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jueves, 2 de diciembre de 2021

Entradas en azul. Ezra Jack Keats. Un día de nieve. Lata de sal

 

Título: Un día de nieve

Autor e ilustrador: Ezra Jack Keats

Traducción: Carlos Mayor

Editorial: Lata de Sal

Año: 2013. Original: 1962

Páginas: 36

Encuadernación y formato: 28 x 25 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

En este momento de recapitulaciones para las últimas entradas hay un aspecto sobre el que considero que las entradas del blog han pasado por alto: el reflejo de la diversidad. En muchas ocasiones no reparamos en la visión etnocéntrica, aunque en otras ocasiones el reflejo de la diversidad se articula en muchos títulos a partir del empleo de animales humanizados. También ha tenido poco reflejo la diversidad afectivo-sexual y con esta entrada no pretendo excusarme dando por subsanado el error. Más aún cuando una jueza de Castellón ha decidido darle voz a una asociación conservadora para la retirada de títulos en los centros escolares que visibilizan la diversidad afectivo-sexual. Por suerte, la lógica ha prevalecido, pero es la misma vieja canción de siempre: las censuras aplicadas a la literatura infantil. Ya sean los cuentos tradicionales, temáticas complejas o nuevos discursos sobre la justicia social parece que siempre se impone la visión de la narrativa infantil como una propaganda moralizante por parte del adulto. Tampoco hay que ser naíf y seleccionar los libros por su componente temático (a modo de panfleto) como criterio principal: un buen libro, álbum en nuestro caso, será aquel que sea una experiencia (literaria, artística y temática) para su lector/a. Y, como no, hay que ser capaces de contextualizar la obra a su tiempo y poner en valor los libros que rompen con los estereotipos de género (Cañamares-Torrijos y Moya-Guijarro, 2019) con la excesiva polarización que nos lleva a censurar álbumes como el maravilloso El tigre que vino a tomar el té de Judith Kerr o Nana Vieja de Margaret Wild y Ron Brooks. 

Son ejemplos, pero quizás sean cuestiones que escapan ahora mismo a la temática de la entrada sobre un título tan emblemático como Un día de nieve de Ezra Jack Keats. Barajaba para esta entrada varios títulos como Última parada en la calle Market de Matt de la Peña y, especialmente, por el ilustrador Christian Robinson (que ya pasó por el blog con Another y El pájaro muerto) o el maravilloso Mucho Mucho de Trish Cooke ilustrado por Helen Oxenbury (y que, finalmente, se ha editado en castellano este 2021 por Ekaré) y, sin duda, un nuevo clásico como Sirenas de Jessica Love. Y, para profundizar en estas cuestiones recomiendo la monografía de Moya-Guijarro y Cañamares-Torrijos (2020): Libros álbum que desafían los estereotipos de género y el concepto de familia tradicional.


Además de las evidentes cualidades estéticas del álbum, las divertidas peripecias de Peter que se despierta con la nieve rodeando su casa y, vestido con el emblemático traje de invierno rojo, recorre el barrio para experimentar con ese fenómeno: observar las pisadas en la nieve, el crujido bajo sus pies, hacer caminos arrastrándolos, hacer un muñeco de nieve, deslizarse sobre ella o la silueta de un ángel. Una suma de experiencias que hablan del mundo interior de la infancia (el miedo a jugar a la guerra de bolas con los más mayores) de una manera cálida. El álbum es una joya imprescindible, un clásico contemporáneo y una historia que conectaba con un público que reclamaba justicia social y, hoy en día, aún siguen reclamando con movimientos como Black Lives Matter. Fue este documental, estrenado cuando escribí esta reseña, sobre Ezra Jack Keats el que sirvió de contexto perfecto para decantarme por esta obra y que les recomiendo su visionado para poner en valor muchas cuestiones planteadas:



Y, como extensión a estas cuestiones, algunas recomendaciones como la serie Small Axe del director Steve McQueen o el documental del batería de The Roots, Questlove, titulado Summer of Soul (un metraje que se almacenó y nunca vio la luz hasta ahora, en un claro ejemplo de la censura sobre la cultura afroamericana en Estados Unidos). Hay que exigir siempre calidad literaria y, como no, ser reflexivos sobre estas cuestiones en la selección literaria. Muy recomendables las lecturas sobre la obra de Ezra Jack Keats o el manual de 2004 de Michelle Marin: Brown Gold: Milestones of African American Children's Picture Books, 1845-2002.



 

Fran Martínez

Twitter

 

 

Web de la editorial

http://latadesal.com/project/un-dia-de-nieve/

Ezra Jack Keats Foundation

https://www.ezra-jack-keats.org/

Referencias

Cañamares-Torrijos, C., & Moya-Guijarro, A.-J. (2019). Análisis semiótico y multimodal de los escenarios de libros álbumes que retan estereotipos de género. Ocnos. Revista De Estudios Sobre Lectura18(3), 59-70. https://doi.org/10.18239/ocnos_2019.18.3.2127

Moya Guijarro, A.J. y Cañamares Torrijos, C. (Eds.) (2020). Libros álbum que desafían los estereotipos de género y el concepto de familia tradicional. Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha.



To be young, gifted and black






martes, 9 de noviembre de 2021

Entradas en azul. Ed Young. Lon Po Po. La versión china de Caperucita roja. Pastel de luna

 

Título: Lon Po Po. La versión china de Caperucita Roja

Autor e ilustrador: Ed Young

Traducción: Rafael Álvarez de Espejo Búa

Editorial: Pastel de Luna

Colección: Lejano Oriente

Año: 2017. Original: 1989

Páginas: 36

Encuadernación y formato: 21 x 26 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

 Título: Lon Po Po. La versión china de Caperucita Roja

Autor e ilustrador: Ed Young

Traducción: Rafael Álvarez de Espejo Búa

Editorial: Pastel de Luna

Colección: Lejano Oriente

Año: 2017. Original: 1989

Páginas: 36

Encuadernación y formato: 21 x 26 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

Ed Tse-Chun Young es un autor e ilustrador al que conocemos por el clásico Siete ratones ciegos (publicado en España por Ekaré), pero que con este rescate de la versión asiática (Ed Young nació en China en 1931) de Caperucita roja obtuvo la Medalla Caldecott en 1990. Un álbum que nos permite adentrarnos en aspectos curiosos sobre la transmisión oral a lo largo de las culturas de la misma historia, así como sus variaciones a lo largo de siglos de circulación de boca en boca. Hace tiempo que los estudios etno-folclóricos analizan e interpretan el simbolismo de estas narraciones y se intenta trazar un origen en el que estas narraciones comenzaron a difundirse entre las diferentes culturas. Una de las aportaciones clásicas fue el índice (y sus revisiones) Aarne-Thomson-Uther y, en la última revisión de Uther había tres variantes clásicas al esquema narrativo de Caperucita roja (número 333 en este índice): la prosificación de Perrault (el lobo se zampa a Caperucita y que se ha interpretado como un cuento de advertencia sobre la sexualidad a las jóvenes, pero hay más corrientes que otorgan otro significado), la aparición del cazador al rescate (introducido en 1800 en la obra teatral de Tieck) en la versión de los Grimm y la vertiente italiana (que vendría a ser algo similar en argumento a Tío Lobo de Ballesteros y Olmos).

Entre medias, Tehrani (2013) intentó dilucidar algunos conflictos tipológicos con el análisis filo-genético sobre esta narración y la confusión de ese relato como una variante del ATU 123 (la abuela lobo, que usualmente se emplea para narraciones que conoceremos como los siete cabritillos). En este artículo trazaba similitudes en las versiones africanas de Caperucita con el ATU 123, mientras que las occidentales estarían más cercanas en origen con el 333. Y, en esa difusión cultural a lo largo del tiempo, la versión asiática tendría algunos elementos distintivos y que, como verán en la narración de Young se combinan ambas de una manera peculiar y, curiosamente, el motivo de la excusa también lo encontramos en La verdadera historia de Caperucita roja de A. R. Almodovar (que ilustró Marc Taeger y editó Kalandraka).

En la narración de Young, tres hermanas (Shang, Tao y Potze) ven partir a su madre a la casa de la abuela (es su cumpleaños) y les advierte (el elemento de enseñanza) que no abran la puerta a nadie y cierren bien la puerta durante la noche. Un lobo que vio partir a la madre decidió vestirse de señora mayor (reconocen las mezclas de los motivos, ¿verdad?) para dirigirse a la casa donde estaban solas las pequeñas: Toc, toc. Soy vuestra abuelita. El engaño del lobo y la entrada en la casa para acostarse en la cama junto a las tres que harán preguntas por su extraña morfología, pero una de ellas notará algo extraño en su Po Po (abuela). Mediante el ingenio, y la subida a las ramas del Ginkgo para estar a salvo, se traza el desenlace de esta narración que les recomiendo no solo por el exotismo de la versión o el interés que las narraciones de Caperucita suelen suscitar en el universo de la Literatura Infantil.


Ese aspecto queda superado por las magníficas ilustraciones de Ed Young, la manera con la que decide panelar las ilustraciones en viñetas, los puntos de vista y perspectivas del lobo ascendiendo por Ginkgo, la imagen de la cama con una colcha repleta de nubes, las tonalidades de los paisajes y tantos otros elementos que muestran la maestría del autor. Un álbum hermoso de un autor que adaptaría otros cuentos populares y recuperaría narraciones de la tradición china o versiones asiáticas de otro cuento tradicional como La cenicienta en Yeh-Shen: A cinderella story from China.

 

Fran Martínez

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Web de la editorial

https://www.pasteldeluna.com/product-page/lon-po-po

Referencias

Tehrani, J. (2013). The Phylogeny of Little Red Riding Hood. PLoS ONE, 8 (11). doi:10.1371/journal.pone.0078871 

 


jueves, 28 de octubre de 2021

Entradas en azul. Janice May Udry y Maurice Sendak. The Moon Jumpers

 

Título: The Moon Jumpers

Autora: Janice May Udry

Ilustrador: Maurice Sendak

Editorial: Harper & Row

Año: 1959

Páginas: 32

Encuadernación y formato: 25,8 x 18,5 cm. Tapa dura.

Idioma: inglés


Reseña:

En esta serie de entradas dedicadas a la luna es el momento para detenernos en un título que Martin Salisbury incluyó en sus 100 joyas de la literatura infantil ilustrada: The Moon Jumpers (Un salto a la luna en la traducción del manual). En esta primera colaboración entre la escritora Janice May Udry (1928) y Maurice Sendak (1928-2012) consiguieron alzarse con la condecoración de la Medalla Caldecott (en 1960), un premio que posteriormente recaería en el gran clásico de la literatura infantil con Donde viven los monstruos (1963) de Sendak en solitario y, un premio, que previamente recibió Janice May Udry por A tree is nice (1957, ilustrado por Marc Simont). Juntos volverían con la publicación en 1961 de Let’s be enemies (una divertidísima narración sobre la amistad, las riñas infantiles entre John y James y, como no, la reconciliación pasando de la declaración de enemistad a la celebración de todo lo que comparten) y, con este The Moon Jumpers leemos entre las cualidades descritas por Salisbury (2015, p.89): “Mediante el uso de una técnica casi puntillista, el artista elude el enfoque figurativo de los edificios o la flora con el fin de crear un primitivo ambiente roussoniano”.

Estas ilustraciones a color tienen una entidad propia dentro del libro, representándose a doble página sin la presencia del texto. El texto funciona de manera independiente acompañado con ilustraciones en blanco y negro que dan un espacio al texto de la autora que se inicia con una panorámica de la puesta de sol entre las montañas, los girasoles que sueñan con la promesa del sol del día siguiente. El ritmo del texto nos remite a un espacio de enumeración que sirve como mantra con los elementos que diferencian al día y la noche. Así, aparece la noche y nuestra protagonista esta semana: la luna. El búho en el abeto (los búhos no son lo que parecen), el gato saliendo al jardín. Ese último pasaje, la aparición del felino en el jardín, será la ilustración a color que expande la narrativa con la belleza descrita por Salisbury: la luz de la luna, las sombras sobre la casa y el poblado jardín.

Con esa panorámica que sirve de preámbulo en la situación inicial narrativa, pasamos del horizonte al jardín y vemos una casa, en la que ahora centrará su mirada la narrativa con la presentación de sus personajes en la ventana: un padre y una madre a la luz de la lámpara observando un libro de arte. La siguiente doble página nos presentará a los protagonistas infantiles que salen de la casa para saludar a la luna llena. La miran, extienden sus brazos hacia ella y sus sombras se proyectan alargadas ante el espectáculo de la noche. Con esa combinación de páginas en blanco y negro (tonos sepia) en la que se enumeran esos diferentes elementos que aparecen en la noche (aparece el canto de las ranas, las luciérnagas, las polillas buscando las flores de luna y el viento en una agradable y fresca noche de verano que mece los pelos de los niños danzando con los pies descalzos y ojos cerrados en el jardín).

El libro sigue incrementando su belleza en un acto teatral (una disciplina con la que Sendak tiene un fuerte vínculo) con el baile estilizado de los niños. Salisbury también precisaba un cierto aire pagano y, ciertamente, hay un componente de pequeño ritual de solsticio, de noche de San Juan (sin ser esto Midsommar) y con sus miradas perdidas en la danza. También se narran sus juegos: subirse al árbol e imaginar que se encuentran en una isla, compondrán canciones y poemas, rodarán por la hierba y contarán historias de fantasmas. Darán vueltas alrededor de la casa y saltarán cada vez más alto para acercarse a la luna pese a que nadie la ha alcanzado (sería una década más tarde, en 1969, cuando eso sucedería) y que continúa creciendo cada vez más.

Una luna tan grande que, súbitamente, refleja una sombra gigante que aparece ante ellos: el padre con la pipa que vigila que estén bien las rosas y, posteriormente, la madre llamando desde la puerta. Es hora de irse a la cama. Es muy graciosa la respuesta de los niños: Nosotros no somos niños, somos los que saltan la luna. Hora de irse a la cama, despedida a la luna con la belleza en el texto de Janice May Udry y, la repetición de una frase en el inicio sobre los girasoles: “And we fall asleep and dream of tomorrow’s sun”.

Un álbum precioso para dormir y, la luna, como una protagonista en la literatura (sin etiquetas) y que Maurice Sendak ha reflejado en su trilogía con Donde viven los monstruos (es imposible no pensar en la imagen de Max adentrándose en el bosque de su cuarto a la luz de la luna y verlos a todos bailando bajo el influjo de la luna), La cocina de noche y Al otro lado. Pero, como final, he repasado apariciones lunares en otros de sus álbumes (ya sean como ilustrador o como autor) y la conexión con ese mundo onírico que define la obra de uno de los estandartes de la Literatura Infantil.

Chancho Pancho. Kalandraka

Dídola pídola pon. Kalandraka


Héctor Protector y cuando yo iba por el mar

Else Homelud Minarik. Osito

El letrero secreto de Rosie

Ruth Krauss. Un hoyo es para escarbar


La ventana de Kenny


En el vertedero con Juan y Pedro


Randall Jarrell. Volar de noche

La cocina de noche


Al otro lado

Donde viven los monstruos


Always in our hearts
beloved Maurice Sendak








 

Fran Martínez

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Referencia

Salisbury, M. (2015). 100 joyas ilustradas de la literatura infantil. Blume




jueves, 30 de septiembre de 2021

Entradas en azul. Margaret Wise Brown y Leonard Weisgard. The Little Island

 

Título: The Little Island

Autora: Margaret Wise Brown

Ilustrador: Leonard Wesigard

Editorial: Dragonfly books

Año: 2003. Original: 1946

Páginas: 48

Encuadernación y formato: 26,4 x 20,8 cm. Tapa blanda.

Idioma: castellano

Reseña:

Terminamos septiembre con un pequeño viaje a una pequeña isla imaginada por una de las grandes autoras de la LIJ, Margaret Wise Brown (1910-1952) con una amplia obra con clásicos como Buenas noches, Luna y, parte de su obra también publicada póstumamente. En el blog ya ha pasado uno de sus libros como la reinterpretación de Christian Robinson de El pájaro muerto) y, en esta ocasión, esta pequeña isla está magníficamente ilustrada por uno de sus colaboradores habituales: Leonard Weisgard (1916-2000) y con quien editó las series Noisy book o The Important Book.

Con este se alzaron con la medalla Caldecott y los motivos se esconden en la habilidad de Margaret Wise Brown de dar vida a todo lo que alcanza su mirada, una mirada tierna, elocuente en su poética e íntima en la conexión natural con el lector infantil. En este The Little Island sus descripciones de la naturaleza, la adjetivación gentil de cada uno de sus elementos: las olas, la niebla, el viento, las sombras, el color de las flores, los puntos cardinales, su fauna (las focas desde el norte y, desde el sur, el martín pescador)… Olores y sensaciones que sirven para describir un entorno perdido, pequeño y casi imperceptible para nadie.

El arco temporal para dibujar esa naturaleza son las estaciones y, para plasmarlas, el influjo de la luz del día y la oscuridad de la noche. Ese inicio luminoso con la primavera y el verano como marco se toma diez ilustraciones hasta que cae la noche en la que divisamos algunos barcos bajo la luz de la luna, hasta que en la luz de la mañana encontramos a los primeros navegantes que llegan a la pequeña isla de pícnic.

En esa tripulación (no vemos las caras humanas detrás de las velas) se incluye un pequeño gato negro que será el representante de la mirada infantil. Frente a esta mirada curiosa e inquieta, la contestación de la pequeña isla: sabia y anciana en sus sosegadas respuestas. Esa conversación te divierte y envuelve a partes iguales.

Conocemos qué hay en la isla, conocemos sus secretos y, a través de ellos en la interacción con el pequeño gato, conocemos la filosofía de la vida. Ante la aseveración del gato sobre que él está unido con sus pies a la tierra, el diálogo de la pequeña isla para que tenga fe en el secreto que le va a transmitir: como toda la tierra es una, bajo el mar. La marcha, el recuento de elementos que pervivirán en aquel pequeño lugar del mundo. El anochecer, la partida y las dos estaciones restantes: otoño e invierno con su melancolía. Las ilustraciones de Weisgard, fruto de su tiempo, le confieren la amabilidad pictórica necesaria para el relato: los colores de las estaciones, las luces sobre el agua, el brillo de la vida.

Como cierre de septiembre dudaba con la reseña de otro ganador de la Medalla Caldecott que dibujan el paisaje del tiempo libre en verano y el placer del viaje: Time of wonder de Robert McCloskey de 1957. Lo dejaremos para algún momento melancólico del dulce verano.

 


Fran Martínez

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Web Leonard Weisgard

http://leonardweisgard.com/

 


lunes, 6 de septiembre de 2021

Entradas en azul. David Wiesner. Flotante. Océano Travesía

 

Título: Flotante

Autor e ilustrador: David Wiesner

Editorial: Océano Travesía

Año: 2007

Páginas: 40

Encuadernación y formato: 28,5 x 22,6 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano. Álbum casi sin palabras

Reseña:

Esta vuelta a la actividad parece dominada por álbumes sin palabras y, como apunté en una de las entradas de la semana pasada, es curioso que se definan por el elemento del que carece y no por los atributos que ofrece. Esta reflexión sabía que la había leído en más de una ocasión en referencias relacionadas con este tipo de álbumes y, releyendo para esta entrada, puedo citar a Serafini (2014) como uno de los que emplearon este tipo de razonamiento. Dentro de la didáctica de la lengua y la literatura hay un campo de estudio que se ha abordado a lo largo de las últimas décadas sobre este tipo de libros-álbum y en ese mismo artículo de Serafini (2014) encontramos algunas de las posibilidades que el autor señala a través de los “wordless picturebooks”: dar voz a la narrativa visual a partir de la secuencia dispuesta, interpretar los estados emocionales de sus personajes (aquí Serafini también conecta con algunos estudios sobre áreas cognitivas como los de Nikolajeva y Kümmerling-Meibauer), la aceptación de la ambigüedad por parte del lector (es decir, el papel del lector activo), el reconocimiento que hay diferentes formas de exploración visual en el libro-álbum (aquí se puede conectar desde la sintaxis de la imagen de Dondis, estudios de semiótica o la creciente bibliografía sobre alfabetización multimodal) y elaborar hipótesis (inferir y construir significados más cercano a propuestas dialógicas) sobre la narrativa que describe la secuencia de imágenes.

Esos aspectos también han sido señalados por otros investigadores como Arizpe (2013) y que también desarrollaron mediante este Flotante una práctica transcultural que derivó en publicaciones previas como la de Arizpe y McAdam (2011) y el manual sobre estos viajes visuales en diferentes contextos en Arizpe, Colomer y Martínez-Roldán (2014) a partir, especialmente, de Emigrantes de Shaun Tan y que conectaba con aquella propuesta de literatura que acoge de Colomer y Fittipaldi (2012) en la que también se incluía esta obra de David Wiesner. También ha cambiado la perspectiva desde aquel artículo de Groff (1978) que no consideraba estos álbumes sin palabras como recursos apropiados en el aula, pasando por otro artículo seminal como el de Knudsen-Lindauer (1988) en el que señalaba como una de sus grandes cualidades: “one of the most important roles of wordless books lies in promoting and refining expressive language skills through creative expression. Wordless books lend themselves very nicely to a creative approach to storytelling on the part of children” (p.137). Es decir, la elicitación narrativa que permite conectar a estos libros con prácticas esenciales en diferentes ámbitos de la Didáctica de la(s) Lengua(s) y Literatura que no quiero extenderme demasiado en esta introducción y pasar a la obra.

David Wiesner es uno de los autores con un mayor reconocimiento internacional en su obra y cuyos álbumes sin palabras han conseguido distinciones como las tres medallas Caldecott para Martes, Los tres cerditos y este Flotante con el que cierra la trilogía de reconocimientos. En su obra hay elementos recurrentes, además de su interés por ampliar la visión del mundo de la infancia hacia territorios repletos de fantasía, que podemos rastrear en diferentes álbumes (algunos ya se apuntaban en la reseña de Sector 7, en el que aparecía como referencia un artículo de una de las especialistas en álbumes sin palabras como Emma Bosch): encontramos en la portada un cerdo entre una gran disposición y muestrario de instrumental y elementos que nos indican la cartografía del viaje que encontraremos posteriormente en sus páginas (una pequeña colección de objetos y tesoros fuera del tiempo). Una secuencia que está construida con gran precisión desde la continuidad entre cubierta y contracubierta, la arena de las guardas que conectan con un momento previo en el que vemos al protagonista descubriendo algo en la orilla. El cerdo (referencia a Los tres cerditos [2002], pero que también eran un elemento recurrente en Free Fall [1988] y el final de Martes [1991]), el protagonista rubio que también aparece en Hurricane (1990) y Free Fall, la aparición de esos grandes pulpos en formas de cúmulos en Sector 7 (1999) y una imagen introductoria previa a la portada del libro que nos coloca en el espacio narrativo.

A partir de ese momento, como lectores (de imágenes y construyendo significados) nos adentramos en los mecanismos de David Wiesner para que la lectura sea inmersiva: el uso de técnicas cinematográficas en la elección del enfoque y plano, el color para delimitar el “framing” narrativo y la secuenciación en viñetas para dinamizar el tiempo en el que transcurren las acciones. En primer lugar, vemos el ojo desenfocado en ese cangrejo inicial que nos indica la posición del lector con lo que en el análisis multimodal se identifica como “demand”: el protagonista nos invita que sigamos su mirada a cada uno de los detalles que encuentra en la orilla. La doble página posterior nos muestra el resto de instrumental y de dónde proviene el efecto desenfocado: el uso de la lupa (también vemos el microscopio, los prismáticos y un curioso cofre). El uso de las viñetas es otra de las características empleadas en otros álbumes de Wiesner, como en Martes, Sector 7 o su juego metaficcional en Los tres Cerditos. Esto también conduce a que en otros estudios se señalen la hibridación con el lenguaje del cómic (Postema, 2014) o el análisis multimodal del foco que propone cada uno de estos paneles en la narración (Pantaleo, 2019). Curiosamente Sylva Pantaleo aprovecha estas cualidades de los álbumes “posmodernos” (en referencia al libro clásico que editó con Lawrence R. Sipe en 2008) en diferentes propuestas didácticas en el aula para la apreciación de todos estos elementos visuales (Pantaleo, 2016, 2017). Estas viñetas iniciales siempre se reflejan en un fondo blanco, intercalándose con dobles páginas e inserciones dentro de la ilustración para trasladarnos directamente a su visión (como en la página en el que la viñeta se incrusta con el protagonista mirando la cámara subacuática Melville, quizás un homenaje al autor de Moby Dick).

Aquí, nos encontramos ante una segunda parte en la que el conflicto nos sitúa como investigadores del enigma que esconde ese carrete de la cámara, nos acompaña en la inquietud por el revelado fotográfico y, finalmente, volvemos al ojo descubriendo su contenido. En ese momento, el código de la página se cambia al negro cuando nos muestra las fotografías con esos universos peculiares, cómicos y surrealistas en el que también establece esas conexiones iconográficas con su obra anterior en una suerte de peculiar Atlantis. Esa sorpresa inicial, da lugar a una nueva vuelta de tuerca narrativa: la lectura a través del zoom del microscopio del misterio que encierra la cámara: una práctica que se convierte en aquella idea del mensaje en la botella, pero esta vez con una cámara fotográfica como elemento que transporta al lector por las otras personas que encontraron la cámara y la dinámica que descifraron: cada zoom nos mete en la foto dentro de la foto (aquello de Jörg Müller del libro en el libro en el libro…) hasta llegar al blanco y negro de un niño en la costa que inició este juego (un mensaje a través del tiempo y el territorio) pasando por diez manos diferentes y, ahora, resuelto el misterio el protagonista sabe qué hacer.

Mirar cada página, cada viñeta, el lujo de detalles, pasar la página y sorprendernos, descifrar un misterio dentro de otro misterio y otras tantas capas encerradas en un álbum que nos deleita por el detallismo de cada ilustración, un viaje (con un pequeño homenaje a La gran ola de Kanagawa incluido) que promete ser circular. Arena y cierre. En la contracubierta los peces nadan en la dirección que nos devuelve a la portada y al ojo del pescado que nos muestra la cámara misteriosa. Bienvenidos, de nuevo, Flotante: una obra clásica (posmoderna) de la LIJ.

Por cierto, David Wiesner es el comisario de una exposición dedicada a los álbumes sin palabras en el Eric Carle Museum. Me gusta el título por aquello que se comentaba inicialmente, “arte que deja sin palabras” como una manera más poética para clasificar estos libros.

https://carlemuseum.org/explore-art/exhibitions/current/speechless-art-wordless-picture-books

Fran Martínez

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Web de la editorial

http://oceanotravesia.mx/ficha-libro.aspx?id=6727

Web de David Wiesner

http://www.davidwiesner.com/ 

Referencias

Arizpe, E., Colomer, T., y Martínez Roldán, C. (2014). Visual Journeys Through Wordless Narratives: An International Inquiry With Immigrant Children and The Arrival. Bloomsbury.

Arizpe, E. (2013). Meaning-making from wordless (or nearly wordless) picturebooks: What educational research expects and what readers have to say. Cambridge Journal of Education, 43(2), 163–176. https://doi.org/10.1080/0305764X.2013.767879

Arizpe, E., & McAdam, J. (2011). Crossing Visual Borders and Connecting Cultures: Children’s Responses to the Photographic Theme in David Wiesner’s Flotsam . New Review of Children’s Literature and Librarianship, 17(2), 227–243. https://doi.org/10.1080/13614541.2011.624969

Colomer, T., y Fittipaldi, M. (Eds.). (2012). La literatura que acoge: Inmigración y lectura de álbumes. Banco del Libro.

Groff, P. (1978). Critic’s corner: Art and reading: Is there a relationship? Reading World, 17(4), 345–351. https://doi.org/10.1080/19388077809557440

Knudsen Lindauer, S. L. (1988). Wordless books: An approach to visual literacy. Children’s Literature in Education, 19(3), 136–142. https://doi.org/10.1007/BF01127091

Pantaleo, S. (2016). Primary students’ understanding and appreciation of the artwork in picturebooks. Journal of Early Childhood Literacy, 16(2), 228–255. https://doi.org/10.1177/1468798415569816

Pantaleo, S. (2017). Critical thinking and young children’s exploration of picturebook artwork. Language and Education, 31(2), 152–168. https://doi.org/10.1080/09500782.2016.1242599

Pantaleo, S. (2019). The semantic and syntactic qualities of paneling in students’ graphic narratives. Visual Communication, 18(1), 55–81. https://doi.org/10.1177/1470357217740393

Postema, B. (2014). Following the pictures: Wordless comics for children. Journal of Graphic Novels and Comics, 5(3), 311–322. https://doi.org/10.1080/21504857.2014.943541

Serafini, F. (2014). Exploring wordless picture books. Reading Teacher, 68(1), 24–26. https://doi.org/10.1002/trtr.1294