Esta entrada breve está dedicada a tres imagiarios de arte
en los que encontramos a otro nombre clásico de la LIJ: Grégoire Solotareff.
Muchos de sus álbumes fueron publicados por Corimbo (Edu, el pequeño lobo;
Tú grande y yo pequeño o El rey cocodrilo) y en el año 2000 vio la
luz en la traducción al castellano la colaboración con Alain Le Saux el
imagiario a partir de obras de arte titulado Pequeño museo. A partir de
una selección de obras de arte de grandes pintores (Jan Bruegel, Paul Cézanne, Giorgio
de Chirico, Eugène Delacroix, van Gogh, Goya, Hopper, Magritte, Monet, Picasso,
Renoir, Henri Rousseau o Velázquez) se construye a modo de abecedario en el que
se extrae un elemento del cuadro (referenciado en cada página a la izquierda) para
significarlo con su componente visual o significado (si recordamos aquello de
Saussure y el signo lingüístico).
Mar mar, mar mar (aka Delacroix)
149 palabras, 149 obras de arte que suponen un pequeño museo
en el que entrar y disfrutar del juego de referencias visuales entre sus manos,
de un vocabulario y temática cercana a la primera infancia: partes del cuerpo,
elementos domésticos, flora y fauna, medios de transporte,… Fijémonos, como
ejemplo, en la letra P: pájaro, paloma, pan, paseante, pasteles, patas, patatas
(obviamente, Van Gogh), pavos, peces, pecho, peine, pelea, pelota, pendiente,
pera, perro, pescadera, pezón, pícnic, pie, piernas, pintor, pipa (no es la de
Magritte), plátanos, platos, playa, plumas, puente y puerco espín, Os podéis
hacer una idea del universo al que nos conducen estos 149 términos y obras.
Los imagiarios o los libros de primeros conceptos son un
recurso habitual para pre-lectores y que ampliados al concepto artístico de
pequeño museo de imágenes como en estos libros suponen una opción más que
interesante. También en este recorrido por el arte de Mi pequeño museo
podríamos echarle en falta una mayor inclusión de pintoras. Editado
originalmente en L’école des loisiris en 1992 es uno de los ejemplos clásicos
en las intermisiones entre alusiones visuales en el álbum (en diferentes entradas
se ha hecho alusión a las interesantes publicaciones de Sandra L. Beckett al
respecto). Hay diferentes títulos que no voy a listar en esta entrada con
juegos con obras pictóricas o el álbum como un museo (personalmente, la cumbre de
trasgresión de este género es Mvsevm
de Sáez Castán y Marsol) y Solotareff ha seleccionado en los últimos años otra
selección a partir de las obras de Pablo Picasso (1881-1973, el pintor de los amantes modernos) y
Pierre-Auguste Renoir (1841-1919).
En 2020 apareció el imagiario de Picasso (Picasso Imagier) y
el juego no está pensado como un abecedario en el que las 36 imágenes de diferentes
obras del autor se ordenan bajo un criterio alfabético. Simplemente, es una colección
de elementos (desde un/a hasta dos o cuatro), pero que siguen con la lógica
temática del universo próximo al pre-lector: una paloma, un ramo de flores, una
casa, un gato, un barco, un perro (no es andaluz), dos palmeras,… Al final del
libro aparece el listado ordenado de las obras de las que se extraen los
elementos.
El juego se repite este año con Renoir
imagier (2022) y con la misma premisa (un sombrero de paja, una manzana,
una casa, una puesta de sol, ciruelas, melocotones, una granada, un niño, una
mano, dos pies, …). En resumen, estos libros de primeros conceptos, imagiarios
con referencias pictóricas de grandes pintores, son una gran puerta de entrada para
que manipulen (entre sus manos y con el lenguaje) con palabras y arte. En la
web de la editorial indican que la edad es para 6 a 8 años, aunque mi
experiencia con estos títulos comienza en el aula de 2-3 años.
Otro de los nombres que ha aparecido habitualmente, en este
periodo en el que me encargo de las entradas del blog, es Kitty Crowther.
Dentro de las diferentes reseñas, una estaba dedicada a La visite de Petite Mort
y su manera con la que enfrentar la temática del duelo en la literatura
infantil, mostrando el punto de vista de la pequeña muerte que se enfrentaba cotidianamente
a ese momento trágico de conducir a alguien hacia el otro lado. En Annie du
lac también está presente desde el momento en que la protagonista decide
poner fin a su vida (y posteriormente pasarán acontecimientos que dejaremos
para una entrada específica, dada la calidad de los libros de la autora) y, en Moi
et rien (yo y la nada) tenemos el punto de vista del duelo de los que se
quedan. La ternura y el humor podrían señalarse como herramientas para afrontar
esta temática, pero tampoco harían justicia a la manera tan precisa de
construir un discurso que aborda las cuestiones desde una naturalidad que
combina con el plano surrealista y onírico.
A partir de una narración en primera persona, descubrimos la
voz de Lila presentándonos a ella y a la “nada”. Sí, la nada es su compañía y su
amigo imaginario: nunca dice nada malo, aunque a los demás niños le parece algo
bizarra la situación. “Nada importa si nada está conmigo”. A partir de ese
momento, se retratan las situaciones peculiares que vive Lila con su amigo
imaginario tan particular (al que le “pone nada” en el plato en la cena). Un
padre que debe ausentarse diariamente para atender a otras preocupaciones (como
jardinero de una mansión) y un jardín que ha quedado desatendido en el que no
hay nada que hacer, aparentemente. “Piénsalo bien, desde la nada, se puede
hacer de todo”.
En este punto de la narración, conocemos las flores
favoritas que cultivaba su madre (que ya no está): las amapolas del Himalaya. Ante
la incomunicación con su padre en el proceso de duelo y el jardín se articulan
las conversaciones con nada (con un aspecto peculiar, como un hombrecillo de
mimbre amorfo, con una nariz anaranjada) que desaparece súbitamente. La manera con
la que Lila se sobrepone es cultivando las flores preferidas de su madre,
cuidándolas del frío del invierno, de las babosas,… hasta que en primavera
florecen. El jardín desatendido en la casa del jardinero, la niña incapaz de
comunicarse con su padre (también viviendo el duelo de la pérdida) y los
mecanismos de superación que se unen al final de la historia con la recuperación
de Lila de un jardín repleto de las flores favoritas de su madre. Y, finalmente,
el reencuentro con su padre y la entrega de una caja con un objeto misterioso
que su madre dejó antes de marcharse.
Una historia que explora el diálogo interno del proceso de
duelo en la infancia, en las peculiaridades del pensamiento en estas edades,
son el reflejo de la infantilización del proceso del duelo por parte de los
adultos. El silencio, la ausencia de comunicación o la falsa premisa de protegerles
alejándoles de las emociones dolorosas son elementos que subyacen en una
narración en el que el ciclo de la naturaleza articula ese discurso sostenido
en una historia que emplea los detalles precisos para abandonar un tema
complejo (y tan abstracto en el pensamiento infantil) desde una mirada
imaginativa y enternecedora: la materialización de la ausencia y el
acercamiento a la muerte desde una experiencia personal en el que los recuerdos
son parte de la aceptación final.
Colección:
Los especiales de A la orilla del viento
Año: 2000. Original: 1985
Páginas: 34
Encuadernación
y formato:
28 x 22 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
En esta breve tanda de libros con temática del Oeste se
cierra (a modo de trilogía) con un libro atípico de Chris Van Allsburg y su
libro Mal día en río seco. Atípico por las ilustraciones cuando nos
aproximamos a este y que distan del detallismo realista del realismo mágico tradicional
en sus obras (incluidas las que usaban el blanco y negro como El jardín de Abdul
Gasazi, Jumanji, Los misterios del señor Burdick o Ben’s
Dream). Esta supresión sirve como fórmula para introducirnos en el juego
metaficcional y el guiño al clásico de Crockett Johnson Harold y el lápiz morado
(1955) que ha tenido diferentes ejemplos en personajes que alteran la realidad
dentro del libro a través de un lápiz (desde Aaron Becker, Ivar Da Coll o
Anthony Browne, por citar algunos ejemplos) o la inclusión del autor dentro del
libro (desde Hervé Tullet, Roberto Innocenti o Jörg Müller). En este caso, el
mecanismo no se muestra hasta el final del libro (al contrario de Johanna en
el tren, por ejemplo) para mantener el suspense en el lector que comparte
el misterio con el protagonista, el alguacil Ned Hardy (la parodia de tomar
conciencia propia el personaje de ficción, la ruptura de la cuarta dimensión).
La opción deliberada de asumir el tipo de ilustración típica
de libros para colorear también sirve como contrapunto humorístico a la
estandarización de aquellos libros y en la primera ilustración a doble página
leemos (Era uno de esos lugares donde todos los días son iguales). Libros
típicos de la infancia, aquellos en los que se tenía que unir los puntos y los
números para crear la forma, todo tan hermético y pautado (podemos recordar
ejemplos contrarios como el libro del artista Keith Haring con El libro de
las pequeñas cosas de Nina editado en castellano por Gustavo Gili). Súbitamente
esa narrativa se ve asaltada por la aparición en los caballos que tiran del
carruaje de “gruesas tiras de una especie de lodo brillante y grasoso”.
Los personajes, parece que empiezan a tomar conciencia de esa realidad (oeste y
autoconciencia, me recuerda a Westworld) y siguen observando los cambios en su
mundo en blanco y negro repleto de los trazos de ceras de colores hasta que en
su expedición a la búsqueda de respuestas se topará con el dibujo infantil de
un vaquero y su ataque hacia él. Curiosamente, al estar insertos en su propia
narrativa dentro del libro su final se supedita no a sus acciones, sino a la de
Sophia (cuyo nombre conocemos en la dedicatoria del autor en la portadilla) con
el libro de colorear. En ese momento, volvemos al universo de las ilustraciones
de Chris Van Allsburg, un texto con una fuente diferente nos deja en la
conclusión sobre el origen de la luz y la oscuridad en ese mundo ficcional
dentro del libro.
La opción del foco para salir de la historia de Chris Van
Allsburg es un primer plano de la mano para que la observación esté mediada
conjuntamente a la del personaje y, finalmente reducir el enfoque para
colocarnos en un ángulo a vista de pájaro y de espaldas a la protagonista y, finalmente,
dejándonos ante la resolución. Como epílogo la contraportada nos revela el
semblante de nuestra protagonista de los trazos que es la hija del autor que
posa a su lado. Las guardas también son negras, en alusión a la pérdida de luz
del libro cuando está cerrado. Como buen libro metaficcional, los mecanismos de
alteración se encuentran en todo el diseño del álbum. Y, para finalizar esta
pequeña trilogía western, un clásico: Érase una vez el oeste.
Encuadernación
y formato:
25,5 x 25,5 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Después de Mvsevm de Javier Sáez Castán y Manuel Marsol,
quería conectar el formato cuadrado y significación metaficcional con el de
Madlenka de Peter Sís (1949). Es un juego de conexiones que aportan una
narrativa interna al blog, pero tampoco es necesaria. El objetivo siempre es
destacar obras de calidad literaria ya sea por su texto, imagen y/o formato.
Con Madlenka se aseguran los tres aspectos y ese ya es motivo suficiente
para recomendar un álbum sensacional de principio a fin, desde la portada hasta
su cierre. Ganador del Premio Andersen en 2012, Madlenka es un artefacto
que busca la significación desde todos los niveles para narrar la historia
cotidiana de una niña que descubre que se le mueve un diente. Desde la portada
que emplea en el centro un espacio para que se vea a la protagonista encuadrada
en el punto central desde el barrio en contrapicado. Un barrio cuadrado, la
cara de Madlenka enfocada en un cuadro. No es por continuar con el juego de
conexiones entre reseñas, pero Peter Sís también tiene una conexión con el
mundo cinematográfico y con diferentes cortos animados a sus espaldas como este
de sus inicios Hlavy (1979).
Esta conexión cinematográfica se debe al uso de la
aproximación desde el espacio exterior del planeta Tierra que en cada secuencia
se aproxima hasta un lugar concreto, Nueva York, el plano de la ciudad, los bloques
de edificios, un barrio y una ventana: allí, conoceremos a Madlenka. Esa
aproximación previa hasta el barrio y la protagonista, se hace desde una
perspectiva omnisciente y típica de las fórmulas de inicio de los cuentos
tradicionales, pese a que en este caso, el lugar no es un espacio
indeterminado: es una localización concreta. Ese primer despliegue visual (como
también lo repetirá en El muro para mostrar Praga) incita al lector a
sumergirse en esa historia de una forma metafórica preciosa: la inmensidad del
universo, el planeta visto como un punto diminuto que se expande a cada
ampliación del foco y que en un recóndito barrio perdido en esa inmensidad se
ubica una niña, con una pequeña historia cotidiana: ha descubierto que ha crecido,
ya se le mueve un diente. Y, esa pequeña historia, se expandirá a través de sus
ganas de compartirlo con todo su mundo: su barrio. En ese juego de punto de
vista, se produce otro hermoso no menos significativo: el punto en el que
nosotros percibimos esa entrada al mundo tiene un destino, su mirada que nos
interpela, nos llama la atención y demanda que escuchemos esa historia. No solo
su barrio, tú estás interpelado por su mirada a descubrir su mundo.
De la misma manera que el encuadre y la forma cuadrada busca
significar el objeto literario, el texto se dispone rodeando esos encuadres
ilustrados. Las perspectivas y los ángulos buscan el juego de la percepción de puntos
de vista cenital y contrapicado en la manera en que se representan los edificios:
un mosaico que envuelve y que, a partir de tonos ocres, los fondos de acuarela y
el puntillismo comienzan su activación cuando ella les interpela a viva voz que
tiene un diente suelto para, finalmente, envolverla. En ese recorrido, el color
será el indicador de dónde se dirige Madlenka y, de esta manera, cobrará vida.
Con dos planos diferenciados para la narración en las
ilustraciones de cinco interacciones (a la izquierda Madlenka, a la derecha la
del vecino que está en su establecimiento) observamos a Madlenka en el centro
de un plano de su barrio y un texto que la envuelve (se emplean las mayúsculas,
recursos pictográficos para transfocalizar la narración al uso de la primera
persona: su voz con un texto que se convierte en el que ella está acostumbrada
a leer). Ese centro tiene importancia para el paso de página, en el que
Madlenka aparecerá justo en el hueco que ese cuadrado deja en el
establecimiento del señor Gaston, el señor Singh, Eduardo o su amiga Cleopatra.
Cada persona que se encuentra en su aventura por el barrio de una procedencia
diferente (en los establecimientos se encuentran detalles de su procedencia además
del texto como los colores de la bandera de Francia, el mapa de Italia,…) que le
da los buenos días en su idioma.
Ese centro que ocupa Madlenka se revelará en el paso de
página como la ventana a la cultura de cada personaje de su barrio: Francia,
India, Italia, Alemania, Egipto y América Latina. Sus elementos fantásticos procedentes
de la tradición oral y sus iconos culturales en un juego intertextual con El
gato con botas o El principito, el bosque de los Grimm o Pedro
Melenas, monumentos arquitectónicos y tantos otros elementos que se suceden
y que en el texto sus representaciones nos dan pista para jugar al busca y
encuentra en esas ilustraciones a doble página. También, esto señala el
carácter intercultural de la narración y tantos otros aspectos hacen que
autores como Sipe & McGuire (2006), Zipes (2009), Quintero (2010) o Durán &
Bosch (2011) se fijen en elementos dispares en sus publicaciones. Esta
representación y viaje por lugares oníricos y distantes me recuerda a Ben’s
Dream (1982) de Chris van Allsburg, esta vez con monumentos alrededor del mundo
con un protagonista que soñará con la Estatua de la Libertad, el Big Ben, las
Pirámides de Egipto, el Monte Rushmore o La Muralla China. En ambos, el mapa al
final del álbum nos señalará estos destinos en los que la imaginación navega en
relatos atemporales.
Un viaje por el tiempo y la historia en un espacio tan
reducido como el del barrio. Una historia pequeña perdida en un mundo inmenso
en el que nos desvanecemos de nuevo en su final. Madlenka ha crecido y nosotros,
como lectores, tan solo estamos agradecidos a que ese foco haya llegado hasta
su mirada con la misma que se despide de su feliz historia cotidiana no exenta
de una pequeña tensión final también cotidiana (perder la noción del tiempo).
Un álbum especial, como su autor y la imaginación en la infancia.
Duran, T., & Bosch, E. (2011). Before and After the
Picturebook Frame: a typology of endpapers. New Review of Children's
Literature and Librarianship, 17(2), 122-143.
Quintero, E. P. (2010). Something to say: Children learning
through story. Early Education and Development, 21(3),
372-391.
Sipe, L. R., & McGuire, C. E. (2006). Picturebook
endpapers: Resources for literary and aesthetic interpretation. Children's
Literature in Education, 37(4), 291-304.
Zipes, J. (2009). Why fantasy matters too much. The
Journal of Aesthetic Education, 43(2), 77-91.
Colección: Los especiales de A la orilla del
viento
Año: 2000
Páginas: 30
Encuadernación
y formato:
27 x 30,5 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Tirando por el hilo de Magritte y otro de los autores imprescindibles
el turno para el inglés Anthony Browne (Sheffield, 1946) al que se le han
dedicado en este espacio diferentes entradas a lo largo de los años como El
libro de los cerdos, el icónico Gorilapublicado en 1983 y que Lewis (2006) consideraba como el ejemplo perfecto
de álbum contemporáneo, el juego intertextual con los elementos de los cuentos
de la tradición oral con El
bosque y, como no podía ser de otra manera, Voces
en el parque uno de los álbumes más icónicos de la LIJ. También es uno
de los autores que más trabajos ha centrado en la investigación literaria,
muchos de ellos centrados en la educación visual, semiótica o el análisis
multimodal del álbum.
Efectuando una búsqueda en Scopus, he seleccionado solo un
ramillete de artículos para mostraros este interés en su obra desde diferentes
perspectivas. Empezando por la carga y referencias pictóricas con Magritte (Hateley,
2009) como uno de los elementos presentes en su obra para acercarse al
surrealismo en sus ilustraciones o las conexiones intertextuales en sus libros
con otras obras a partir de lo que él denominaba El juego de las formas
(en el vídeo al final del post podéis escucharle hablando sobre este asunto) del
capítulo de libro de Lobato-Suero y Hoster Cabo (2014) con el que crear un
itinerario a través de sus obras, a la oportunidad de leer y establecer un
diálogo a través de las ilustraciones con temas sensibles como la crítica social
de las diferencias de clase (Stalmarsh, 2007), estereotipos de género (Cañamares-Torrijos
y Moya-Guijarro, 2019) o a la vida de los animales del zoo (You, 2019) en su
obra Zoológico, conectado con los estudios de Nikolajeva (2012) a partir
del conocimiento de la activación de las neuronas espejos o los postulados psicológicos
de la Teoría de la mente.
Pero su gran interés también se centra en el análisis
semiótico y multimodal (Serafini, 2010; Macken-Horarik & Unsworth, 2014) y,
uno de los nombres que aparece con mayor frecuencia es el de Arsenio Jesús Moya
Guijarro (2011, 2019) extendiendo el análisis de Gorila en su libro de 2014,
A multimodal analysis of picture books for children : a systemic functional
approach. Además, como no se puede olvidar las respuestas del lector
también están los artículos de Styles y Arizpe (2001), Pantaleo, S. (2004) y
Serafini (2005). Y esto, es solo una introducción, aún no he hablado del libro.
Si nos centramos en sus libros o títulos más citados en Google
Scholar en artículos publicados, sus libros con más citas son Voces en
el parque (319), El libro de los cerdos (126), Gorila (92), En
el túnel (85) y Zoológico (73). Como apreciamos, sus libros suscitan
investigaciones de todo tipo, pero lo más importante es que su uso se
fundamenta en la calidad estético-literaria de su obra que le hizo merecedor del
Premio Andersen en el año 2000. Este año, también tendremos nueva obra editada
por Kalandraka con Ernesto el elefante. Una obra en la que se suceden
los motivos entre sus propios libros, las conexiones culturales con obras de
arte, imaginario popular, literal e iconografía cultural de todo tipo. Un autor
que hace del sampleado un juego surrealista y emotivo que nos aproxima a uno de
sus personajes icónicos como Willy y el empleo de los simios para encarnar a
sus protagonistas (y una especie de alter ego).
En la revista Peonza en el especial que dedicaron a los 100
libros del siglo XX, Las pinturas de Willy fue el título que cerraba la
selección de obras y los motivos para su inclusión son evidentes. El libro
finaliza con un glosario de todas las referencias que aparecen en las
ilustraciones y, previamente, ya nos indica que en este álbum está dedicado a “todos
los artistas que me han inspirado”. Curiosamente, el inicio con la caja de
pinturas me recuerda a un título también publicado por FCE como es Julieta y
su caja de colores (1984) de Carlos Pellicer López. Desde el inicio, encontramos
al personaje icónico con su chaleco, los colores y motivos que se repiten en
los libros de Browne desperdigados en la decoración y unos dibujos que nos irá
presentando inspirados en famosas obras de arte en las que Willy se colará y sus
personajes se transformarán en simios.
Un recorrido a partir de un cuaderno de dibujo en el que sus
títulos servirán para introducir elementos en los que recorrer cada detalle de
la imagen para interpretar su significado y elaborar juegos metaficcionales con
el lector, como en Las mujeres amables que recuerdan a sus libros para
primeros lectores del osito. Como no, el juego no solo se disfruta desde el
reconocimiento de la interpictoralidad, sus detalles rebajan un discurso que
puede resultar excesivamente sesudo con sentido del humor y, de nuevo, estos
libros son atemporales y no necesitan ese bagaje para descodificar su
significado.
Su obra se puede disfrutar por primeros lectores desde la
fascinación de su propuesta. Y, en el fragmento de “Una pesca fructífera” en la
que los peces se convierten en plátanos también podríamos pensar en Salinger y
su cuento Un día perfecto para el pez plátano. Esta es la importancia de
una obra de arte: que esté abierta a la interpretación del que se acerca. Eso
sí, la obra debe suscitar una emoción en el que se aproxima a ella (y no
encontraremos seguramente en los libros
infantiles más vendidos en Amazon, por ejemplo, ni tampoco entre los 100
más vendidos en el apartado de libros
infantiles y arte).
Finalmente, el álterego de Willy se revela al final de este
libro y concluye el juego metaficcional con Anthony Browne incluyéndose en la
salida del libro dejándonos con el conjunto de obras en las que se inspira en
cada dibujo y un breve comentario de cada uno de ellos en línea con Cuéntame
un cuadro (2001) de Quentin Blake. Ese juego en el que el autor termina por incluirse en la
obra para conectar con la portada en la que Willy está pintando su retrato (me
recuerda también a Gilles Bachelet, obviamente) se aprecia también en Un gorila,
un cuento no solo para contar. Las pinturas de Willy es un álbum clásico
de un autor atemporal que se puede disfrutar de manera conjunta con Willy,
el soñador (1997). Y, eso haremos: soñar a través del espejo.
Cañamares-Torrijos,
C., & Moya-Guijarro, A.-J. (2019). A semiotic and multimodal study on
localizations in picture books which challenge gender stereotypes [Análisis
semiótico y multimodal de los escenarios de libros álbumes que retan
estereotipos de género]. OCNOS, 18(3), 59–70. https://doi.org/10.18239/ocnos_2019.18.3.2127
Hateley, E.
(2009). Magritte and cultural capital: The surreal world of Anthony Browne. Lion
and the Unicorn, 33(3), 324–348. https://doi.org/10.1353/uni.0.0477
Lewis, D.
(2006). Reading contemporary picturebooks: picturing text (Transferres
to digital printing). Routledge.
Lobato
Suero, M. J., & Cabo, B. H. (2014). An approximation to intertextuality in
picturebooks: Anthony browne and his hypotexts. In Picturebooks:
Representation and Narration. Taylor and Francis. https://doi.org/10.4324/9780203582275
Macken-Horarik,
M., & Unsworth, L. (2014). New challenges for literature study in primary
school English: Building teacher knowledge and know-how through systemic
functional theory. Onomazein, 30(2), 230–251. https://doi.org/10.7764/onomazein.alsfal.1
Moya
Guijarro, A. J. (2019). Communicative functions of visual metonymies in picture
books targeted at children in two different age groups. A multimodal analysis. Word,
65(4), 193–212. https://doi.org/10.1080/00437956.2019.1670932
Moya
Guijarro, A. J. (2011). Engaging readers through language and pictures. A case
study. Journal of Pragmatics, 43(12), 2982–2991. https://doi.org/10.1016/j.pragma.2011.05.012
Moya
Guijarro, A. (2014). A multimodal analysis of picture books for children : a
systemic functional approach. Equinox.
Moya-Guijarro,
A. J. (2019). Textual functions of metonymies in Anthony Browne’s picture
books: A multimodal approach. Text and Talk, 39(3), 389–413. https://doi.org/10.1515/text-2019-2034
Nikolajeva,
M. (2012). Reading Other People’s Minds Through Word and Image. Children’s
Literature in Education, 43(3), 273–291. https://doi.org/10.1007/s10583-012-9163-6
Pantaleo,
S. (2004). Young children interpret the metafictive in Anthony Browne—s Voices
in the Park. Journal of Early Childhood Literacy, 4(2), 211–233. https://doi.org/10.1177/1468798404044516
Saltmarsh,
S. (2007). Picturing economic childhoods: Agency, inevitability and social
class in children’s picture books. Journal of Early Childhood Literacy, 7(1),
95–113. https://doi.org/10.1177/1468798407074838
Serafini,
F. (2005). Voices in the park, voices in the classroom: Readers responding to
postmodern picture books. Reading Research and Instruction, 44(3),
47–64. https://doi.org/10.1080/19388070509558431
Serafini,
F. (2010). Reading multimodal texts: Perceptual, structural and ideological
perspectives. Children’s Literature in Education, 41(2), 85–104. https://doi.org/10.1007/s10583-010-9100-5
Styles, M.,
& Arizpe, E. (2001). A gorilla with “Grandpa’s Eyes”: How children interpret
visual texts - A case study of Anthony Browne’s zoo. Children’s Literature
in Education, 32(4), 261–281. https://doi.org/10.1023/A:1012760422501
You, C.
(2019). Representing zoo animals: The other-than-anthropocentric in Anthony
browne’s picture books. Lion and the Unicorn, 43(1), 22–41. https://doi.org/10.1353/uni.2019.0002
Colección: Los especiales de A la orilla del
viento
Reedición
20 aniversario:
A Buen Paso
Año: 2000
Páginas: 40
Encuadernación
y formato:
22 x 32 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Comenzamos la semana a partir de la idea de ciclo que
dejamos en el maravilloso Mi pequeño de Germano Zullo y Albertine, pero en este
caso nos vamos a la circularidad del álbum como herramienta metaficcional en la
que podemos recuperar la idea de definición del álbum de Durán (2000): “El
álbum es, sobre todo, un trabajo polifónico donde el soporte físico y la narratología
textual y visual concuerdan afinadísimamente”. Esta precisión sirve para
señalar la concurrencia de los tres elementos que generan significados en el
libro-álbum. Así, precisamos con las aportaciones de Arizpe y Styles (2004): “Hablamos
de libros compuestos de imágenes y palabras cuya interacción íntima crea
niveles de significado abiertos a interpretaciones diferentes y con el
potencial de sembrar en sus lectores una reflexión sobre el acto mismo de leer”.
Esta última apreciación está conectada con el tipo de
investigación que realizaron sobre la interpretación de estos títulos por los
lectores y una de las cuestiones esenciales de esa investigación es que el
libro en su conjunto ofreciera diferentes interpretaciones debido a la riqueza que
genera su exploración (Pantaleo, 2014; Silva-Díaz, 2018). En ese sentido, La
carta de la Sra. González garantiza el misterio para la riqueza de las
interpretaciones sobre todos los elementos que lo componen y precisan de un
lector activo que descodifique sus diferentes detalles y los interprete. La pregunta
sería ahora: ¿por qué? Pues, sencillamente, por el placer.
Ambos autores, Sergio Lairla y Ana G. Lartitegui , son
especialistas en el estudio de la Literatura Infantil y Juvenil y han
colaborado en diferentes títulos como en el extraordinario Libro de la
suerte (A Buen Paso, 2014) en el que profundizan en la idea de experimentación
en el libro-álbum a través de dos narraciones entrelazadas. Recomiendo, junto
al vídeo al final del post de Ana G. Lartitegui, el artículo de Sergio Lairla
para el blog de Círculo Hexágono El
lector de Schrödinger. Y, con esa mención cuántica, nos aproximamos a
la reseña del libro.
El despliegue de elementos visuales desde las guardas y las
pistas que se disponen acompañando al texto (y el orden de los números que
acompañan cada fragmento del 1 al 7 y del 7 al 0) en el trayecto de la carta
que la Sra. González manda al Sr. Lairla, referencias a los apellidos de los
autores que nos sirven para generar una tensión entre realidad y ficción que
nos advierte de que hay que poner mucho cuidado en los detalles que se
sucederán en la narración. Olor de cerezas que abren el camino de esa carta con
el sello como matrioshka narrativa y con detalles ubicados con precisión en los
escenarios que Lartitegui deja diseminados en la decoración, conectando con un
autor como Anthony Browne o el misterio onírico de Chris Van Allsburg.
Los escenarios nos revelan la sorpresa que se desplegará en
la página siguiente, con esa alteración de la realidad y el empleo del
surrealismo como elemento de entrada al mundo de la fantasía e inferencias que
obligan tanto a pasar la página para conocer el destino de la carta como retroceder
para comprobar las pistas previas. Una narración encadenada y el gusto por lo
rocambolesco en el tránsito de esa carta que recorre diferentes espacios en el
tiempo delimitado en el texto. Tiempo que se sincroniza con la llegada de la
carta al Sr. Lairla (marcando la misma hora en el reloj de la Sra. Lairla
cuando salía de la casa) y contraportada que descompone sus elementos. En
definitiva, La carta de la Sra. González ofrece una lectura que
prestigia al lector en la activación de su significado de un artefacto
literario que prestigia el placer de la lectura y un formato como el álbum. Un
libro imprescindible:
divertido y emocionante.
Arizpe y, E. y Styles, M. (2004): Lectura
de imágenes. México: F.C.E.
Durán,
T. (2000). ¡Hay que ver! Una aproximación al libro ilustrado. Fundación
Germán Sánchez Ruipérez.
Pantaleo,
S. (2014). The Metafictive Nature of Postmodern Picturebooks. The Reading
Teacher, 67(5), 324–332. doi:10.1002/trtr.1233
Silva
Díaz, M. C. (2018). Picturebooks and metafiction. En B. Kümmerling-Meibauer
(ed.), The Routldge Companion to picturebooks, (pp. 69-78). Routledge.
Encuadernación
y formato:
21,5 x 14,7 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano.
Reseña:
En el discurso de la literatura infantil y juvenil se
encuentran multitud de temáticas que encuentran acomodo en los cambios de
valores de las sociedades occidentales. Recuerdo en el libro de Colomer (2010)
cómo se señalaba el tratamiento de temáticas complejas o la entrada del
existencialismo dentro de los títulos que emergían en la LIJ con ejemplos de títulos
en los que se daba cabida a la tristeza como El árbol rojo de Shaun Tan
o El libro triste de Michael Rosen ilustrado por Quentin Blake.
Herramientas ficcionales para que las personas que median en la interacción
literaria tengan un amplio abanico de recursos para los que iniciar un diálogo.
Noche de tormenta de Michèle Lemiux (Quebec-1955) es un álbum atípico en
su longitud y con una propuesta gráfica minimalista (no tan reduccionista como La
parte que falta de Shel Silverstein) en blanco y negro que en diferentes
dobles páginas desborda en detallismo y con un elevado poder sugestivo en la
relación entre imagen y texto (y con un humor en algunas de ellas propio de
Tomi Ungerer en su faceta más subversiva o Edward Gorey). Estas dobles páginas sirven
como interludios y mostrar el estado de ánimo que se seguirá en las siguientes
secuencias que emplean la página izquierda para el texto y la derecha para la representación
icónica de los pensamientos de la protagonista insomne del libro: en su cama y
junto a su perro mientras que las preguntas se acumulan en su cabeza.
El inicio del libro, desde una portadilla que nos sugiere un
lugar plácido donde dar esa cabezada merecida, se basa en una narración sin
palabras originada por un zoom que nos muestra cómo el cielo se viste de
tormenta y la ubicación de una casa en la que vemos cómo la protagonista sigue
las rutinas previas para irse a dormir. Aunque, esa noche no puede atormentada
por preguntas y tentativas de respuestas que se encadenan después de cada
interrogante. “¿Dónde finaliza el infinito?” Para después preguntarse: “Si
se hace simplemente un agujero en el cielo ¿puede verse el infinito?” Y en
esta progresión, comenzamos la noche de tormenta.
Estamos acostumbrados a que el libro infantil muestre
respuestas o aprendizaje morales que transmitir, pero también hay libros que
desafían ese papel pasivo del lector. En concreto, sobre el planteamiento de
estas cuestiones, tenemos ejemplos como el Libro de las preguntas de
Neruda ilustrado por Isidro Ferrer, Así es la vida de Tomi Ungerer, ¿Qué
puedo esperar? de Britta Teckentrup y, a modo de juego, ¿Qué
prefieres..? de John Burningham. Además, la ingeniosa y desafiante propuesta
de la canadiense Michèle Lemieux le llevó a ganar el Bologna Ragazzi Award en
1997.
Stormy night (2003) corto de animación
Un libro que además tuvo su posterior representación a un
corto de animación, Nuit
d’Orage (2003), con el que también obtuvo diversos galardones y una
trayectoria en la que siguieron cortos como Here
and the Great Elsewhere (2012). De alguna manera, esta faceta de
animación y existencialismo nos puede conducir a otros ejemplos paradigmáticos
como las obras maestras animadas de Don Hertzfeldt o el reciente The
Midnight Gospel (especialmente su final). De su trayectoria previa a la creación
de este libro hay pistas sobre el surrealismo con el que elige representar las
preguntas de la protagonista por su ilustración del libro de limericks de
Edward Lear There was an old man…(1994).
Ese humor e iconicidad irreverente es la que sirve para
destensar la incertidumbre de las preguntas con imaginaciones tan divertidas
como: “¡Imagínate que brotamos del suelo como las legumbres…!” en una
imagen que, por no abandonar el imaginario cinéfilo, nos puede recordar a unos
personajes de Amanece que no es poco. Un título que nos sirve para conectarnos
de nuevo con el título de la obra.
Además de estas imágenes divertidas, el segundo asidero para
relativizar la carga de las preguntas es el divertimento con su perro Fido,
mientras habla de sus emociones, de sus interrogantes sobre el futuro, de qué
será capaz de conseguir, sueños (y referencias a Platón) y miedos (como la muerte
y la idea de resurrección). Preguntas que muchos de nosotros, como adultos,
hemos respondido de alguna forma y sirven para la construcción de quiénes
somos. Preguntas que, obviamente, el niño o la niña también se hará en algún
momento. Y, para aliviar de nuevo la carga, una vuelta a las necesidades
fisiológicas terrenales: “tengo hambre”. Momento para encarar la
secuencia final del libro y concluir majestuosamente un libro-álbum
sensacional.
Noche de tormenta de Michèle Lemieux es un libro-álbum
maravilloso en el que navegar por el drama y la comedia de una vida efímera,
reflejada en la curiosidad imaginativa del viaje interior que hace su
protagonista. Si no tenemos respuestas, mejor una buena historia. Un libro “esencial”.