Encuadernación
y formato:
24,4 x 24,4 cm. Tapa dura.
Idioma: inglés
Reseña:
Pese a que Alphabet es el libro que corona este
encabezamiento, la entrada está dedicada a un paseo por los imagiarios de Kveta
Pacovská (1928), que fue editado originalmente en el mercado alemán en 1992 y,
ese mismo año, fue premiada con el Premio Andersen de ilustración. Como maestro
de educación infantil siento una conexión especial con estos libros de primeros
conceptos convertidos en obras de arte que en mi mente se ubican en la batidora
de la ilustración rusa de principios del siglo XX, el arte abstracto con Paul
Klee y la Bauhaus tamizados por el túrmix punk, el máximo contraste para una
fiesta cromática carnavalesca, el collage y el surrealismo de Sedmikrásky [Las
margaritas] de Věra Chytilová y la nueva ola checoslovaca. Libros sensoriales
para tocar y descubrir, troquelados, fragmentos de láminas en espejo y
personajes con expresiones con perfiles reconocibles en sus narices, ojos y
pestañas. Una experiencia tridimensional para el lector infantil desde la
explosión artística de una autora querida y reconocida a lo largo del tiempo.
Han pasado por el blog otros ejemplos narrativos o la
mención a sus adaptaciones de narrativa de tradición oral, pero títulos como este
alfabeto (ya pasó por el blog el de Sonia Delaunay y, como no, mencionamos el
de Marion Bataille que también sería otro ejemplo dentro de ese grupo de
alfabetos maravillosos), Uno, cinco, muchos o Colores colores serían otras de
las joyas en las que se centra esta entrada. Y, como colofón absoluto de todo
ese poder evocador y expresivo de su arte el ejercicio de estilo en el acordeón
que editó en 2010 en Éditions des Grandes Personnes con Couleurs du jour
(Los colores de los días) de 168 páginas. En su prólogo nos habla de cómo
imaginaba los colores con 10 años: lunes, verde; martes, azul; miércoles,
naranja; jueves, rosa; viernes, canela; sábado, marrón y domingo con las orejas
amarillas. Este mismo fragmento lo leímos en el monográfico de la Revista
Peonza en su especial de los números 75-76 en el que leemos esa eterna frase
que siempre se asocia a su nombre:
“El libro puede ser una primera visita a una
galería de arte para un niño; podría ser un pequeño Museo de Palabras e
Ilustraciones para hacer que el lector se sienta a gusto, libre y feliz. Es un
“espacio abierto” para dar y recibir ideas. Es un museo para ti y para mí”
(Revista Peonza, El color del ágora, p. 143)
Sobre el espacio que busca en sus creaciones y la
complicidad en la cuarta dimensión con el lector se puede leer en las
respuestas de la entrevista. Comentar sus obras una a una en esta entrada es
irrelevante, una tarea inútil que depende del espectador en contacto con el
libro vive fuera del pensamiento del adulto que puede comentar este libro y
vive dentro del lector infantil que recibe esta explosión artística y
sensorial. No seré yo el que hable del canon en literatura infantil (también es
bastante infantil en sí el concepto), pero los álbumes de Kveta Pacovská ofrecen una experiencia única a la que seguiré disfrutando en el aula.
Encuadernación
y formato:
33 x 19,5 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Otros sospechosos habituales en las reseñas de este año han
sido la pareja suiza formada por Germano Zullo y la última ganadora del Premio
Andersen de ilustración: Albertine. Para completar el cuarteto de reseñas junto
a Los
pájaros, El
presidente del mundo y Mi
pequeño. Con Línea 135 (editado en castellano por Calibroscopio)
nos encontramos en un punto intermedio de sus dos álbumes previos: el aspecto
filosófico de Los pájaros e inversión del formato de Los rascacielos
al plano horizontal (y con una sutil crítica paralela al desarrollo de las
sociedades industriales que era más evidente en la pugna de la opulencia de dos
mequetrefes). La línea del título es la del tren y será una constante en el álbum,
pese a que se emplearán diferentes aproximaciones: acercamiento/alejamiento o
desplazamiento. Con el mismo recurso del blanco y negro de Los rascacielos
(con la única aportación de color del tren) se inicia un trayecto que comienza
con la madre y la niña caminando hasta la estación de la mano (conexión maternofilial
que elevarían aún más en Mi pequeño).
La narración en primera persona de la niña comienza en el
momento que se sube en el tren, se despide de su madre y nos relata su sentido
de pertenencia con dos lugares: su casa en la ciudad y la casa de campo de su
abuela. Volvemos al simbolismo de la distancia entre el campo y la ciudad. Lo que
conoceremos en este trayecto es el relato de la niña que observará, al igual
que el lector, todos aquellos espacios que describe el paisaje. De una ciudad
con grandes rascacielos en la que se inicia su viaje hasta, como dice la niña,
hasta la otra parte del mundo donde vive su abuela. Como en el clásico de Alice
y Martin Provensen, iniciamos el viaje reconociendo elementos de la gran ciudad,
la publicidad, los establecimientos, pero el texto no se limita a describir el
espacio, sino a la apertura de los espacios para que el lector realice segundas
lecturas: “cuando te desplazas de un lugar a otro, se llama viajar” (y
observamos ahora las afueras de la ciudad, nos alejamos de los rascacielos y,
ahora, aparece la vida en las calles e, inclusive, la escuela).
Conocemos sus deseos por viajar alrededor del mundo (en construcción
constantemente), aunque le digan que eso es imposible (observamos grandes atascos
entre la laberíntica vertebración de carreteras). Mientras los pensamientos sobre
sus aspiraciones en el sendero de la vida se plasman en el texto, el viaje
sigue con la lógica de la salida de la ciudad hasta el campo donde vive la
abuela, y se refleja la diversidad de entornos espaciales (el polígono
industrial, los chalets, el vertedero) hasta encontrarnos en el lado del
paisaje rural en el que las ilustraciones nos irán adentrando en un creciente
número de detalles y adentrando en un espacio de naturaleza surrealista.
Mientras, la niña nos seguirá contando los consejos y cosas que les dicen su
madre y abuela (la vida pasa rápido, ya lo verás).
De manera sugerente nos habla de la voz de la experiencia,
pero también del pragmatismo por advertir de las experiencias que no se pueden
anticipar cuando eres pequeño. Y, una declaración de intenciones maravillosa: “Cuando
sea mayor, me aseguraré de que la vida se mueva conmigo”. Ese pensamiento, crea
entornos aún más disparatados e imposibles, tal vez por la dificultad en la
edad adulta por abandonarnos a la rutina. La voluntad y determinación por
hacerlo posible es la luz que nunca se debe apagar, como cantarían The Smiths.
En el plano de la ilustración, la ausencia de texto también
funcionaría para reflejar un viaje maravilloso de un lado a otro. En los
términos más estrictos. El texto de Germano Zullo transforma en poesía dicho
viaje. Un viaje en el que se escoge el tren y, nos introduce en ese estado de
ánimo cuando se viaja solo: un momento de calma y reflexión en el que viajamos
con gente completamente desconocida llevando consigo sus vidas, sueños y
preocupaciones. Muchos recordarán esa sensación viajando en tren y observando
por la ventanilla el paso por diferentes paisajes en los que enfrentar memorias
del pasado, la belleza del presente y el cosquilleo por el futuro incierto. Y,
como nuestra protagonista, no olviden que hay que disfrutar de esta vida en tránsito. Además, no olviden que muchos viajes también son de ida y vuelta (reflejado a la perfección en el formato del álbum en el que la contracubierta nos llevará de nuevo al punto de origen). Como cantaba Bill Callahan:
Turn around, turn around, turn around
And you may come full circle
And be new here again
Y, como no, se podría decir aquello de "sean siempre ustedes mismos", excepto si son idiotas. Ustedes ya saben a quién me refiero.
Título: Rufus: el murciélago que adoraba los
colores
Autor
e ilustrador:
Tomi Ungerer
Traducción: Sandra Senra Gómez y Óscar Senra
Gómez
Editorial: Kalandraka
Año: 2017. Original: 1961
Páginas: 40
Encuadernación
y formato:
20 x 28 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Si con Flix celebramos el reencuentro con el autor y su
visión sobre la unión independientemente de la procedencia, con Rufus cerramos
otro aspecto interesante en su obra como fue el convertir en protagonistas a
los animales estereotipados normalmente con roles antagonistas o de villanos.
Así, la serpiente Críctor en 1958 (después de sus primeros álbumes
dedicados a la familia de Los Melops), Adelaida la cangura alada en 1959
y el pulpo Emilio amigo del capitán Samofar en 1960 fueron los
precedentes al murciélago Rufus. En los títulos anteriores tenemos la visión de
héroes de Críctor y Emilio ante malhechores, el rescate en el edificio en
llamas de Adelaida y, el buitre mexicano Orlando ya llegaría en 1966.
También me hubiera gustado repasar otros referentes más cercanos a la narrativa
de tradición oral como El ogro de Zeralda (orig. 1967), la cerillera de
Andersen en Allumette (1974) o la caperucita motorizada de Zloty (esta
ya en 2009, aunque caperucita también fue centro de sus carteles).
Los colores de la portada nos recuerdan inevitablemente a Los
tres bandidos (colores oscuros como el azul y el negro) que llegaría en
1962 (el mismo año que Caracol, ¿dónde estás?), pero Rufus desierta una
particular ternura por la incomprensión que le rodea (algo que Ungerer maneja
con gran habilidad). Rufus, el murciélago que sale por las noches a cazar
descubre el mundo tecnicolor a través del cine (con un western) y descubre con
entusiasmo algo que, hasta ahora, por su naturaleza, le era desconocido. La
ilustración de Rufus observando el amanecer desde su cueva solitaria es una de
esas estampas inolvidables que nos ha regalado Ungerer.
En contraposición, el
blanco para el descubrimiento de la luz y el colorido en el plumaje de los
pájaros, en las flores y las mariposas (como aprendimos de Gioconda Belli, las
mariposas son flores aladas). Rufus decide salir de la cueva y participar de
ese mundo colorido: orgulloso por decidir su identidad, pero incomprendido y
maltratado a los ojos de los demás. Un mensaje que continúa vigente y que, por
desgracia, se refleja en agresiones y víctimas de una de nuestras peores lacras
sociales: la inmundicia moral de mentalidades ultraconservadoras.
Finalmente, la amistad con el doctor Tarturo, las sesiones
de cine conjuntas y las visitas una vez que recuperado vuelve a su cueva. Las
interpretaciones de un álbum escrito hace seis décadas son diferentes
dependiendo del contexto. Tal vez Ungerer estuviera más interesado en reflejar
otros aspectos étnicos, pero igualmente provocador sobre las consecuencias de
los prejuicios sociales sobre los demás y, quizás celebrar la amistad de los
dos personajes más allá de lo que piensen los demás. Aceptar quién eres y dedicar esta canción al
resto. Lean (ustedes y a otros) y disfruten de Tomi Ungerer. Llenen sus
estanterías y diviértanse. Nuestro nº1 en el cielo. Rufus es un álbum con elementos recurrentes en la obra del autor y, sin embargo, tiene algo único e irresistible y que, como toda debilidad personal, es difícil describir. Eso sí, más claro tenemos nuestra adoración a Tomi Ungerer.
Encuadernación
y formato:
28 x 22,5 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
No podía faltar Tomi Ungerer en este tramo final y, en esta
ocasión, por partida doble. La primera entrada se la dedicamos al icónico Flix
que marcó su retorno en 1997 y, el año siguiente, se alzaría con el Premio
Andersen. Por el blog han pasado joyas como El
hombre niebla(Lóguez, 2013), Hombre
Luna (Libros del zorro rojo, 2012), el distópico mensaje de Non
stop (Kalandraka, 2019) y, como no, el icónico Los
tres bandidos (Kalandraka, 2007). Y, sencillamente, sus títulos no
pierden vigencia. Sobre la maravillosa historia de Flix, queda el
testimonio de su argumento en su web:
“Flix is about making the best of your differences – we are
all equal and we are all different. Everyone has something to offer. Flix shows
us that with comedy you can overcome any dogstacle.” (Tomi, enlace web
Ungerer)
Esa invitación al divertimento a través de la biografía del
perro nacido en una familia de gatos (el año siguiente publicó el maravilloso Otto:
autobiografía de un osito de peluche) esconde diferentes cuestiones tan
esenciales como quiénes somos o qué define nuestra persona: la parte genética o
la social. Trufado de detalles culturales en el mundo de gatos y perros,
enemistados y separados, con su habitual sorna y un mundo en el que Flix (un
perro con padres gatos) debe perseverar para ganarse la aceptación de ambos
grupos (que, inicialmente, lo rechazan).
Pese a que su aceptación en ambas
comunidades tiene que verse sometido a la realización de una proeza (la solidaridad
y la vida por encima del quién), observamos un elemento poco frecuente en la
literatura infantil: la resolución a partir de la creación de un partido
político que no enfrente a ambos bandos. Y, por desgracia, en la clase política
y los medios de comunicación se prefiere vivir mejor con la polarización (crea
tu nicho, segmenta el mercado, posiciónate en la opinión pública, crea tu marca,
sé reconocible… inmundicia). De nuevo, en esa resolución tenemos otra de las estampas
que siempre disfruto con Ungerer: la algarabía de la celebración.
Además del álbum, la vida de Flix parece que continúa con un
proyecto de serie animada (consta de 52 episodios y Aria Ungerer como una de
sus productoras) y que se sumará Hombre Luna la traslación de sus obras
a la pantalla (en este punto hay que recordar el éxito de la serie a partir de Petit
de Isol en Argentina). Por el momento tan solo se conoce este fragmento en el
canal de Tomi Ungerer en YouTube. Además, para finalizar, con el aspecto de
gatos (como en los bólidos en el álbum) el diseño arquitectónico de Ungerer
para una escuela infantil y, recomiendo que deis una ojeada a otras instalaciones
del genial Tomi (hasta su obra erótica).
Cerrando el mes de noviembre la nueva visita de Anthony
Browne (Premio Andersen 2000, en la edición del 98 lo fue Ungerer y en la de
2002 Quentin Blake) uno de los autores más queridos, citados y galardonados de
la Literatura Infantil. Es complicado escoger un álbum concreto para hablar de
Browne (previamente reseñé Las
pinturas de Willy y, cuando Sandra se encargaba de este espacio,
pasaron los icónicos Gorila,
Voces
en el Parque o En
el bosque. La lista de favoritos no acabaría aquí y, como muestra, un
pequeño recordatorio de los sensacionales álbumes de su alter ego Willy
(especialmente Willy el Tímido con el que recuerdo las clases con Sara
Fernández y Willy el soñador por su increíble relectura del arte y la
cultura), sus versiones de clásicos como Los tres osos y Hansel y Gretel,
el desternillante Cosita Linda y su pasión por King Kong (también
en formato álbum), abordar los miedos ante los cambios en el núcleo familiar
con Cambios o The visitors who came to stay, la metaficcionalidad
de los Cuentos de osito, el posicionamiento ideológico con Zoológico y,
la obra maestra El túnel. Innumerables muestras del talento y el arte
puesto a disposición de la infancia (y de un lector adulto que conecta con su imaginario)
y que ha sido una invitación al lector para rodearse del museo imaginario de
Browne en sus libros.
Curiosamente, con este álbum la traslación de esa lógica se
basó en la intervención de Anthony Browne dentro del TATE con un proyecto llamado
Caminos visuales con el que trabajó con un millar de niños y niñas de barrios
desfavorecidos a partir de las obras expuestas en el museo para la enseñanza de
la lectoescritura. Este juego de las formas también ha sido título de un manual
posterior en el que detalla su trayectoria e inspiración siendo el título el
nombre del juego que inventó con su hermano para inventar algo nuevo a partir
de un elemento dado (algunos recordarán las pruebas psicométricas de
creatividad de finales de los años sesenta de Torrance). Así, El juego de las
formas es un tipo de álbum que (como ya señalamos en otras entradas sobre los
estudios de Beckett) centra su exposición al arte enmarcando (nunca mejor
dicho) su narrativa a las situaciones dentro de un museo (como citamos antes a
Blake, podemos citar ese Cuéntame un cuadro o Jon Scieszka com MoMa
en busca del arte o Mi Museo de Joanne Liu) y las obras artísticas.
El álbum también desprende ese tono autobiográfico desde la primera página y el
recuerdo de la primera visita a un museo con su familia. La narración en
primera persona refleja sus ideas preconcebidas sobre qué habría en el museo,
el reflejo de la sensación inicial en la entrada, la extrañeza de enfrentarse a
expresiones artísticas conceptuales o abstractas (y con la vista compartida de
su punto de vista estando ilustrados de espaldas).
Observen esa focalización vicaria y los diferentes niveles de integración en los marcos de los miembros de la familia
La visita progresa y
se descubren aspectos sobre obras expuestas, cómo dirigir la mirada a sus
detalles e iniciando juegos a partir del escrutinio de los detalles de las
obras (y, en ese encuentra las diferencias, Browne desarrolla su juego de las
formas) e incluso, imaginarse dentro de esas estampas (o que estas cobren
vida). Un álbum estimulante y el juego final (como recordamos El
problema de Iwona Chmielewska o el huevo verde del Test de Creatividad de
Torrance) de un álbum que también ha sido objeto de investigaciones sobre arte
y libro-álbum tanto desde el enfoque multimodal por Serafini (2015), la citada
visita a museos en álbumes en Serafini y Rylak (2021) o como señalaba Evans
(2009): “The shape game can be used to ‘teach’ readers how to respond to and
appreciate works of art whilst also being a work of art in its own right and at
one point Browne shows how to interpret a nineteenth century painting” (p. 180).
En los últimos años también encontramos muchos álbumes que
toman ese juego de la interpictorialidad (otro ejemplo destacado de integración
personal de estos elementos es Gilles Bachelet) para la inclusión de
referencias al arte (obras, autores o corrientes artísticas) y, en el caso de
Browne, el viaje siempre es una exposición a la activación de saberes
culturales, literarios y artísticos reflejados en narraciones que invitan a su
relectura (disfrutándolas desde los diferentes planos propuestos). También hay
ejemplos que han aprovechado esta tendencia para la creación de álbumes
biográficos sobre autores específicos (y, muchas veces, con cierto tufillo utilitarista),
pero disfrutar del surrealismo (su fijación por Magritte) en sus álbumes es
todo un regalo. Disfruten.
Serafini, F., & Rylak, D. (2021). Representations of
Museums and Museum Visits in Narrative Picturebooks. 10(1), 45–62.
https://doi.org/10.21066/carcl.libri.10.1.3
Cómo un ilustrador amplifica
un texto por las decisiones que toma al respecto a la ilustración. Esta semana
hemos tenido el cómic de Ana Penyas y, de una manera similar, con este álbum no
podemos olvidar otra obra de arte como Aquí de Robert McGuire. En
formato álbum hay una buena cantidad de ejemplos y, a modo de memorias de un
espacio, otra casa como The house by the lake convirtiendo el texto de
Thomas Harding a un álbum con las ilustraciones de Britta Teckentrupp. La
casa es un álbum escrito por J. Patrick Lewis e ilustrado por Roberto
Innocenti (Premio Andersen de ilustración 2008) que Kalandraka publicó en 2010.
Vuelta de una pareja que ya había creado otra maravilla en formato álbum como El último refugio (2003) en el que
recuperan el elemento de la memoria y el recuerdo en este sensacional álbum. La
historia nos cuenta el paso del tiempo durante el siglo XX a través de una casa
construida, como se aprecia en el texto introductorio, en 1656, año de la
peste. El libro se compone por secciones en las que se observa una pequeña
ilustración y un texto que dan lugar a una ilustración a dos páginas para, de
esta manera, introducirse en el descubrimiento de ese lugar que ha visto desde
sus ventanas y el crepitar de sus cimientos el paso del tiempo. Espectadora
impasible de la historia de un territorio, siempre acogedora.
Se trata de un libro
fascinante, cuyas ilustraciones hablan por sí mismas, sin la necesidad del
texto que nos cuenta, al igual que el cine mudo, lo que ya podemos deducir por
la escena. Por otra parte, tan necesario para la comprensión del joven lector
de las idas y venidas presenciadas en la historia de la casa que es, en
definitiva, la de nuestra cultura. Estas ilustraciones transcurren en un único
plano que nos permite observar la evolución y los cambios que se producen en
ella durante el siglo XX. Estaciones, nacimientos e incluso guerras suceden
entre las paredes y los alrededores de esta gran casa familiar. La fuerza y el
virtuosismo de Innocenti llena de detalles cada ilustración, que podemos
comparar, remirar, analizar e indagar durante horas y horas. La maestría de
Roberto Innocenti nos muestra una profunda documentación histórica que nos
desvela en cada página el modo de vivir a través de los personajes, sus ropas,
costumbres, acontecimientos familiares, sus labores y trabajos, así como los
objetos típicos de la época en la que viven. Así, como sus gestos y expresiones
ante cada acontecimiento.
A través de las
ilustraciones podemos apreciar como el paso del tiempo deteriora lo que en un
momento fue una casa llena de alegría y vida. Se discierne también cómo la
sociedad evoluciona y se pierde la perspectiva del mundo rural para dar paso a
la sociedad moderna, que en ocasiones conlleva la pérdida de su esencia. La
obra comienza con el hallazgo de una casa deteriorada, que hace muchos años
dejó de tener vida, fue abandonada y olvidada, pero su descubrimiento por parte
de estas nuevas personas traerá luz y calor a las paredes que un día albergaron
generaciones de familias. Estos nuevos habitantes reconstruirán la casa y
durante todo un siglo nos convertiremos en espectadores del desarrollo de los
acontecimientos de cada época. Finalmente, la casa perderá a su último
habitante y volverá a quedar abandonada, pero como ocurre en ocasiones, esta
casa volverá a revivir readaptándose a la nueva sociedad y enseñando esos
cambios modernos que ha sufrido. Es una metáfora clara de cómo cambian las
sociedades, tal vez evidente en sus fachadas, pero con un esqueleto que se
mantiene a través de generaciones y la misma misión: acoger.
El formato del álbum, y
de gran tamaño como es costumbre en la obra de Roberto Innocenti, permite
compaginar la escasez del texto con otras ilustraciones a doble página en el
que detallismo del ilustrador sirve como excusa para adentrarse a su
exploración. Esta revelará al lector visiones de un lugar perdido, una conexión
con el recuerdo de la vida de otra época, las memorias y diferentes tesituras
que viven las diferentes familias y generaciones. La comprensión del tránsito
de las diferentes personas a través de un lugar, un espacio inamovible, que
recuerda las múltiples historias impregnadas en cada ladrillo. Una puerta
abierta para el diálogo en el aula sobre las acciones y consecuencias que
dejamos a nuestro paso. Tal vez, también conversar sobre cómo esperan que sea
ese paisaje el próximo siglo. En definitiva, La casa es una obra con una gran carga visual que transmite el paso
del tiempo y las diferencias sociales que podemos encontrar según el siglo en
el que estemos. Una obra digna de conocer.
Traducción: Anna Bellosta García y Mariona Gratacòs
i Grau
Editorial: Barbara Fiore
Año: 2006
Páginas: 32
Encuadernación
y formato:
25 x 30 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Una dupla reconocida con el Premio Astrid Lindgren: el alemán
Wolf Erlbruch y el belga Bart Moeyaert. Sobre el célebre autor e ilustrador
Wolf Erlbruch hemos realizado diferentes entradas y, en esta recta final del
blog, tenía especial interés en reflejar temáticas poco habituales en la
Literatura Infantil como la religión. Además, es una temática con posturas
opuestas: el lado laico que evita todas estas cuestiones por principios y, por
otra parte, los centros religiosos que es una de sus piedras fundacionales.
Desde el lado menos creyente, personalmente, estas temáticas de entrada me
hacen huir como de la peste. Como cualquier hijo de vecino, tengo mis
prejuicios e ideales. Así, el reflejo de estas cuestiones desde el imaginario
religioso (católico en nuestro contexto) no dejan de tener un contenido
simbólico y fantasioso, además de una traslación artística (como aquel álbum de
Andrea Antinori sobre el cuadro de James Ensor La entrada de Cristo en
Bruselas).
Junto a Bart Moeyaert se publicaron tres álbumes en la
editorial Barbara Fiore (además de La creación, El viaje de Olek
y El Paraíso) sobre los que nos detendremos en esta entrada. Comenzando
por La creación: “Al principio no había nada. Cuesta mucho imaginar
algo así. Imagina que todo lo que existe ahora todavía no existe”. En ese
breve fragmento se continúa invitando al lector a descomponer toda su realidad:
elimina la oscuridad e, inclusive, a tu madre. Y, no nos olvidamos del arte en
esta aproximación de Moeyaert con su producción teatral para llevar la pieza de
Haydn y que acabó con esta extensión en formato álbum. Me parece un inicio
soberbio con la única ilustración de Erlbruch de esa madre en el lateral
inferior derecho de la imagen. Si en La gran pregunta su estilo de
collage era mucho más depurado y minimalista, este texto le viene como anillo
al dedo. El texto de Moeyaert se narra en primera persona, ese yo (un
hombrecillo) que intenta ubicar en dicha abstracción al lector desde la
comicidad de estar en medio de la nada más absoluta: solo Dios y él sentados (el
primero, relajado y, el hombrecillo, circunspecto). El texto no se define por
su brevedad, pero la visión de Dios ante la nada es diametralmente opuesta a la
impaciencia de la naturaleza humana. El papel de Dios es relatar con
socarronería paciente y la curiosidad por conocer el origen de la creación. ¿En
definitiva, quién no lo estaría?
A medida que Dios comienza la creación (la noche y el día),
las preguntas del hombrecillo atónito y confuso ante la paciencia de ese Dios
(con aspecto de hombre en túnica y una larga barba a modo de un sabio) que
observa la materialización de sus creaciones. La actitud del hombrecillo poco
impresionado por la aparición del mar y la tierra contrasta con la del Dios:
sosegada y contemplativa de cada nuevo elemento incorporado a la paleta de su mundo.
También observamos en el diálogo la comparación del hombrecillo con Dios: él
tan importante y, el hombrecillo, tan insignificante.
Pero, ante esas maravillas creadas, también la acusación del
hombrecillo: ¿por qué ese alarde? ¿Por qué hacerle espectador de tal
espectáculo siendo tan insignificante? ¿Por qué debería importarle todo aquello
si no había nadie más? Entonces aparece la fauna en la que los personajes se
unen a un collage en el que peces, aves, cabras, gatos y… Sí, un pato
asomando por el lateral izquierdo hacen su aparición. En esas cuestiones y anécdotas
que rememora el hombrecillo el texto continúa y, finalmente, el fin de la
creación: la pareja para el hombre y el descanso el último día de Dios en la
creación. El texto finaliza repitiendo el fragmento del inicio para cerrar el
sentido de la narración y que el lector cierre el círculo. Un texto filosófico
y divertido sobre la creación con una visión calmada sobre una pregunta sin
respuesta y con una bella inspiración poética. Abrazar lo desconocido con sensibilidad.
Título: El viaje de Olek
Autor: Bart Moeyaert
Ilustrador: Wolf Erlbruch
Traducción: María Lerna
Editorial: Barbara Fiore
Año: 2007
Páginas: 32
Encuadernación
y formato:
30 x 27 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Seguimos en terrenos fantásticos, pero si pasamos por La
creación y Dios, ahora sobrevolamos el cuento de Afanasiev: El pájaro de
fuego. Si el azul era el color definitorio en el título anterior, ahora lo
será el rojo y el viaje de Olek (el personaje que siente la llamada a la
aventura). Una aventura en la que encontrará diferentes pruebas que pondrán a
prueba su voluntad altiva cimentada en la proeza de matar a un oso y hacerse un
gorro con él. Esa será su vara de medida: derrotar a un oso en comparación con
la prueba que se le presente. La primera, atarle los cordones a un niño que
había caído al barro. Así, seguía sumando proezas y buenas acciones a su
historial: “Aquí está Olek -dijo Olek-. Hago lo que puedo” como su
mantra anta cada nueva acción. Después de las tres primeras, Olek se pierde en
el bosque y ante él, un muro impenetrable de musgo que impide su paso. En ese
tránsito encontrará a un pájaro rojo con un ala muerta y, a partir de ese
momento, la aventura de Olek tomaría otros derroteros y pruebas como la de
enfrentarse al mismísimo diablo.
Un cuento fantástico en el que la bondad del
héroe y su persistencia es recompensada al final del camino en el que se pone a
prueba su voluntad. Las ilustraciones de Erlbruch de nuevo son un entramado
minimalista entre el collage, el contraste del color con una limitada paleta y
el trazo con el que dibuja un universo inconfundible.
Por último, rescato este corto animado dirigido por Vladimir
Samsonov en 1984 con música de Stravinsky:
Título: El paraíso
Autor: Bart Moeyaert
Ilustrador: Wolf Erlbruch
Traducción: Goedele de Sterck
Editorial: Barbara Fiore
Año: 2011
Páginas: 40
Encuadernación
y formato:
16 x 24 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Con El paraíso nos alejamos del formato álbum, destinado
a un lector adulto, y encontramos con un libro magníficamente ilustrado por
Wolf Erlbruch sobre la visión de Moayaert sobre el momento en el que Adán y Eva
poblaban el planeta. La desnudez de los personajes y el reflejo de aquel
entorno natural en el que habitaban, la manera en la que llegaron allí, las
tareas que debían realizar para mantener aquel lugar: “Nos correspondían
cuatro ríos y un terreno arbolado. Podíamos bañarnos en las aguas de los ríos.
Debíamos limpiar el bosque y mantenerlo limpio” (p. 7). La descripción de
la naturaleza, sus aromas y la atracción de sus cuerpos. El inicio de la vida
en el paraíso y, poco a poco, con el transcurso del tiempo ver cómo algunas
cosas eran frágiles y destinadas a desaparecer. Y, también, preguntarse por si
ellos también eran de una naturaleza efímera. Y, a medida que los días y las
tareas se suceden en el mismo lugar, la aparición del tedio.
La insoportable
levedad del ser que diría Kundera. Dos actitudes: persistir ante el temor de
perder lo que se tiene o, por el contrario, cuestionar si aquello es lo que se
desea. Las ilustraciones expresivas del hombre y la mujer, ante el dilema de
cómo mantener la felicidad tal y como deberían y, por otra parte, la
infelicidad de la rutina: “Aun estando cerca de alguien se puede estar muy
lejos” (p. 21). El modo en el que encuentran el equilibrio entre esas dos
situaciones y visiones ocupará el final del relato con la manera con la que
encontraron su lugar en el paraíso. Su visión propia.
Ahora, que suene Haydn y la Nederlands Blazers Ensemble.
* Como añadido a la temática de la creación hilvanamos a partir de Wolf Erlbruch el recuerdo de un álbum poético maravilloso con textos de Gioconda Belli: El taller de las mariposas. En el que el joven diseñador Odaer deberá alcanzar dentro de sus creaciones en el Taller de los insectos uno de sus sueños: combinar una criatura que mezclase las características de un pájaro y una flor. Un texto maravilloso y unas ilustraciones de la etapa previa de Erlbruch con sus collages.
Y, en la última puntada de la entrada, Gioconda Belli también participó en la colección poética de Libros de Cordel (Cortázar, Skármeta, Benedetti,...) en la editorial Libros del zorro rojo con Cuando floreció la risa (ilustrado por Alicia Baladan). En este caso, el jardín del Edén está en la selva del trópico donde Enea y Alia bajaron de la ceiba para comprobar que eran el primer hombre y la primera mujer. Y, en aquella selva, también floreció la risa.