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miércoles, 8 de diciembre de 2021

Entradas en azul. Chris van Allsburg. Los misterios del señor Burdick. FCE

 

Título: Los misterios del señor Burdick

Autor e ilustrador: Chris van Allsburg

Traducción: Odette Smith

Editorial: Fondo de Cultura Económica

Colección: Los especiales de A la orilla del viento

Año: 1996. Original: 1984

Páginas: 36

Encuadernación y formato: 27 x 23 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

Durante este año en el motor de un blog uno de los autores que han tenido diferentes entradas ha sido el norteamericano Chris van Allsburg (1949) con álbumes como El jardín de Abdul-Gasazi, Mal día en Río Seco, El naufragio del Zefiro y The Stranger. Una selección de títulos bastante peculiar por mi parte que ha evitado adentrarse en clásicos como los premiados con la Medalla Caldecott: Jumanji y El expreso polar (que además de su maravillosa propuesta literaria fueron trasladados al mundo cinematográfico, al igual que Zathura). Y, no menos imponentes, quedan títulos como La escoba de la viuda o El higo más dulce, también traducidos al castellano, o los oníricos Just a dream o Ben’s dream (y ese viaje alrededor del mundo a través de diferentes monumentos arquitectónicos). Una obra extensa y envuelta en el surrealismo de unos textos magníficamente ilustrados. Entre todos esos títulos, Los misterios del señor Burdick es sin duda mi favorito (y, como comprenderán, las razones son meramente subjetivas).

Un álbum que nos convierte en detectives (me recuerda a El coleccionista de momentos de Quint Buchholz cuando encuentra su protagonista las pinturas) ante un hecho insólito y cotidiano que se remonta hace tres décadas con la visita al editor Peter Wenders del señor Burdick, un autor e ilustrador de literatura infantil que le presentaba su porfolio para conocer las impresiones del editor. Catorce ilustraciones con un breve título y la fascinación de un editor por su trabajo que les emplazó a la mañana siguiente. Un encuentro que nunca se produjo y una búsqueda infructuosa del autor que dejó a esas catorce ilustraciones envueltas de misterio. El narrador de la historia, sorprendido por la historia, decide mostrarnos esas ilustraciones por primera vez para que conozcamos ese extraño suceso.

Aquí, entramos en otro análisis y reflexión sobre la importancia de la relación de las personas encargadas de la edición y, especialmente, el autor/a del texto y el ilustrador/a. Muchas veces piensas como lector en esa relación simbiótica en la que se entrega un texto y, en algunos casos, el editor se encarga de darle un ilustrador que los acompañe. Obviamente, hay más casos de manera en que ilustrador y autor convergen en un proyecto, pero me centraré en esta ejemplificación. Un texto, propio del álbum, que es breve y que deja que la ilustración complete el tono de la obra con diferentes detalles que construyan la narrativa. Opiniones de los editores para que el soporte emplee todos sus recursos materiales (pliegues, guardas o detalles que puedan favorecer lo que se cuenta). También en el supuesto que las editoriales primen el valor artístico frente a otras consideraciones. En definitiva, un álbum tendrá un poder más sugestivo si no resulta redundante en esa relación entre texto/imagen/objeto. Si se complementan, transforman o divergen en esas relaciones para generar espacios en el lector para que se convierta en un espectador activo a la caza de significados, que merezca una mirada detenida a sus detalles, que cada vez que lo lea encuentre un significado nuevo. Un detalle inadvertido que lo cambia todo, que le añade significado, una nueva interpretación. No es una tarea sencilla crear un buen álbum, para los protagonistas de su creación y más, con lectores exigentes. Sí, eso se da por descontado: la infancia es una audiencia muy exigente y no todo vale.

En este álbum, ese espacio interpretativo es amplio y, con un poder sugestivo que nos corrobora las impresiones del editor inicial y del nuevo que se han topado con esas imágenes. Los títulos de los cuentos y las acotaciones de cada ilustración nos ofrecen una tarea incompleta: imaginar qué contaría esa historia a partir de una sola imagen y una pista textual. Esa tarea de elicitación narrativa se completó años después por catorce autores en Las crónicas del señor Burdick (como Stephen King o John Scieszka y, siguiendo con la conexión con Quint Buchholz recordamos su El libro de los libros), pero que también nos hace presagiar que cualquier lector puede adentrarse en la creación de una historia propia según cada imagen. De esas catorce ilustraciones, una de mis favoritas es Un extraño día en julio a la que sigue el texto: “Lanzó con todas sus fuerzas, pero la tercera piedra rebotó de regreso”.


Siempre que he visto esa imagen de la orilla del río con un niño y una niña me acuerdo de las piedras en el estanque de Rodari en su Gramática de la fantasía: una piedra tirada a un estanque (una palabra) puede generar obras expansivas y convertirse en una obra literaria completa. En este caso, la extrañeza de que la piedra rebote me gusta como símil con el que entiendo el concepto de intertexto lector (esas derivaciones terminológicas desde Batkhin, Kristeva, Genette y, como no, Antonio Mendoza Fillola): cuando nos encontramos ante una referencia (no llamaría simplemente hipertexto a un fragmento textual, en el álbum sería un aspecto multimodal (interpictórico, intermedial,…Inter de Milán)  que alude a un hipotexto (de nuevo ampliado a hipopictórico, hipopótamo, hipoglucemia, …vale, entiendan la licencia jocosa). En este caso, imagino a un lector con un bagaje insuficiente (literario, artístico y cultural en el que el nivel de complejidad puede ser más o menos evidente) ante esa lectura representada como un río, mar u océano en el que la referencia está puesta por el autor/ilustrador para ser descubierta, pero que rebota al no activarse el intertexto del lector.

Envueltos por el blanco y negro de la misteriosa obra en blanco y negro, el enigma de cada ilustración nos invita a cuestionarnos a partir de ese fragmento del texto la naturaleza de esa realidad, como La traición de las imágenes de René Magritte, con la imposibilidad de su naturaleza en la realidad, pero que sí funcionan desde el pensamiento simbólico, desde nuestra imaginación. Inventamos premisas, nos adentramos en la llamada a la aventura, intentamos resolver el suspense en Huéspedes sin invitación, el porqué era demasiado tarde en La biblioteca del señor Linden con ese libro y, otras favoritas como la estampa de la monja de Las siete sillas o La casa de la calle Maple (o, esto ya es personal, pienso en El viaje de Chihiro con La alcoba del tercer piso). Un álbum maravilloso de uno de los grandes autores de literatura infantil. Un álbum para sumergirse absolutamente.

 

Fran Martínez

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Web de la editorial

https://www.fondodeculturaeconomica.com/Ficha/9789681651145/F

 

Mi propuesta de banda sonora para imaginar con este álbum:

https://www.youtube.com/watch?v=nqc0LrLq8IM

domingo, 17 de octubre de 2021

Entradas en azul. Chris van Allsburg. The Stranger. 1986

 

Título: The Stranger

Autor e ilustrador: Chris van Allsburg

Editorial: Houghton Mifflin

Año: 1986

Páginas: 32

Encuadernación y formato: 26,7 x 22,9 cm. Tapa dura.

Idioma: inglés

Reseña:

El surrealismo en las narrativas visuales de Chris Van Allsburg nos conduce inevitablemente el universo de René Magritte. Beckett (2001, 2010, 2012) analizó las diferentes estrategias de los autores para incluir estas referencias al arte en los álbumes (desde una relación paródica, alusión directa, una conexión con la tendencia de un movimiento o un artista, entre algunos ejemplos) y en el que también analizaba estas conexiones con Chris Van Allsburg. Sus textos, como ya se ha destacado en otras entradas dedicadas a sus álbumes (El jardín de Abdul-Gasazi, El naufragio del Zéfiro o Mal día en Río Seco), optan por la creación de escenas misteriosas y enigmáticas que suceden en un entorno cotidiano y reconocible (incluso el adentrarse en el mundo de los sueños como Just a Dream o Ben’s Dream). Un mundo fantástico que subvierte las reglas de la realidad y de lo ordinario. El anhelo de que algo extraordinario irrumpa súbitamente, pero envuelto de misterio.

Con The Stranger nos movemos en un terreno cinematográfico (y presidido por las fantásticas ilustraciones de Van Allsburg) con una premisa inicial que nos sitúa a las afueras de la granja de los Baileys, mientras la familia regresa a su casa en la camioneta. Desde la ventana la panorámica a vista de pájaro del paisaje campestre y la promesa del cambio de estación: el paso del verano al otoño. Repentinamente, algo sucede en la carretera: un bache hace saltar a la camioneta. ¿Tal vez hayan atropellado a un ciervo? En la siguiente ilustración, a ras de suelo el foco, un cuerpo de un hombre vestido de cuero permanece tendido en la carretera. Esta situación inicial e inicio del conflicto nos llevan hacia un terreno del género del suspense (casi de película de Hitchcock) y muestra algo inusual como un atropello (bueno, podemos recordar Un día, un perro de Gabrielle Vincent) y la situación de tensión de la familia ante tal situación (no puedo dejar de pensar en el cuadro de Grant Wood o en las escenas campestres de Edward Hopper). 


Afortunadamente (cada vez que utilizo este adverbio me asalta Remy Charlip), el hombre ha sobrevivido, aunque ha perdido la memoria (otro clásico del suspense). Aquí comienza la narración en el plano doméstico, su traslado y atención en la granja de los Bailey’s: la visita tranquilizadora del médico (y, una primera muestra de extrañeza: el mercurio del termómetro no se mueve). En ese tránsito del verano al otoño, el extraño se acomoda a la vida de la granja (cambia sus ropajes, ayuda con las tareas, observa el paisaje) y su presencia se vuelve plácida y amigable. Pero, tres semanas en la granja de los Bailey’s muestran que algo extraño pasa en la granja: el otoño no hace su llegada, las hojas de los árboles siguen verdes y las calabazas (podemos recordar esas calabazas en otra estampa clásica de otro de sus álbumes) no dejan de crecer. El extraño mira absorto la bandada de gansos formando una V en el cielo para su migración.

La familia también nota características extrañas en el extranjero: no cansarse ante las tareas, los conejos no le temen y corretean a su alrededor. Y, la revelación: el entorno de la granja de los Bailey’s permanece en el verano mientras que el resto de los campos que lo rodean han cambiado la tonalidad de sus hojas abrazando el otoño. En este punto, van Allsburg nos ha introducido en una narrativa cotidiana con la felicidad desmemoriada del extraño y su integración en el modo de vida de la granja, nos ha dejado pequeñas pistas de extrañeza y, de nuevo una vista de pájaro, nos revela el suceso extraordinario: el tiempo se ha detenido en la granja de los Bailey’s. Esa extraña circunstancia es la vuelta a la consciencia de sí mismo del extraño e, inevitablemente, su intromisión está afectando el curso natural.



¿Quién es el extranjero? Esa es la gran pregunta que corresponde al lector inferir e imaginar, puesto que el final abierto a la imaginación y la libre interpretación de esa ambigüedad es el elemento clave de la narrativa. Recuerdo hace años en una entrevista a David Lynch en el que hablaba del misterio que envolvía a la serie Twin Peaks (¿quién mató a Laura Palmer?) y la explosión mediática de dicha serie alrededor del mundo que pedía una respuesta a tal pregunta. Esa respuesta, para David Lynch, no debía ser respondida (era como encontrar a la gallina de los huevos de oro) y era parte del pacto que establecía con el espectador para entrar en un mundo reconocible y, a su vez, enigmático en su simbolismo. El aspecto atractivo era el viaje, no el destino.

Esta peculiaridad es trasladable al universo de Chris van Allsburg y su modo de prestigiar al lector. Para Lynch las presiones fueron diferentes desde la cadena de televisión: debes darle al público una respuesta. No se puede abrazar la ambigüedad en la audiencia de masas. Esa analogía también la podemos trasladar al circuito de la literatura infantil con la corrección y la priorización de otras cuestiones ajenas a la lectura literaria. Finalizando con The Stranger, es una reseña que he dejado pendiente de publicar hasta el momento en el que se perciba la entrada de otoño y el peculiar cambio de estaciones en el Levante con su “veroño” (en los refranes populares también está recogido: “A la tardor, ni fred ni calor”) y que, cada vez de manera más acusada, vivimos en unas condiciones climatológicas suspendidas en el tiempo.

 

Fran Martínez

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Referencias

Beckett, S. L. (2001). Parodic play with paintings in picture books. Children's Literature29(1), 175-195.

Beckett, S. L. (2010). Artistic allusions in picturebooks. En T.  Colomer, B., Kummerling-Meibauer, y C. Silva-Diaz (Eds.), New directions in picturebook research (pp. 83-98). Routledge.

Beckett, S. L. (2012). Picturebooks with allusions to the fine arts. En S. L. Beckett, Crossover picturebooks: a genre for all ages (pp. 147-208). Routledge.


Y, como no, una canción perfecta de Beth Gibbons (cantante de Portishead) y Rustin Man (Paul Webb de Talk Talk) y este Sand River:

Everybody knows this time

Shadows are driftin' in silence

Where lost can't be found

Everybody knows this time

Autumn leaves

Beauty's got a hold on me

Autumn leaves

Pretty as can be

Everyone can see

Everyone except me




lunes, 27 de septiembre de 2021

Entradas en azul. Chris van Allsburg. El naufragio del Zéfiro. Editorial Juventud

 

Título: El naufragio del Zéfiro

Autor e ilustrador: Chris Van Allsburg

Traducción: Teresa Farrán i Vert

Editorial: Juventud

Año: 2006. Original: 1983

Páginas: 32

Encuadernación y formato: 29 x 23 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

No abandonamos el entorno marítimo y seguimos con la temática con la que se cerraron las reseñas de la semana pasada a partir de un maravilloso álbum de Chris Van Allsburg, uno de los grandes autores de la LIJ. Estos viajes nos dejarán aún cierto aire veraniego en el remanso de la nueva estación otoñal y, como es habitual en el autor, nos conducirán a situaciones repletas de extrañeza y fantasía ensoñadora. Las maravillosas ilustraciones al pastel sirven de marco perfecto para una historia que comienza con el asombro en un pequeño pueblo de pescadores de los restos de una embarcación. Es la situación inicial que nos da contexto y desde la voz del narrador, en primera persona, cuenta su encuentro con un hombre mayor que le explica que su aparición se debe a un temporal. Esa sería una explicación posible, pero el ambiente de suspense se genera a partir de la ruptura de la lógica en palabras del señor mayor que fuma en pipa ante la incredulidad del suceso por parte del narrador: “Bueno, hay otra historia”. Y, de la misma manera que el narrador, nosotros también nos sentamos para escuchar la historia de ese misterio que nos narrará en las páginas siguientes y deliciosamente ilustradas.

Lohfink (2012) utilizaba como ejemplo para promocionar en el aula para el cuestionamiento personal a través de álbumes y sus interpretaciones del significado de las ilustraciones con referencia al texto. En definitiva, en el espacio creado entre el poder narrativo de la imagen para que complete la información textual el receptor (en el que además implicará otros conocimientos literarios, enciclopédicos o culturales). Stanton (1996) analizaba la naturaleza ensoñadora en la obra de Chris Van Allsburg y cómo este álbum fue la primera incursión en el uso del color por parte del autor después de la publicación de El jardín de Abdul Gasazi (1979), el ganador de la medalla Caldecott Jumanji (1981) y el viaje dentro de un sueño por monumentos escultóricos de Ben’s Dream (1982). También se convirtió en un libro que hacía aún más evidente esa conexión entre el surrealismo literario y el artístico con la conexión a René Magritte (entre otros artistas que se señala en el artículo). En otro artículo, curiosamente ubicado en una sección especial dedicada a la alfabetización visual (“visual literacy”) Neumeyer (1990) habla de la capacidad para generar el ambiente de misterio y de perplejidad ante la circunstancia de encontrarnos dos narradores en el álbum (el narrador inicial y el señor mayor con la pipa) y el espacio para que el lector interprete quién es el protagonista de esa enigmática historia.

Es la historia de un joven navegante que pretende ser el mejor del mundo (en este punto me trae recuerdo a muchos personajes de las películas de Miyazaki en Studio Ghibli) y que se empeña en navegar pese a la gran tormenta que se avecina en el puerto (olvidando las advertencias en el puerto de un pescador). En este punto, no hemos observado ninguna de las caras de los personajes y las ilustraciones enmarcadas ensalzan el sentido pictórico de la narración. El oleaje con el mar verde, las grandes nubes en el fondo ante la deriva del protagonista en el barco hasta una playa irreconocible (vemos en el fondo las nubes y, además de Magritte pensamos en otros autores con la conexión con el mismo pintor como Quint Buchholz o Anthony Browne) en el que comienzan las cosas extraordinarias: dos veleros que flotaban en el aire remolcan al Zéfiro hasta el pueblo. Un pueblo en el que aprenderá cómo navegar de tal manera (de nuevo, un enigmático marinero es el que se propone en esta tarea).

El segundo dato relevante es que aquel pueblo está apartado del resto por el peligroso arrecife que hay a su alrededor: en definitiva, ha llegado al otro lado. El desenlace bajo la luna llena, el viento soplando y la vuelta a casa en el horizonte nos muestran la resolución desde ilustraciones que parecen un retorno del País de nunca jamás (la luna reflejada en el agua, surcar el cielo y la vista del campanario en una secuencia hipnótica y que también nos lleva hasta David Wiesner). Una vez que conocemos la historia de un velero que apareció misteriosamente en la costa, conocemos los datos del primer narrador sobre la manera de caminar de aquel viejo que fumaba en pipa y que conocía una historia más allá de la realidad. Otra realidad en la que maravillarnos gracias a Chris Van Allsburg.

Para finalizar, en otro de los artículos que encontré que empleaban la lectura del álbum de Van Allsburg, una práctica habitual en el verano escolar: la lectura vacacional y aquellos cuadernillos de actividades para no perder el hábito de “la letra con sangre entra”. En este caso, El naufragio del Zéfiro fue parte de una experiencia didáctica de lectura voluntaria durante el verano descrita por White y Kim (2008) en el que también implicaron a las familias en el desarrollo de la tarea.

 

 

Fran Martínez

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Web de la editorial

https://www.editorialjuventud.es/el-naufragio-del-zefiro-9788426135599/

Referencias

Lohfink, G. (2012). Promoting self-questioning through picture book illustrations. Reading Teacher, 66(4), 295–299. https://doi.org/10.1002/TRTR.01124

Neumeyer, P. F. (1990). How Picture Books Mean: The Case of Chris Van Allsburg. Children’s Literature Association Quarterly, 15(1), 2–8. https://doi.org/10.1353/chq.0.0727

Stanton, J. (1996). The Dreaming Picture Books of Chris Van Allsburg. Children’s Literature, 24(1), 161–179. https://doi.org/10.1353/chl.0.0435

White, T. G., & Kim, J. S. (2008). Teacher and Parent Scaffolding of Voluntary Summer Reading. The Reading Teacher, 62(2), 116–125. https://doi.org/10.1598/rt.62.2.3

 

lunes, 28 de junio de 2021

Entradas en azul. Chris Van Allsburg. Mal día en Río Seco. FCE

 

Título: Mal día en río seco

Autor e ilustrador: Chris Van Allsburg

Traducción: Diana Luz Sánchez

Editorial: Fondo de Cultura Económica

Colección: Los especiales de A la orilla del viento

Año: 2000. Original: 1985

Páginas: 34

Encuadernación y formato: 28 x 22 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

En esta breve tanda de libros con temática del Oeste se cierra (a modo de trilogía) con un libro atípico de Chris Van Allsburg y su libro Mal día en río seco. Atípico por las ilustraciones cuando nos aproximamos a este y que distan del detallismo realista del realismo mágico tradicional en sus obras (incluidas las que usaban el blanco y negro como El jardín de Abdul Gasazi, Jumanji, Los misterios del señor Burdick o Ben’s Dream). Esta supresión sirve como fórmula para introducirnos en el juego metaficcional y el guiño al clásico de Crockett Johnson Harold y el lápiz morado (1955) que ha tenido diferentes ejemplos en personajes que alteran la realidad dentro del libro a través de un lápiz (desde Aaron Becker, Ivar Da Coll o Anthony Browne, por citar algunos ejemplos) o la inclusión del autor dentro del libro (desde Hervé Tullet, Roberto Innocenti o Jörg Müller). En este caso, el mecanismo no se muestra hasta el final del libro (al contrario de Johanna en el tren, por ejemplo) para mantener el suspense en el lector que comparte el misterio con el protagonista, el alguacil Ned Hardy (la parodia de tomar conciencia propia el personaje de ficción, la ruptura de la cuarta dimensión).

La opción deliberada de asumir el tipo de ilustración típica de libros para colorear también sirve como contrapunto humorístico a la estandarización de aquellos libros y en la primera ilustración a doble página leemos (Era uno de esos lugares donde todos los días son iguales). Libros típicos de la infancia, aquellos en los que se tenía que unir los puntos y los números para crear la forma, todo tan hermético y pautado (podemos recordar ejemplos contrarios como el libro del artista Keith Haring con El libro de las pequeñas cosas de Nina editado en castellano por Gustavo Gili). Súbitamente esa narrativa se ve asaltada por la aparición en los caballos que tiran del carruaje de “gruesas tiras de una especie de lodo brillante y grasoso”. 

Los personajes, parece que empiezan a tomar conciencia de esa realidad (oeste y autoconciencia, me recuerda a Westworld) y siguen observando los cambios en su mundo en blanco y negro repleto de los trazos de ceras de colores hasta que en su expedición a la búsqueda de respuestas se topará con el dibujo infantil de un vaquero y su ataque hacia él. Curiosamente, al estar insertos en su propia narrativa dentro del libro su final se supedita no a sus acciones, sino a la de Sophia (cuyo nombre conocemos en la dedicatoria del autor en la portadilla) con el libro de colorear. En ese momento, volvemos al universo de las ilustraciones de Chris Van Allsburg, un texto con una fuente diferente nos deja en la conclusión sobre el origen de la luz y la oscuridad en ese mundo ficcional dentro del libro. 

La opción del foco para salir de la historia de Chris Van Allsburg es un primer plano de la mano para que la observación esté mediada conjuntamente a la del personaje y, finalmente reducir el enfoque para colocarnos en un ángulo a vista de pájaro y de espaldas a la protagonista y, finalmente, dejándonos ante la resolución. Como epílogo la contraportada nos revela el semblante de nuestra protagonista de los trazos que es la hija del autor que posa a su lado. Las guardas también son negras, en alusión a la pérdida de luz del libro cuando está cerrado. Como buen libro metaficcional, los mecanismos de alteración se encuentran en todo el diseño del álbum. Y, para finalizar esta pequeña trilogía western, un clásico: Érase una vez el oeste.



 

Fran Martínez

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jueves, 25 de marzo de 2021

Entradas en azul. Chris Van Allsburg. El jardín de Abdul Gasazi.

 

Título: El jardín de Abdul Gasazi

Autor e ilustrador: Chris van Allsburg

Traductor: Agustín Cadena

Editorial: Fondo de Cultura Económica

Año: 2017. Original: 1979

Páginas: 40

Encuadernación y formato: 25 x 30 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

El norteamericano Chris Van Allsburg (1949) es uno de los grandes autores e ilustradores de LIJ con una trayectoria llena de distinciones como las dos medallas Caldecott por El expreso polar (1985) y Jumanji (1981), clásicos en cualquier colección y biblioteca especializada desde su aparición, además de convertirse en libros que han inspirado adaptaciones cinematográficas, un ámbito en el que el autor amplía con Zathura: una aventura fuera de este mundo. Ese subtítulo (fuera de este mundo) nos revela la temática de sus libros con el extrañamiento entre realidad e imaginación que se impone en sus obras con los maravillosos El higo más dulce (1993), La escoba de la bruja (1992), El naufragio del Zefiro (2006), el sueño entre monumentos de Ben’s Dream (1982), la metaficcionalidad de Mal día en Río Seco (1995) y el sentido del humor surrealista de Los misterios del Señor Burdick (1984) que, en definitiva, enmarcan una obra en la que el lector se expone a un mundo que se altera y nos conduce al otro lado.

Sus ilustraciones detallistas, los enfoques y puntos de vista que propone al lector una mirada atenta a los detalles, sus perspectivas, sus personajes inmersos en la ruptura de lo convencional y, como en este título que fue su debut en 1979, le interpela desde historias repletas de misterio e incertidumbres. Un espacio en el que la fantasía e imaginación del lector decide cuál es el desenlace y cuya fascinación por la historia le invita a completar su sentido. Maravillas ilustradas que se iniciaron con este juego que nos invita a pensar en Carroll y Alicia en muchos detalles, especialmente cuando vemos fumando al misterioso Gasazi y humeando esos círculos, y la entrada al jardín con la perspectiva de entrada a un mundo fantástico desde la perspectiva que también nos recuerda a la entrada de los protagonistas de Anthony Browne en El túnel o el detallismo en los motivos que decoran los elementos del mobiliario y la información en el sueño de su protagonista Alan Mitz, con el cuadro señalándonos el puente por el que posteriormente a su siesta recorrerá paseando a Fritz, el perro de la señorita Hester que debe cuidar mientras se ausenta. Momento en el que: “Alan dejó que Fritz lo guiara para cruzar al otro lado”.

Ese lugar al que se encamina es el jardín del mago jubilado Abdul Gasazi, un lugar con sus reglas propias en el que los perros tienen absolutamente prohibida su entrada: advertencia que Fritz se salta para escaparse. En esa ilustración disfrutamos de la perspectiva de entrada a ese lugar único, con las esculturas señalando la entrada. Alan en su persecución de Fritz, pierde su rastro y se adentra en el laberinto que le conduce hasta la imponente mansión del mago Gasazi, El grande. La respuesta del mago sobre el paradero de Fritz es más desconcertante: a los perros que cruzan el jardín, los convierte en patos. Conjuro que solo el tiempo puede deshacer.

Con esta premisa, tal vez una broma de Gasazi o un verdadero conjuro, nos preguntamos qué pasará con Alan que ha perdido a Fritz y, además, deberá explicarle a la señora Hester toda esta aventura. Preocupaciones que se resuelven en la llegada a la casa y cuyo final propone al lector si todo lo que ha sucedido ha sido fruto de un encantamiento o si, tal vez, la magia es la que ha obrado en este conflicto. Casualidad o azar en un relato que se disfruta de principio a fin. La noche visita el porche y bajo ese cielo nos quedamos buscando respuestas.

Esta es la respuesta del autor en la entrevista transcita en Reading Rockets en 2004:

“It started with Gasazi, because I got letters from kids. Gasazi has an ambiguous ending, which was: Was the boy fooled by the magician, or had the boy witnessed real magic? And kids would write me letters. They'd want to know what happened. Did he really turn the dog into a duck?

I'd write them letters, and say, "Well, thanks for writing, but I can't tell you. What do you think?" I didn't expect them to write me another letter and tell me, but I didn't want to give them the impression that I knew something and I was withholding it. I wanted them to think that what existed on the page was a living thing, and that it just was; it is. And if it has a solution, it's for them to provide.”

Reading Rockets (enlace)

Podéis disfrutar de la entrevista entera en video:




Pero, más importante, disfrutad de los libros de Chris Van Allsburg.

 

 

Fran Martínez

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Web de la editorial:

https://www.fcede.es/site/es/libros/detalles.aspx?id_libro=19824

Web de Chris van Allsburg

https://www.hmhbooks.com/chrisvanallsburg/