Encuadernación
y formato:
21,5 x 28 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano. Álbum sin palabras.
Reseña:
No es la primera, pero sí mi última, reseña dedicada a Suzy
Lee (la anterior fue Espejo)
y la verdad es que hay muchos de sus álbumes que me encantaría dedicarles un
tiempo gustoso a recomendar sus bondades (especialmente a Sombras), pero
el tiempo en este espacio toca a su fin próximamente y serán otras personas las
que se encarguen de compartir sus lecturas. En aquella entrada sobre Espejo, ya
citamos el carácter autorreferencial en sus narrativas y esto se muestra en su
entrevista en la página de la editora: “Ella es yo, como una niña que ha estado
conmigo toda mi vida. Por supuesto, ella no tiene que ser realmente como yo,
pero cuando pienso en una protagonista valiente, curiosa, desafiante y
positiva, algún rasgo particular de una niña, sale de mi lápiz” (enlace
a la web de la editorial).
Seguimos en el terreno de la metaficcionalidad en línea con
la reseña de ayer de Kathrin Schärer (nos recuerda a otras obras como El
punto de Peter Reynolds por aquello de empieza con una línea y mira hacia dónde
te lleva) y tenemos el lápiz como desencadenante del mundo narrativo que rompe
la cuarta dimensión (a veces, con los personajes como poseedores como en los
libros de Monique Felix, Crockett Johnson, Ivar da Coll o los ositos de Anthony
Browne, por citar ejemplos clásicos) y, en otros casos, la inclusión del autor
en el libro. Un proceso de creación representado en la niña patinando con gracia,
realizando piruetas, saltos y atravesando en sus movimientos el pliegue
central, encontrando diferentes acercamientos y, como conflicto, un tropiezo.
En ese momento, el mundo de la ilustradora y el personaje
colisionan: un tropiezo en un dibujo es un borrón a la papelera. O, tal vez, un
nuevo inicio. Y, esta vez, con sorpresas adicionales. Un álbum para seguir disfrutando
de su habitual propuesta estilística y un desafío al lector para desentrañar la
narrativa escondida en el diseño del libro tomando un papel activo en la
construcción de su significado. Álbumes sin palabras, narrativas visuales para
prestigiar al lector más allá del estímulo visual y, una celebración, cuando
son de calidad.
Traducción: Anna Bellosta García y Mariona Gratacòs
i Grau
Editorial: Barbara Fiore
Año: 2006
Páginas: 32
Encuadernación
y formato:
25 x 30 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Una dupla reconocida con el Premio Astrid Lindgren: el alemán
Wolf Erlbruch y el belga Bart Moeyaert. Sobre el célebre autor e ilustrador
Wolf Erlbruch hemos realizado diferentes entradas y, en esta recta final del
blog, tenía especial interés en reflejar temáticas poco habituales en la
Literatura Infantil como la religión. Además, es una temática con posturas
opuestas: el lado laico que evita todas estas cuestiones por principios y, por
otra parte, los centros religiosos que es una de sus piedras fundacionales.
Desde el lado menos creyente, personalmente, estas temáticas de entrada me
hacen huir como de la peste. Como cualquier hijo de vecino, tengo mis
prejuicios e ideales. Así, el reflejo de estas cuestiones desde el imaginario
religioso (católico en nuestro contexto) no dejan de tener un contenido
simbólico y fantasioso, además de una traslación artística (como aquel álbum de
Andrea Antinori sobre el cuadro de James Ensor La entrada de Cristo en
Bruselas).
Junto a Bart Moeyaert se publicaron tres álbumes en la
editorial Barbara Fiore (además de La creación, El viaje de Olek
y El Paraíso) sobre los que nos detendremos en esta entrada. Comenzando
por La creación: “Al principio no había nada. Cuesta mucho imaginar
algo así. Imagina que todo lo que existe ahora todavía no existe”. En ese
breve fragmento se continúa invitando al lector a descomponer toda su realidad:
elimina la oscuridad e, inclusive, a tu madre. Y, no nos olvidamos del arte en
esta aproximación de Moeyaert con su producción teatral para llevar la pieza de
Haydn y que acabó con esta extensión en formato álbum. Me parece un inicio
soberbio con la única ilustración de Erlbruch de esa madre en el lateral
inferior derecho de la imagen. Si en La gran pregunta su estilo de
collage era mucho más depurado y minimalista, este texto le viene como anillo
al dedo. El texto de Moeyaert se narra en primera persona, ese yo (un
hombrecillo) que intenta ubicar en dicha abstracción al lector desde la
comicidad de estar en medio de la nada más absoluta: solo Dios y él sentados (el
primero, relajado y, el hombrecillo, circunspecto). El texto no se define por
su brevedad, pero la visión de Dios ante la nada es diametralmente opuesta a la
impaciencia de la naturaleza humana. El papel de Dios es relatar con
socarronería paciente y la curiosidad por conocer el origen de la creación. ¿En
definitiva, quién no lo estaría?
A medida que Dios comienza la creación (la noche y el día),
las preguntas del hombrecillo atónito y confuso ante la paciencia de ese Dios
(con aspecto de hombre en túnica y una larga barba a modo de un sabio) que
observa la materialización de sus creaciones. La actitud del hombrecillo poco
impresionado por la aparición del mar y la tierra contrasta con la del Dios:
sosegada y contemplativa de cada nuevo elemento incorporado a la paleta de su mundo.
También observamos en el diálogo la comparación del hombrecillo con Dios: él
tan importante y, el hombrecillo, tan insignificante.
Pero, ante esas maravillas creadas, también la acusación del
hombrecillo: ¿por qué ese alarde? ¿Por qué hacerle espectador de tal
espectáculo siendo tan insignificante? ¿Por qué debería importarle todo aquello
si no había nadie más? Entonces aparece la fauna en la que los personajes se
unen a un collage en el que peces, aves, cabras, gatos y… Sí, un pato
asomando por el lateral izquierdo hacen su aparición. En esas cuestiones y anécdotas
que rememora el hombrecillo el texto continúa y, finalmente, el fin de la
creación: la pareja para el hombre y el descanso el último día de Dios en la
creación. El texto finaliza repitiendo el fragmento del inicio para cerrar el
sentido de la narración y que el lector cierre el círculo. Un texto filosófico
y divertido sobre la creación con una visión calmada sobre una pregunta sin
respuesta y con una bella inspiración poética. Abrazar lo desconocido con sensibilidad.
Título: El viaje de Olek
Autor: Bart Moeyaert
Ilustrador: Wolf Erlbruch
Traducción: María Lerna
Editorial: Barbara Fiore
Año: 2007
Páginas: 32
Encuadernación
y formato:
30 x 27 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Seguimos en terrenos fantásticos, pero si pasamos por La
creación y Dios, ahora sobrevolamos el cuento de Afanasiev: El pájaro de
fuego. Si el azul era el color definitorio en el título anterior, ahora lo
será el rojo y el viaje de Olek (el personaje que siente la llamada a la
aventura). Una aventura en la que encontrará diferentes pruebas que pondrán a
prueba su voluntad altiva cimentada en la proeza de matar a un oso y hacerse un
gorro con él. Esa será su vara de medida: derrotar a un oso en comparación con
la prueba que se le presente. La primera, atarle los cordones a un niño que
había caído al barro. Así, seguía sumando proezas y buenas acciones a su
historial: “Aquí está Olek -dijo Olek-. Hago lo que puedo” como su
mantra anta cada nueva acción. Después de las tres primeras, Olek se pierde en
el bosque y ante él, un muro impenetrable de musgo que impide su paso. En ese
tránsito encontrará a un pájaro rojo con un ala muerta y, a partir de ese
momento, la aventura de Olek tomaría otros derroteros y pruebas como la de
enfrentarse al mismísimo diablo.
Un cuento fantástico en el que la bondad del
héroe y su persistencia es recompensada al final del camino en el que se pone a
prueba su voluntad. Las ilustraciones de Erlbruch de nuevo son un entramado
minimalista entre el collage, el contraste del color con una limitada paleta y
el trazo con el que dibuja un universo inconfundible.
Por último, rescato este corto animado dirigido por Vladimir
Samsonov en 1984 con música de Stravinsky:
Título: El paraíso
Autor: Bart Moeyaert
Ilustrador: Wolf Erlbruch
Traducción: Goedele de Sterck
Editorial: Barbara Fiore
Año: 2011
Páginas: 40
Encuadernación
y formato:
16 x 24 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Con El paraíso nos alejamos del formato álbum, destinado
a un lector adulto, y encontramos con un libro magníficamente ilustrado por
Wolf Erlbruch sobre la visión de Moayaert sobre el momento en el que Adán y Eva
poblaban el planeta. La desnudez de los personajes y el reflejo de aquel
entorno natural en el que habitaban, la manera en la que llegaron allí, las
tareas que debían realizar para mantener aquel lugar: “Nos correspondían
cuatro ríos y un terreno arbolado. Podíamos bañarnos en las aguas de los ríos.
Debíamos limpiar el bosque y mantenerlo limpio” (p. 7). La descripción de
la naturaleza, sus aromas y la atracción de sus cuerpos. El inicio de la vida
en el paraíso y, poco a poco, con el transcurso del tiempo ver cómo algunas
cosas eran frágiles y destinadas a desaparecer. Y, también, preguntarse por si
ellos también eran de una naturaleza efímera. Y, a medida que los días y las
tareas se suceden en el mismo lugar, la aparición del tedio.
La insoportable
levedad del ser que diría Kundera. Dos actitudes: persistir ante el temor de
perder lo que se tiene o, por el contrario, cuestionar si aquello es lo que se
desea. Las ilustraciones expresivas del hombre y la mujer, ante el dilema de
cómo mantener la felicidad tal y como deberían y, por otra parte, la
infelicidad de la rutina: “Aun estando cerca de alguien se puede estar muy
lejos” (p. 21). El modo en el que encuentran el equilibrio entre esas dos
situaciones y visiones ocupará el final del relato con la manera con la que
encontraron su lugar en el paraíso. Su visión propia.
Ahora, que suene Haydn y la Nederlands Blazers Ensemble.
* Como añadido a la temática de la creación hilvanamos a partir de Wolf Erlbruch el recuerdo de un álbum poético maravilloso con textos de Gioconda Belli: El taller de las mariposas. En el que el joven diseñador Odaer deberá alcanzar dentro de sus creaciones en el Taller de los insectos uno de sus sueños: combinar una criatura que mezclase las características de un pájaro y una flor. Un texto maravilloso y unas ilustraciones de la etapa previa de Erlbruch con sus collages.
Y, en la última puntada de la entrada, Gioconda Belli también participó en la colección poética de Libros de Cordel (Cortázar, Skármeta, Benedetti,...) en la editorial Libros del zorro rojo con Cuando floreció la risa (ilustrado por Alicia Baladan). En este caso, el jardín del Edén está en la selva del trópico donde Enea y Alia bajaron de la ceiba para comprobar que eran el primer hombre y la primera mujer. Y, en aquella selva, también floreció la risa.
La mirada al otro. Esa era la temática central de la
anterior reseña dedicada a Armin Greder y, en esta ocasión, la mirada interior
con la dualidad entre la realidad y lo imaginario (cuerpo y alma, aunque como
siga así acabo en Joy Division). La primera obra de La trilogía del límite
(titulada así por la autora e incluso con un ensayo dedicado a la reflexión
sobre estas) es Espejo y que marcó la intención artística de la autora
coreana Suzy Lee (1974) en esa exploración de los elementos materiales del
álbum: desde la decisión del formato (aquí, la forma del álbum representa el
espejo premiando la verticalidad) y, fundamentalmente, el pliegue central para
la diferenciación de dos mundos que se observan a través de una protagonista
que será recurrente en su obra (una mirada personal o su persona). Pese
a que es un álbum sin palabras, el título nos indica el mecanismo de simetría
que encontraremos en la página: la protagonista y su reflejo. Y, como no, es el
momento para la activación de nuestros conocimientos previos sobre álbumes que
emplean estos mecanismos con el pliegue y, la intertextualidad con Lewis Carroll
y Alicia (A través del espejo).
Es un hecho recurrente encontrar estas comparaciones en
diferentes artículos académicos como el de Sungyuo Lee (2016): Suzy Lee’s
Adventures in Picture book Land. Sobre esas aventuras, también es muy
recomendable el capítulo de Rosa Tabernero en el que también se analiza la
adaptación de Suzy Lee de la obra de Carroll. Como apuntaba Tabernero-Sala
(2019): “El libro se convierte, por tanto, en un escenario en el que los
espacios y la disposición de los personajes implican una representación al
servicio de la idea” (p.40). Las guardas, con la simetría de las manchas y
el color amarillo, dan paso a un espacio enigmático, en blanco y el trazo de su
protagonista que nos revela con sus gestos y miradas la exploración de ese otro
lado del pliegue central con el que comenzará una interacción (observando los
diferentes estados emocionales ante la sorpresa inicial) que se iniciará con
desconfianza hasta el reconocimiento de sí misma y, finalmente, desdibujar esa
frontera. Momentos en los que se exploran los trazos más expresivos y
coloristas que muestran la unión de dos mundos en perfecta sincronía. El álbum,
además, está sujeto al surrealismo de la propuesta a partir de la entrada de la
doble página en blanco (desaparecen en la unión de los dos lados del espejo).
El conflicto aparece cuando la sincronía entre ambos lados desaparece (se convierte
en una realidad divergente) y acaba siendo tratado con crueldad y con las
consecuencias tratadas con la imagen del espejo hecho añicos. Finalmente, la
culpa.
El espacio interpretativo en este tipo de álbumes sin texto
permite jugar con anticipaciones, inferencias de significado y diferentes
mecanismos que van más allá de la catalogación como simples estímulos visuales
para crear una narrativa. Además, abierta al remitirse al mundo de la imaginación. Esa dualidad y
juego que no escapa del egoísmo o una visión única de cómo debe funcionar el
mundo, de qué deben hacer los demás (incluida nuestra sombra, siempre sujeta a
nuestros movimientos). Para finalizar, vuelta a la banda sonora y un clásico de la Velvet con Nico: I'll be your mirror.
Y, ojalá, pronto esté disponible su nuevo libro en formato acordeón (Dream of becoming water) a partir de una canción de Lucid Fall:
Lee, S. (2016). Suzy Lee’s Adventures in Picture book
Land. Bookbird: A Journal of International Children's Literature54(4),
17-21. doi:10.1353/bkb.2016.0103
Tabernero-Sala, R. (2019). Elogio
del límite: Suzy Lee y el libro como
espacio de representación. En I. Mociño-González (Ed.), Libro-obxecto e
xénero : estudos ao redor do libro infantil como artefacto (pp. 33-50). Servizo
de Publicacións da Universidade de Vigo.
“Girl B: …because
the rabbits are more like humans.” (p. 305)
(Arizpe et al., 2014)
Es raro empezar esta reseña con una cita de un artículo
académico de una participante de 10 años que aparece en la investigación de
Arizpe et al. (2014). En diferentes entradas, desde el comienzo del blog,
aparece citada la investigadora Evelyn Arizpe por su aproximación a la
migración y el estudio de la interpretación de la narrativa visual por los
lectores infantiles y juveniles. El fragmento de esta participante tiene un contexto
dentro de la conversación del artículo, pero encapsula perfectamente el reflejo
de nuestra humanidad. Los conejos de John Mardsen y amplificado su poder
sugestivo con las ilustraciones de Shaun Tan es uno de los ejemplos claros de
literatura para todas las edades y la aproximación a temáticas controvertidas
(en este caso, el reflejo de la colonización). En ese plano, también se pueden
inferir otras lecturas y consecuencias del proceso ligado a la colonización por
parte de otra investigadora centrada en el desarrollo de la conciencia
ecológica como op de Beeck (2005, p.281) en el que hablaba de los álbumes de Mardsen
y Shaun Tan como “stunning picture books dealing with environmental
devastation and class politics”. Como ven, las lecturas pueden encontrar en
sus receptores diferentes capas de significado gracias a los espacios para la
interpretación entre texto e ilustración (especialmente en la naturaleza metafórica
y surrealista de Shaun Tan) y, esencialmente, que los conquistadores se han
definido históricamente por su impacto devastador: sobre la población, el medio
ambiente y la cultura nativa.
Uno de los primeros álbumes ilustrados
del australiano Shaun Tan fue junto al texto de John Marsden, en el que
narraban metafóricamente la colonización inglesa de las antípodas oceánicas.
Como es habitual en la web de la
editorial encontramos aclaraciones de Shaun Tan al respecto de esta
aproximación temática que podéis leer en el hipervínculo. Los
conejos, es un álbum con un texto breve que complementa la expresividad de
las ilustraciones de Shaun Tan y, de nuevo, esa economía prestigia al lector
que debe complementar esos espacios narrativos con la inmensidad que suponen
las ilustraciones a doble página. Una auténtica joya que, por suerte, la
editorial Barbara Fiore tradujo una década después de su publicación original
en 1998.
En la narración, se presenta el impacto
de la llegada de los conejos (“llegaron por el mar”) a las tierras donde
habitaban los marsupiales (numbats, especie autóctona). Esa entrada esplendorosa
descrita con el imaginario fantástico del ilustrador en un buque de
proporciones infinitas inicia el desembarco de los conejos ataviados en
vestimentas que recrean la indumentaria señorial europea. Esta contrasta con la
de la especie nativa en los árboles, sin sofisticación y que se verá sometida a
la represión de la especie dominante de la tecnología (como siempre, con una
carga distópica y simbólica apabullante), como representación del poder de una
sociedad sobre otra.
Las consecuencias, relatadas como un
diario del diario de una especie, dibujan el paso del tiempo y empleando un
lenguaje metafórico (“los conejos llegaron hace muchos abuelos atrás”) en el
que comentan la primera llegada de una expedición en el que la interacción
entre especies estaba enmarcada por el acercamiento de dos culturas y el trato
humano entre ambas especies. También una advertencia de los ancianos del lugar
sobre la incomprensión del extranjero sobre el modo de vida nativo. Este
aspecto del inicio de la narración es fundamental por la importancia del
distanciamiento de la mirada etnocéntrica sobre la intercultural.
A partir de ese momento de placidez y
advertencia, la llegada del galeón y el inicio del conflicto. En este, se
relata a la perfección el modelo de colonización en el que se instala una
sociedad y relega a la otra a la periferia. Una situación que, además, está
basada en la colonización de aquellas tierras y, por este motivo, introduce el
valor de la memoria histórica en el aula de una manera metafórica. El dramatismo
del texto se entremezcla con la habilidad de Shaun Tan para la recreación de un
espacio de fantasía y sutileza por los detalles incorporados en las
ilustraciones, con un simbolismo que está presente en toda su obra.
La pérdida de la batalla entre ambas especies
muestra como la dominante se apodera del terreno, sus recursos naturales e
incluso su descendencia. Sometimiento que lleva aparejado el inicio de la
industrialización y la decadencia de la naturaleza, mediante el cambio de
tonalidades ensombrecidas y pardas. En ese momento, el diario de la memoria de
una especie comienza a cuestionarse dónde fue todo aquello que caracterizaba a
su tierra, su naturaleza y fauna, y una pregunta final: ¿quién nos salvará de
los conejos?
Otro aspecto esencial en la ilustración,
en el que se emplea la doble página, es el empleo de la fragmentación narrativa
para la descripción de los breves textos que relatan la lucha entre las dos
especies (tan desigual) y el empleo de objetos para diseminar la narración
entre los objetos. Del mismo modo, el empleo de la perspectiva y la simetría en
la colonización de los conejos muestra el mundo que llega: ordenado y
cuadriculado como manera de representación de la postura colonizadora e
intransigente que traslada los principios de “su cultura” a otra.
En conclusión, además de una obra de arte
de Shaun Tan, este álbum sigue posibilitando las preguntas en la narración y la
relectura por la gran cantidad de detalles insertos. Un texto sencillo que
resuena en el gran espectáculo que plantean las ilustraciones para narrar, nada
más y nada menos, el proceso de represión de una cultura sobre otra. Una mirada
etnocéntrica que no permite el reconocimiento del resto de culturas,
expulsándolas y reduciéndolas a meros recuerdos (que si no preserva la memoria)
se diseminarán como pétalos en la rosa de los vientos.
Finalmente,
siguiendo con la temática de la migración y los colonos, una recomendación cinematográfica
con las películas de Jan Troell que muestran este proceso en dos películas: The
Emigrants (Utvandrarna, 1971) y su continuación argumental The New Land
(Nybyggarna, 1972) con actores tan emblemáticos como Max von Sydow y Liv
Ullmann.
Arizpe, E., Bagelman, C., Devlin, A. M., Farrell, M., &
McAdam, J. E. (2014). Visualizing intercultural literacy: engaging critically
with diversity and migration in the classroom through an image-based approach. Language
and Intercultural Communication, 14(3), 304–321. https://doi.org/10.1080/14708477.2014.903056
op de Beeck, N. (2005). Speaking for the Trees:
Environmental Ethics in the Rhetoric and Production of Picture Books. Children’s
Literature Association Quarterly, 30(3), 265–287. https://doi.org/10.1353/chq.2006.0002
“Dame
la mano y danzaremos
Dame la mano y me amarás
Como una sola flor seremos
Como una flor y nada más”
(Fragmento
del poema Dame la mano de Gabriela Mistral)
En el verano también hay espacio para la melancolía y el
anhelo, el deseo y la soledad, el murmullo y la contemplación. Después de Inés
azul (2009), Albo y Auladell volvieron a juntar sus talentos en este
sensacional Alas y Olas editado en gran formato en Barbara Fiore.
Desconozco si con Lejos (ilustrado por Aitana Carrasco) conforma una
trilogía de Albo que explora diferentes terrenos existenciales y de la finitud
que con la ayuda de las poéticas ilustraciones de Pablo Auladell encuentran una
simbiosis perfecta. En otras entradas del blog hemos analizado algunas obras
que cuentan con la magia de Auladell en las ilustraciones como en Caracol
(también junto a Albo y que contaron con una nueva ilustración en la edición de
A Buen Paso) o Dorothy
junto a Javier Sáez Castán.
En los últimos años su obra ha recogido
distinciones que le han llevado a continuar con la exploración del lenguaje del
cómic (después de La Torre Blanca) con Potemkin y Paraíso
Perdido de John Milton (y ser galardonado con el Premio Nacional del Cómic
en 2016) o su participación en la creación audiovisual junto a Gonzalo Suárez.
Pese a que en formato álbum no hemos tenido novedades, si que tenemos otra
faceta que conecta con la capacidad evocadora de Auladell como es el
acompañamiento a los 12 Poemas de Antonio Machado publicados en
Kalandraka o los de Julio Cortázar en Poemas y Meopas. En su charla en
la presentación de su reciente libro de artista Cuaderno
Arcaico Muralis habló de las máscaras con las que el artista aborda
un trabajo, un elemento que también aparece recurrentemente en sus obras,
elementos alados con caretas humanas y otros cruces que caracterizan una obra
que como lectores vemos en progresión y refinamiento continuo desde Mar de
sábanas (2003) y el cambio de década en el que su autoría al ver una
ilustración es completamente reconocible: el contraste con el color, las
tonalidades pastel, el grafito y la materialidad de la textura. Y, la
atemporalidad.
Estar fuera del tiempo como los territorios de la tradición
oral que tan bien conoce Pablo Albo y, como podemos leer en la portada: “levemente
inspirado en la leyenda esquimal La mujer esqueleto”. También, en la
evaporación del alma en el viento marino recordamos a Andersen y el anhelo de
un amor perdido. Con Alas y Olas tenemos dos universos, la tentación de
traspasar ambos por sus personajes que nos recuerda en su punto inicial a un
clásico del cine como es El cielo sobre Berlín (1987) de Wim Wenders
cuyo título en inglés también serviría para conectarlo con este álbum: “Las
alas del deseo” (Wings of desire). El texto y la poética de las imágenes
se entrelazan perfectamente para amplificarse a partir de un personaje que ha
conseguido las alas con una condición (la idea de la tentación): nunca emplear
su capacidad de vuelo para inmiscuirse en la vida terrenal de los otros. Una
premisa de entrada que dibuja la situación inicial y que, en la siguiente
página, dará con el inicio del conflicto: una mujer desvalida en su barca
deseando la muerte (conectamos con Annie du Lac de Kitty Crowther y la
idea de suicidio) que se desvanece en el momento que ambos cruzan sus miradas
(al modo de Julio Verne como si hubieran compartido El rayo verde).
Esta intromisión es lo que nos conduce al recuerdo
cinematográfico de la película de Wenders cuando el personaje de Bruno Ganz
descubre a la trapecista y sueña con materializarse para formar parte del mundo
terrenal. Desobedecida la promesa, el descenso al fondo del mar, la pérdida del
cuerpo y la entrega a lo desconocido. El texto de Albo lo retrata con sutileza,
con los elementos acompañándolos como una pequeña red hasta quedarse solo en
los huesos y con la condena de una soledad que tan solo se veía interrumpida
por las visitas de aquella mujer que también anhelaba aquel momento mágico, ese
instante en el que vio al personaje alado. La forma en la que se resuelve el
conflicto está llena de poesía y en el que conoceremos la materia con la que
están hechos todos los besos.
Cerramos con música de Jason Pierce y Spiritualized que
conectan perfectamente con la temática. Primero, Alas…
“While at first this might seem a book for children, I'm
more broadly interested in the universal themes governing any intimate
relationship regardless of age, gender or background, from siblings to best
friends, co-workers and partners. The private universe of imagination and
conflict that can exist here so often defies explanation and is, I think, best
represented as a kind of shared dream.” (Shaun Tan website)
En este álbum maravilloso de Shaun Tan (que también tuvo
traslación intermodal a una app que no se encuentra disponible) nos ofrece las
16 reglas que aprendió el protagonista en su último verano. Y eso es todo.
Bueno, lo sería si no fuera por la capacidad de sugestionar al lector por sus
ilustraciones al óleo que nos rodean de perplejidad ante la creación en cada
página de un universo en el que completar de significado cada una de las reglas
propuestas (principalmente, aquellas cosas que “nunca” debes hacer). Para
conocer mejor las visiones del autor encontramos en la página de la editorial
muchas de las claves y referencias a estos universos (enlace) que
nos hablan de las experiencias del autor y recuerdos de infancia. Entre esos
recuerdos, los juegos junto a su hermano pese a que en su página web nos invita
a que no los veamos como hermanos, sino como amigos y compañeros.
El surrealismo y la imponente arquitectura de los espacios
que nos remiten a una celebración del universo de Lewis Carroll y su Alicia,
imponentes espacios que intimidan y liberan con cierto sentido del humor. El
lector está invitado a que construya en esos instantes los espacios vacíos
entre un texto lacónico y una imagen desbordante. El universo de Shaun Tan
siempre conduce a una conexión con la obra de Miyazaki y desde La cosa perdida
seguimos maravillados en sus creaciones absorbentes y que profundiza en esos
temas universales que apunta el autor sin olvidar otros estados emocionales
dentro de un universo que juega con la ambivalencia de la utopía y distopia. Un
álbum que exige un lector que encuentre el por qué a cada regla del verano y se
sumerja en el espacio de tiempo que anticipe e infiera las consecuencias de
cada una. Recuerdo este juego en el aula con el profesor Ramón Llorens a partir
de algunas imágenes del álbum y es un ejemplo de álbumes que desafían al
lector, le retan en la creación de una narrativa que, como pasaba en su clásico
El árbol rojo, nos deja al final un espacio de esperanza reconfortante:
el salón frente a la televisión y los dibujos que nos remiten a las
ilustraciones previas.
Desconocemos al narrador de la historia (¿será el más
pequeño?) y nos invita a que tomemos una posición (la del que aconseja o el que
recibe el consejo) o tal vez sean las dos voces (nos muestra elementos
recurrentes en varias páginas con el cuervo). Independientemente del camino que
se elija, Las reglas del verano de Shaun Tan es una puerta abierta para
el juego de la interpretación, el diálogo y el deleite visual de cada uno de los
detalles y narrativas visuales que operan en primer y segundo plano para
generar una sensación de perplejidad y asombro que son rasgos habituales de su
obra. Nunca dejes de fascinarte al pasar la página. O, al menos como diría
Pennac en su octavo derecho del lector, hojearla.
Después de la vuelta a la actividad seguimos con entradas
para evocar los días estivales que llegan a su fin. Una de las imágenes de un
verano es el chapuzón, los recuerdos de caminar por el borde de la piscina (con
los pies color membrillo y claras intenciones como el agua que cantaba Aramburu). La siguiente
reseña bien podría ser La ola de Suzy Lee (también coreana y sin
salirnos del catálogo de Barbara Fiore), pero dejaremos el elogio al límite
para otra ocasión. Colocados como espectadores ante el momento en el que el
bañista se encuentra con la piscina, el silencio y el foco como andamiaje
narrativo con el primer plano de su cara y la visión general en la siguiente en
una ruptura que proviene del ruido (en un libro silencioso) de la multitud
ataviada de flotadores y colchonetas para zambullirse en el agua. Y, como no,
recuerdo de esos momentos de pelea por coger el mejor sitio (ya sea en las
piscinas municipales o en primera línea de playa).
Del silencio del niño
circunspecto al sinsentido de la vista de la piscina abarrotada de gente que
apenas dejan a la vista el agua de la piscina. Otra característica que
comparten inicialmente La ola y La piscina es la minimalista
paleta de colores iniciales (solo distinguimos el azul del agua y predominan el
blanco y el negro del trazo), pese a que los mecanismos de narración visuales
son muy diferentes (cambios de foco y ruptura de la doble página como unidad
narrativa en otras).
Esta primera parte marca el inicio del conflicto, la tranquilidad
del protagonista frente a la algarabía del resto de bañistas, que finalmente se
sumerge para mostrarnos la puerta a un nuevo mundo. Curiosamente, Ji Hyeon Lee
en un álbum posterior como Door (2018) también establece esa
diferenciación entre la realidad y la fantasía (puertas que en los libros sin
palabras también nos conducen a otros universos como en los de Aaron Becker o
David Wiesner por citar dos ejemplos reconocidos) y la aparición de un nuevo
código visual: el color. Zambullida en la que encuentra una compañía (son como
los outsiders del bullicio) en la que descubrirán aquello que los demás son
incapaces de ver: corales, bancos de peces e, inclusive, encontrarse con la
majestuosa gran ballena blanca) con la que compartirá el viaje.
Una narración
tierna y silente que finaliza con la salida por el otro extremo de una piscina
cuyo tamaño no es indicativo de los mundos que esconden cuando nos sumergimos y
conectamos con memorias y recuerdos de infancia. Lugares suspendidos en el
tiempo y la mirada compartida por dos personas que han encontrado la
escapatoria a un mundo ruidoso y caótico. Pequeños refugios y deleites visuales
en una literatura que se lee mirando. Y como no, otros recuerdos con piscinas y chapuzones
literarios me recuerdan a El nadador de John Cheever (y su gran
traslación a la pantalla por Frank Perry en un clásico oscuro), pero
especialmente a David Hockney -ya sean A
bigger splash o Retrato
de un artista (piscina con dos figuras)-. Sea como sea, nadaremos.
Una de las deudas pendientes con el blog era la realización
de una reseña dedicada al genial autor e ilustrador australiano Shaun Tan
(premiado no solo por su labor en la LIJ con el Premio Astrid Lindgren en 2011,
también oscarizado por el corto de su primer libro en solitario, La cosa perdida).
En este blog las diferentes personas que se han encargado de actualizarlo
durante la pasada década (el 13 de marzo este espacio cumplirá diez años desde
su creación por Ramón Llorens). Así, el inicio de esta entrada tendrá un
pequeño recordatorio a las clases con Ramón en las que nos acercaba las bondades
del álbum y, en alguna clase, recuerdo que nos mostró Cigarra de
Shaun Tan.
En este espacio diferentes alumnas dejaron su impresión
sobre la obra de este autor con las reseñas a dos de sus libros más celebrados:
el verano pasado Sandra Martínez recuperó el icónico El
árbol rojo (2001) y, hace casi una década, Mónica Más se encargó de Emigrantes
(2006). Dos libros que han sido referencias por su maravillosa propuesta
artística desde las ilustraciones y la temática psicológica, existencialista y reflexiva
de sus libros. Además, estos títulos han sido analizados por diferentes
personas dedicadas a la investigación literaria, premiados y reverenciados en
diferentes foros, convertidos en referentes de calidad literaria en formato
álbum, pese a que Emigrantes se adentra también en terrenos de la novela
gráfica. Una narración silente que ha servido no solo para su estudio
literario, también para convertirse en un elemento transcultural para elicitar
respuestas a partir de su lectura y comprensión como las recogidas en la
investigación de Arizpe, Colomer y Martínez Roldán en el libro Visual
Journeys Through Wordless Narratives: An International Inquiry With Immigrant
Children and The Arrival (2014).
Con Cigarra, su último libro en formato álbum (en
2020 publicó una versión de un relato de La ciudad latente, Dog,
al igual que hizo con el relato de Eric) nos devuelve a cuestiones sobre
los sentimientos de un protagonista dentro de un entorno hostil, empatizar con
su situación y reconocer las imposiciones que tiene en su vida. Shaun Tan nos
muestra el proceso de creación y la reflexión sobre el contenido que quería
mostrar en este libro en su web (enlace).
Otra cuestión que nos puede suscitar la portada es el recuerdo a dos obras: La
metamorfosis de Kafka (citado también por el autor, también el clásico de Orwell
Rebelión en la granja o la icónica película de Guilliam, Brazil,
que también citamos en Nonstop de Ungerer) y la fábula de Esopo, La
Cigarra y la Hormiga.
En este caso, la transvalorización de la cigarra en obrera
abnegada y maltratada por el resto siembra la extrañeza inicial en la
representación del personaje: la cigarra cantora, la cigarra vaga. Y, como no,
a la versión oscura de Frederick de Lionni si seguimos por el sendero
intertextual cuando conocemos a un personaje lejos de la bohemia y que solo
conoce el trabajo (que nos hará libres, decían).
El texto opta por un lenguaje telegráfico, como si un robot
(con la idea de robot del cine de décadas pasadas, no con las actuales
inteligencias artificiales y la Programación de Lenguaje Natural). Encontramos a
la cigarra y la soledad de su cubículo, referencias a otros tiempos y la
intención del autor de reflejar de algún modo el recuerdo de los trabajos de su
padre. Un personaje deshumanizado en un entorno humano que, al contrario que en
los cuentos de animales, no se le humaniza y se le somete a todo tipo de
desprecios y ninguneos. No vemos las caras de sus compañeros de trabajo, de sus
jefes, solo sus acciones y desprecio por su diferencia. O tal vez, con quien
expresan su hastío por compartir un espacio vacío de vida, milimétrico y
opresor.
Esa reflexión la introduce el autor, realmente en el texto
nadie nos dice cómo se siente la cigarra. Suponemos que como nosotros si sufriéramos
esas condiciones, pero ese detalle nunca se revela. Shaun Tan lo expresaba así
en su web:
“Of course, we never know how the cicada is really
feeling. We assume this underappreciated employee must be miserable, but we may
be mistaken. The other side to this thought is to wonder about the sterile
environment of the story, or any institution populated by uncaring, aggressive
and basically unhappy humans, and think about the ultimate purpose of it. Who
is really suffering these absurd conditions? Not the cicada.”
El desenlace del libro, al igual que en Las reglas del
verano o El árbol rojo, nos muestra una imagen que nos reconforta
después de la carga pictórica y desoladora de las imágenes. Especialmente en la
secuencia final en la que como humanos, entendemos que el desenlace adquiere
unos tintes siniestros al ver al protagonista en el bordillo en lo más alto del
edificio. Un animal humanizado, con su traje chaqueta y contexto laboral, pero
que nunca dejó de ser un insecto.
La metamorfosis, con la capacidad para interpretarla como
cada uno quiera, nos deja en las guardas finales la belleza pictórica del autor
y el vuelo de las cigarras. No pueden parar de reír de los humanos y, podría
ser una forma de leyenda etiológica que nos explica el por qué las cigarras
hacen ese ruido en verano: disfrutan de la vida que cualquier humano anhela en
ese entorno de trabajo. Esta es una de las grandes virtudes de sus álbumes: sugieren y requieren nuestra mirada reflexiva para incorporar nuestros sentimientos y evocar recuerdos en una lectura pictóricamente deslumbrante, en escenarios distópicos y siempre estimulantes. Un álbum inteligente que juega con las interpretaciones culturales y literarias, estimulante y que permite las lecturas e interpretaciones que prefiera el lector. Esta tan solo es la mía, pero el
disfrute de la obra de Shaun Tan no tiene la misma discusión.