En esta temática divina en la Literatura Infantil no podía
faltar este fabuloso Theo y Dios de Kitty Crowther. Es inevitable establecer
cierto paralelismo entre La creación y este título (por la premisa de un
humano encontrándose frente a una deidad bonachona) o la admiración de Crowther
por Erlbruch, pero hasta aquí terminan las comparaciones. Con una mayor
economía en el texto respecto al de Moeyaert (que en el formato álbum,
obviamente, no es un desmerecimiento), tenemos una representación más amorfa de
esa deida que Theo encontró una mañana mientras paseaba por el bosque. De
nuevo, el escenario del bosque como espacio mágico en el que Crowther emplea
colores fluorescentes para abrir una segunda lectura con luz fluorescente en la
oscuridad (un efecto que comentaremos en la segunda entrada del día en Yo
quiero un perro y también presente en Cuentos de Mamá Osa). El
bosque con sus personajes desconocidos y mágicos, la contemplación de la
belleza del entorno, el ritmo pausado y la capacidad de sorpresa en los
pequeños momentos que nos definen. Ante el encuentro fortuito de Theo con Dios
(que le tranquiliza ante su sorpresa), una pregunta de Theo zanja una cuestión
incómoda: “- ¿Y sois muchos? - Hay tantos dioses como estrellas en el cielo,
e incluso tal vez más”.
El dios que retrata Crowther es sereno y, en comparación,
mucho más dialogante: “Y tú, ¿cómo imaginabas a Dios?” La descripción de un señor con barba blanca,
viejo y túnica blanca es una de las típicas de las sociedades occidentales y,
seguramente, si cerrasen los ojos tendría una similar a esa representación. Un
Dios al que le encanta bromear con Theo y mostrar su capacidad para transformarse
en otras cosas (más que un Dios o esa idea, estamos ante un personaje que tiene
el carácter de un espíritu burlón): un ciervo, un vaquero o un indio, por ejemplo.
Así, la imagen de un Dios todopoderoso y gruñón pasa simplemente a la de un
observador de la humanidad. Comparte con Theo su afición (transformarse) y,
Theo, le muestra aquello que a él le gusta disfrutar: una tortilla, un baño en
el estanque.
Le petit homme et Dieu
Esas ilustraciones (el paso de puntillas por el lago y su
posterior zambullida) muestran el placer de las pequeñas cosas que se le pueden
escapar a un Dios. Finalmente, la intimidad ante el atardecer y, una despedida.
Hay días que nos cambian para siempre (y el halo anaranjado fluorescente,
ahora, rodea la silueta de Theo), nos sorprenden o encontramos pequeños
momentos de paz, pero también las personas que deciden mostrar lo mejor de sí
mismo al otro. Y, pequeñas revelaciones al final del libro (a la señora Dios, ojo con el detalle sutil),
que muestran la importancia de la bondad en el trato a los demás. Curiosamente,
en otras narraciones con una dinámica similar podemos encontrar al adulto en el
papel de Dios y al personaje infantil estrechando esos dos mundos y, en este
caso, Theo es un personaje adulto. Sería un bonito recordatorio de la autora hacia
nosotros.
Si iniciamos el viaje nombrando a Andrea Antinori y La entrada de Cristo en Bruselas, cerramos con ella y L'arrivo di Santa Lucia (esta vez ilustrado por la muy recomendable Noemi Vola).
Esta es la tercera entrada dedicada a la neoyorquina
Margaret Wise Brown (1910-1952) después de la nueva ilustración de El
pájaro muerto y The
Little island (firmando como Golden MacDonald) y se trata de uno de los
títulos más conocidos de la Literatura Infantil (y vendidos) con este Buenas
noches, luna pese a que el éxito fue posterior en el mercado
norteamericano. Un libro ideado para el momento en el que calmar al lector
infantil para acostarse y generar un pequeño mantra con el que despedirse de todos
los elementos de la habitación (inclusive la nada) y conciliar el sueño en una
noche estrellada. El protagonista de esta historia es un pequeño conejo que se
encuentra en su cama (en la habitación verde y tranquila) en el que el texto
enumera diferentes objetos: un teléfono (que es el punto donde mira el conejo,
no sabemos si esperando una llamada de una persona querida o, por fantasear,
que Gianni Rodari le cuente un cuento), un globo rojo (ese que Iela Mari posteriormente
transformaría en arte) y un cuadro de…
En la imagen vemos claramente dos cuadros (relacionados con
la tradición oral: los tres ositos y la nursery rhyme Hey diddle diddle
y el célebre verso sinsentido “The cow jump over the moon”). En ese paso
de página, se enumeran ambos y se observan los detalles enmarcados en la visión
que tendría el pequeño protagonista (que es, ahora, el lector que es invitado
al sueño) en blanco y negro, cambiando el registro de un color chillón con la
predominancia de la intensidad del verde y rojo. Esta combinación es la que irá
creando un trance y abriendo la puerta de sueño (y observamos de manera
emborronada que, posiblemente, los tres ositos también tienen el mismo cuadro
de la vaca saltando la luna en su habitación). El foco en el que se enmarcan
las descripciones del texto, con sus rimas para inducir a la musicalidad de la
nana, sigue alterándose a cada paso de página. Reconocemos la habitación
(mientras el tiempo también pasa en las manetas del reloj (de las 19:00 a las
19:10 h. en la siguiente ilustración a color).
Ese juego con el foco y las anticipaciones con los elementos
que seguirán en el juego se alteran como una pequeña sinfonía al presentarse
dos elementos nuevos: el peine, el cepillo y el cuenco de cereales que se veía
en la primera ilustración a color, pero no en la anterior, y una viejecita
tejiendo que aún no ha sido presentada y no veremos en color hasta pasar la
página. Ese baile de detalles, esa precisión en la información, finalmente se
desvela en una doble página en la que observamos la panorámica completa y la
luna se hace más evidente en la ventana (son las 19:20 h.). El álbum seguirá
con esta mecánica del paso del tiempo de diez minutos en cada intervalo de
página hasta el sueño a las 20:10 horas.
Comienza el ritual del sueño: Buenas noches, habitación
tranquila. Y, momento para que el juego de descubrimiento sea un ritual de
despedida del mundo tangible hacia el del sueño. Buenas noches, luna. Buenas
noches, vaca que salta sobre la luna fina. Estas pequeñas rimas y la condición
de clásico, también ha provocado que su uso en la investigación sea habitual en
diferentes épocas (en Google Scholar citado 291 veces) y encontramos
investigaciones sobre el aprendizaje en lengua inglesa de aspectos fonéticos o para
el estudio del lenguaje materno, por ejemplo.
Una de las investigaciones que me resultan más interesantes, en
esa combinación de semántica y semiótica del análisis multimodal, es la que realizan
Painter et al. (2013). En el análisis de la composición visual del espacio se
refieren a esa combinación de visión panorámica (de la habitación a color)
hacia el blanco y negro extrayendo elementos concretos en los siguientes
términos: “Each picture has an ornate picture frame to emphasise that it is
at one remove from the world of baby’s bedroom and also that it has an iconic
status as a valued aspecto of childhood” (p. 108).
Otra suposición era que el cambio de colores empleado por
Clement Hurd (1908-1988) estuviera relacionado con las características de la
visión de los conejos (campo de visión de casi 360º) y hubiera sido curioso que
su visión fuera en blanco y negro (para tener un significado adicional ese
cambio de color), pero ojeando por diferentes espacios parece que son capaces
de identificar pocos colores (especialmente el verde y el azul). En ese ámbito
investigador, volvemos a la charla de Sophie van der Linden que acompañaba la
reseña de Lune de Junko Nakamura (enlace de YouTube, a
partir del minuto 6) en el que analiza el ritmo de Buenas noches, luna,
el valor de las repeticiones, la materialización de los objetos seleccionados
en esos marcos en blanco y negro (de nuevo, inclusive la “nada”).
Me encanta cómo analiza esos elementos cotidianos y señala
la pareja de elementos en blanco y negro formados por la “nada” y la papilla. Una
abstracta e infinita, otra cálida y el sustento alimenticio. Por cierto, un
cambio de colores que también recordamos del clásico de Remy Charlip con Afortunadamente
(el mismo artista que ilustró inicialmente El pájaro muerto de Margaret
Wise Brown). Sophie van der Linden también comentaba la importancia de todos
los elementos que componen el álbum y que siguen reforzando como atemporal la
definición de Barbara Bader en 1976: “A picturebook is text, illustrations, total design; an item
of manufacture and a comercial product; a social, cultural, historical
document; and foremost an experience for a child” (p.1).
En una semana dedicada a la luna era una obligación pararse
en uno de los clásicos de la Literatura Infantil. Un álbum tierno y, como han
podido apreciar, un ejemplo de la profundidad que esconden (algunos) de estos
libros. Un placer estético-literario que se puede llevar más allá con la narrativa paralela de la ratoncita inquieta que se pasea por la habitación y aparece en cada una de las ilustraciones a color, cómo es advertido en un momento por el gato blanco que jugaba con un ovillo, pero que finalmente no será atrapada y se despedirá mirando la luna. Y, como no, esa despedida a la luna en una de las escenas más tiernas de la serie The Wire con Kima pasando la noche con el hijo de su ex-pareja y despidiéndose de los elementos cotidianos de las calles de Baltimore (luna, estrellas, policías, chulos, estafadores,... a todo el mundo):
Encuadernación
y formato:
22,5 x 20,5 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Siguiendo con parajes naturales, la belleza de las
ilustraciones de Komako Sakai en este sensacional álbum para la primera
infancia que junto a Cuando deje de nevar (Corimbo, 2006) completan un
binomio perfecto en el que retratar el mundo interior infantil: sus
pensamientos y emociones narradas en primera persona. Dada la estación, se
recupera En el prado (seleccionada entre las 100 obras destacadas por el
Grupo GRETEL en 2016 y como recomendación
en su portal), pero destacar que Cuando deje de nevar es otra de las
100 joyas ilustradas que escogió Salisbury (2015). Perfectos altavoces para
fijar el interés en estas preciosas obras.
Con un álbum como En el prado tengo la sensación de estar
también conectado con Vamos a cazar un oso de Rosen y Oxenbury por el
empleo de onomatopeyas para describir el sonido en el tránsito por la naturaleza.
Desde la narración en primera persona de la visita al río de la pequeña
protagonista con su familia y la interacción con los elementos que encuentra en
el prado: la mariposa, su persecución entre la hierba, su observación de sus
formas, sonidos de los elementos, el viento convirtiendo el prado como las olas
del mar, su inmersión, la contemplación de la espesura y altura que la envuelve,
… y, la sensación de pérdida en medio de ese océano de naturaleza. Para mostrar
ese cambio emocional en su protagonista, cambia las tonalidades del cielo y la
espesura de la hierba por el gris desconcertante de sus emociones. El
sentimiento de pérdida que tendrá una resolución ágil y la recuperación del
color.
Un texto claro y ágil en su ritmo para una historia breve
hermosa. Una vuelta al río y el descubrimiento del mundo interior de una
protagonista que nos invita a cogerla de la mano y contar una y otra vez este hermoso
En el prado.