sólo como licencias artísticas la esquematización y rigidez de árboles y plantas.

Aún así, Mateos no excluye los elementos complicados o tristes de la vida. En otros casos (Jeruso quiere ser gente, Historias de ninguno) recurre a personajes marginados, huérfanos o diferentes para denunciar con mucha sutileza las injusticias cotidianas. Pero en estas dos historias hallaremos, de forma casi imperceptible pero como elemento vertebrador, la crítica hacia los padres distantes de sus hijos. Sea esta distancia física como en Capitanes de Plástico o bien psicológica como se intuye en ¿Chico o chica? se trata de un asunto fundamental para la resolución de las dos historias.
El tema de las relaciones entre generaciones (padres e hijos, o abuelos y nietos) es básico en la literatura infantil y la manera de abordarlo es tan variada como numerosos son los ejemplos que se pueden encontrar. Es, además, una cuestión vital para el desarrollo del niño como se demuestra desde la psicología y, como elemento cultural, también es proclive a cambios más o menos pronunciados. Por ello, resulta interesante observar cómo en estas historias aparecen dos tipos de padres propios del momento (principios de los ochenta) en que se escribieron. El primero, aunque afectuoso, apenas puede pasar tiempo con sus hijos por tener que cumplir un interminable horario laboral que incluye viajes y desplazamientos. En aquellos años era típico que este papel lo cumpliera el padre, dejando a la madre en casa como casi única responsable de la crianza. Pero también se daba una figura de padre algo continuista con la de generaciones anteriores: un padre serio, de gesto seco, al que respetar y temer. Este podría ser el padre de Jaime en la historia de la pandilla de amigos. Una sombra siempre presente con la función de reprimir y prohibir, como describen los comentarios de los niños que salpican todo el relato con la sutileza que comentábamos: “…no oímos venir al padre de Jaime y de repente vimos aquella horrible cara y esa voz de trueno que rugía…” “ya verás tu padre cuando te vea con una navaja”, “a Jaime su padre no le da permiso para nada”, etc.

Por tanto, los dos cuentos reúnen, pese a su diferente enfoque, estructura y recursos, un elemento común que conecta con los intereses del público infantil: la crítica a los padres que por falta de tiempo o de sensibilidad no son el verdadero apoyo que sus hijos necesitan. Así, la escritora pone por escrito un tema que quizá los niños de esta edad solo sabrán identificar si se reconocen en los personajes, y resuelve ambos casos con un final feliz y tranquilizador: al final, el padre ya no tiene que pasar tantos días fuera de casa, o bien comprende que él también tuvo las ideas y sueños de su hijo y decide darle más libertad.

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