Encuadernación
y formato:
34,5 x 25,2 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano
Reseña:
Durante este periodo, dentro de las fijaciones que cada
lector tiene, las reseñas de los álbumes de Manuel Marsol (en solitario o junto
a Javier Sáez Castán y Carmen Chica) han sido una constante que, ahora, nos
conducen a su primer álbum ganador del III Premio Internacional de Álbum
Ilustrado Edelvives: Ahab y la ballena blanca. Un libro-álbum que se
enfrenta a un referente literario universal como el de Melville y su Moby Dick
(el álbum está lleno de pequeños homenajes a la novela y al autor, como puedan
ser las referencia a Nathaniel Hawthorne en las guardas entre otras tantas
historias escondidas en sus páginas como guiños cinematográficos, al arte de Warhol, el Monkey Island o C. D.
Friedrich y El caminante sobre las nubes para quienes se acerquen al
álbum).
De la misma manera, como la ballena, el formato ya tiene
unas dimensiones notables y todo se conjuga a la perfección en el juego con la
relación bimodal entre texto e ilustración que se inicia después del despliegue
repleto del imaginario que el autor reúne alrededor de Moby Dick en las
primeras dobles páginas hasta el juego con la réplica periodística (donde ya
apuntaba el sentido del humor que después conoceríamos en otros momentos de su
obra) del Nantucket Inquirer (publicado por Melville en 1851, claro).
El texto es una narración en primera persona de Ahab y sus
peripecias a bordo del Pequod para cazar a la gran ballena blanca. En esa
obsesión enfermiza y lucha contra los elementos característica, nos adentramos
en un juego de información asimétrica para que el lector empiece a destripar la
ironía en la búsqueda, un aspecto que nos recuerda al humor de Jon Klassen,
especialmente en Este no es mi bombín. A partir de esa ironía, nos queda
el placer visual de escudriñar todos los detalles y fragmentos que Manuel Marsol
ha dejado para el placer del lector: navegar entre los contrastes, la
materialidad en sus composiciones y el horizonte como espacio en el que
observar (los patrones de la bata que Ahab emplea para freírse un huevo, el
mortero de all-i-oli o los imanes de la Moby Fridge, por ejemplo) esa ballena con
una textura rocosa y escultórica desde diferentes perspectivas. Un placer
visual en el que encontrar tesoros escondidos y en el que, la ballena blanca
nos recuerda aquello de “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. También,
en la entrevista que concedió por aquella época para Un
periodista en el bolsillo hablaba del que hubiera sido su segundo álbum,
Astro:
“Sí, estoy acabando lo que será mi segundo álbum, que
parte de las ilustraciones que seleccionaron en la Feria de Bologna de este
año. Se llamará Astro, y tiene ciertas conexiones con Ahab y la Ballena Blanca.
Pero esta vez los misterios no vienen del mar sino de arriba, del Espacio”.
En una charla en la Llibreria
Sendak también comentaba la intención de materializar el espacio como
elemento narrativo (si mal no recuerdo) con ese libro y, supongo, que también
podemos apreciar a la ballena como esa materialización de la búsqueda obsesiva
del protagonista. Mientras esperamos los misterios del espacio, disfrutaremos
con Ahab y la ballena blanca. Pasen y comprueben que “El mar es un
misterio”.
“While at first this might seem a book for children, I'm
more broadly interested in the universal themes governing any intimate
relationship regardless of age, gender or background, from siblings to best
friends, co-workers and partners. The private universe of imagination and
conflict that can exist here so often defies explanation and is, I think, best
represented as a kind of shared dream.” (Shaun Tan website)
En este álbum maravilloso de Shaun Tan (que también tuvo
traslación intermodal a una app que no se encuentra disponible) nos ofrece las
16 reglas que aprendió el protagonista en su último verano. Y eso es todo.
Bueno, lo sería si no fuera por la capacidad de sugestionar al lector por sus
ilustraciones al óleo que nos rodean de perplejidad ante la creación en cada
página de un universo en el que completar de significado cada una de las reglas
propuestas (principalmente, aquellas cosas que “nunca” debes hacer). Para
conocer mejor las visiones del autor encontramos en la página de la editorial
muchas de las claves y referencias a estos universos (enlace) que
nos hablan de las experiencias del autor y recuerdos de infancia. Entre esos
recuerdos, los juegos junto a su hermano pese a que en su página web nos invita
a que no los veamos como hermanos, sino como amigos y compañeros.
El surrealismo y la imponente arquitectura de los espacios
que nos remiten a una celebración del universo de Lewis Carroll y su Alicia,
imponentes espacios que intimidan y liberan con cierto sentido del humor. El
lector está invitado a que construya en esos instantes los espacios vacíos
entre un texto lacónico y una imagen desbordante. El universo de Shaun Tan
siempre conduce a una conexión con la obra de Miyazaki y desde La cosa perdida
seguimos maravillados en sus creaciones absorbentes y que profundiza en esos
temas universales que apunta el autor sin olvidar otros estados emocionales
dentro de un universo que juega con la ambivalencia de la utopía y distopia. Un
álbum que exige un lector que encuentre el por qué a cada regla del verano y se
sumerja en el espacio de tiempo que anticipe e infiera las consecuencias de
cada una. Recuerdo este juego en el aula con el profesor Ramón Llorens a partir
de algunas imágenes del álbum y es un ejemplo de álbumes que desafían al
lector, le retan en la creación de una narrativa que, como pasaba en su clásico
El árbol rojo, nos deja al final un espacio de esperanza reconfortante:
el salón frente a la televisión y los dibujos que nos remiten a las
ilustraciones previas.
Desconocemos al narrador de la historia (¿será el más
pequeño?) y nos invita a que tomemos una posición (la del que aconseja o el que
recibe el consejo) o tal vez sean las dos voces (nos muestra elementos
recurrentes en varias páginas con el cuervo). Independientemente del camino que
se elija, Las reglas del verano de Shaun Tan es una puerta abierta para
el juego de la interpretación, el diálogo y el deleite visual de cada uno de los
detalles y narrativas visuales que operan en primer y segundo plano para
generar una sensación de perplejidad y asombro que son rasgos habituales de su
obra. Nunca dejes de fascinarte al pasar la página. O, al menos como diría
Pennac en su octavo derecho del lector, hojearla.
Después de la vuelta a la actividad seguimos con entradas
para evocar los días estivales que llegan a su fin. Una de las imágenes de un
verano es el chapuzón, los recuerdos de caminar por el borde de la piscina (con
los pies color membrillo y claras intenciones como el agua que cantaba Aramburu). La siguiente
reseña bien podría ser La ola de Suzy Lee (también coreana y sin
salirnos del catálogo de Barbara Fiore), pero dejaremos el elogio al límite
para otra ocasión. Colocados como espectadores ante el momento en el que el
bañista se encuentra con la piscina, el silencio y el foco como andamiaje
narrativo con el primer plano de su cara y la visión general en la siguiente en
una ruptura que proviene del ruido (en un libro silencioso) de la multitud
ataviada de flotadores y colchonetas para zambullirse en el agua. Y, como no,
recuerdo de esos momentos de pelea por coger el mejor sitio (ya sea en las
piscinas municipales o en primera línea de playa).
Del silencio del niño
circunspecto al sinsentido de la vista de la piscina abarrotada de gente que
apenas dejan a la vista el agua de la piscina. Otra característica que
comparten inicialmente La ola y La piscina es la minimalista
paleta de colores iniciales (solo distinguimos el azul del agua y predominan el
blanco y el negro del trazo), pese a que los mecanismos de narración visuales
son muy diferentes (cambios de foco y ruptura de la doble página como unidad
narrativa en otras).
Esta primera parte marca el inicio del conflicto, la tranquilidad
del protagonista frente a la algarabía del resto de bañistas, que finalmente se
sumerge para mostrarnos la puerta a un nuevo mundo. Curiosamente, Ji Hyeon Lee
en un álbum posterior como Door (2018) también establece esa
diferenciación entre la realidad y la fantasía (puertas que en los libros sin
palabras también nos conducen a otros universos como en los de Aaron Becker o
David Wiesner por citar dos ejemplos reconocidos) y la aparición de un nuevo
código visual: el color. Zambullida en la que encuentra una compañía (son como
los outsiders del bullicio) en la que descubrirán aquello que los demás son
incapaces de ver: corales, bancos de peces e, inclusive, encontrarse con la
majestuosa gran ballena blanca) con la que compartirá el viaje.
Una narración
tierna y silente que finaliza con la salida por el otro extremo de una piscina
cuyo tamaño no es indicativo de los mundos que esconden cuando nos sumergimos y
conectamos con memorias y recuerdos de infancia. Lugares suspendidos en el
tiempo y la mirada compartida por dos personas que han encontrado la
escapatoria a un mundo ruidoso y caótico. Pequeños refugios y deleites visuales
en una literatura que se lee mirando. Y como no, otros recuerdos con piscinas y chapuzones
literarios me recuerdan a El nadador de John Cheever (y su gran
traslación a la pantalla por Frank Perry en un clásico oscuro), pero
especialmente a David Hockney -ya sean A
bigger splash o Retrato
de un artista (piscina con dos figuras)-. Sea como sea, nadaremos.
La semana pasada cerramos con El presidente del mundo del
tándem Zullo-Albertine y retomamos la temática con otro dúo no menos prolífico
como las cabezas pensantes detrás de Planeta Tangerina (una de las editoriales
portuguesas que junto a Pato Lógico y Orfeu Negro siempre hay que prestar
atención y que en el último número de la Revista Peonza se dedica un especial a
Portugal). También, la debilidad por un autor/ilustrador como Bernardo
P. Carvalho con una propuesta en sus ilustraciones siempre colorista,
jugando con la forma y el estilo y que le ha hecho ganador de premios nacionales
(Premio Nacional de Ilustración en Portugal), por la labor editorial de Planeta
Tangerina en la Feria de Bolonia o sus ilustraciones en el libro informativo de
María Ana Peixe La fora (Ahí fuera, editado en España por GeoPlaneta).
Una ristra de títulos donde el sentido del humor también encuentra espacios
para la inclusión de aspectos críticos como en Un día en la playa,Praia
Mar y Trocoscópio, tres álbumes sin palabras. En este caso, la
propuesta del libro es el juego paródico a partir de la metaficcionalidad en el
formato y el juego con el límite de la doble página: el pliegue. Un juego que
conocemos en diferentes títulos y que exploró (también Trocoscópio)
junto al texto de Daniel Fehr con La pelota amarilla (Takatuka, 2018).
Unido a la temática, el sentido paródico se encuentra en la
comicidad del juego metaficcional y la acumulación de personajes en un lado de
la página que progresivamente aparecen ante el Sr. Guardia que ha recibido
estrictas órdenes del General Alcázar (todos los nombres aparecen en las
guardas del libro) montado en su caballo azulado (Relincha-Cohete) e imponiendo
que nadie puede pasar de página. A partir de ese momento, la acumulación de
personajes en cada paso de página nos llevará a la observación de cada uno de
ellos (aparecen astronautas, una caperucita, un extraterrestre que nos recuerda
a E.T., un fantasma, la propia autora del texto…) como si del camarote de los Hermanos
Marx se tratase. En La pelota amarilla también encontramos ese juego
ampliado con la diversidad de ilustraciones y una fiesta en la que Caperucita,
Hulk, Bob Esponja o Chewbacca aparecen.
Todos indignados, pero la ley es la ley. Ante
tal avalancha el Sr. Guardia se cuestiona si puede mantener esa imposición y,
finalmente, será la infancia la que desmonte todo ese tinglado y un bonito
juego en el que el colectivo acaba con una tiranía injustificada. Un álbum muy
recomendable y tremendamente divertido, no exento de su carga paródica hacia
los dictadores con sus ideas sobre cómo pasar a la historia mediante la opresión.
La voluntad de esta semana era recuperar una serie de
entradas sobre jardines en la Literatura Infantil, pero la coincidencia con el 1
de mayo me ha decantado por empezar la semana por otros derroteros. Aunque, en
un sentido figurado, Armin Greder (1942) es un autor que traspasa jardines
ficcionales desde obras de gran riqueza pictórica (se le asocia con Goya, Honoré
Daumier o Käthe Kollwitz en la página de la editorial, también conecta en La
Isla con Munch y su visión de las sociedades occidentales es salvaje y
descarnada como si te enfrentases a un cuadro de Francis Bacon) y con el uso
del blanco y negro como recurso expresivo principal. En la editorial italiana
Orecchio Acervo es donde ha conseguido publicar sus diferentes trabajos (en
lengua inglesa, en la australiana Allen and Unwin) y con ediciones limitadas
abordando aspectos que desmontan el discurso más infantilizado en el circuito de
la LIJ. Libros siempre incómodos que nos ponen en el espejo como sociedades
occidentales y las fachadas que representamos. Con The Mediterranean o en La ciudad ya repasamos algunos de estos aspectos, pero son muy atractivos sus
libros que parten de otra tipología clásica en la LIJ: los alfabetos o ABC
books. Sin profundizar en más aspectos históricos sobre estos libros, y más
allá de su vertiente en la alfabetización de los salmos o desde ámbitos
pedagógicos, también se encuentran ejemplos ideológicos desde el lado contrario
con los ideales republicanos como en Alphabet républicain orné de gravures
(1793) de Jean-Baptiste Chemin Dupontes (Litaudon, 2018) o en el mismo año el Catéchisme Moral et Républicain y que también tiene
ejemplos en otras corrientes políticas como el comunismo y otros ejemplos de
activismo en los años treinta (Mickenberg, Zipes y Nel, 2008).
Armin Greder creó tres alfabetos con su particular visión
sobre la cultura e historia de dos países como Italia y Australia y, este
último, sobre el trabajo: Work. Il Lavoro dalla A alla Z. Un libro que
además respeta en su continente las ideas del contenido, portada de cartón para
microondas y contraportada con un código de barras impreso y una cita de Paul
Goodman, otro autor con una visión crítica de lo que suponía crecer en las
sociedades occidentales como en su libro Growing up absurd de 1956. No
es la cita de la contraportada, pero también explica con claridad el contenido
de este álbum: “It is hard to grow up in a society in which one’s important
problems are treated as nonexistent. It is impossible to belong to it, it is
hard to fight to change it” (p.35). Además, con principios éticos en su
elaboración a mano, en Italia, y en papel ecológico.
En la relación entre las ilustraciones y el texto, Armin
Greder deja un espacio abierto para la construcción del significado con su
visión desde el Astronauta (visión en primera persona desde el espacio exterior
de Italia) para que observemos algunas de las construcciones sociales a las que
asocia un trabajo y creando pequeñas disyuntivas para reflejar la realidad:
vemos al futbolista (Calciatore) repleto de tatuajes y preocupado por su
peinado frente al espejo, la figura del dictador como una estatua caída y
fracturada en el suelo, al investigador revolviendo en la basura y otros trabajos
que forman parte de nuestras sociedades y que acostumbramos a soterrar ante
nuestras miradas: sicarios, limpiacristales, hackers, narcotraficantes, mendigos
o traficantes de armas (una figura que Armin Greder aborda en otros títulos).
Encontramos una riqueza en su visión que supone una herramienta ficcional para
desmontar discursos infantilizados y pensar un poco sobre nuestras vergüenzas y
egos. Si en el inicio se hablaba del uso de una perspectiva en primera persona externa
con ese Astronauta que observa un país desde el espacio, también hay ejemplos que
nos interpelan desde personajes que fijan su mirada en nosotros como es el caso
de la mendiga: una madre que nos tiende la mano pidiendo limosna mientras carga
a su hijo (del que no vemos la mirada, simplemente transmite un aspecto
famélico).
El trabajo, una realidad que nos preocupa desde que encadenamos
crisis tras crisis y un ciclo de inestabilidad, realidades que refleja con una carga
simbólica que contiene ironía y sátira (como el político, el burócrata o la
xerografista, una alusión al comercio de nuestra imagen), pero que esconde las
carencias de un mundo en el que no todos tienen la posibilidad de trabajar o
son expulsados. Algo similar sucede con este tipo de proyectos emprendidos por
Armin Greder que parece que solo tienen cabida desde una voluntad editorial y
una creencia en el arte frente a la oferta en formato álbum que evita el discurso
subversivo. Y, precisamente, esa es una característica que hemos censurado. Por
suerte, para este verano habrá otro nuevo título “The inheritance/ L’eredità”
que esperamos con expectación y, mientras, aguantaremos reseñando otras de sus
fabulosas obras.
Encuadernación
y formato:
25,5 x 17,5 cm. Tapa dura
Idioma: castellano
Reseña:
Jacques Prévert (1900-1977) dejó en su obra narraciones para
el público infantil que se mantienen como una lectura deliciosa, en la que
paladear en sus palabras el sentido del humor irreverente y surrealista de sus
textos. Textos que en la última década se reeditaron como los Cuentos para
niños no tan buenos (2011) en Libros del zorro rojo y, el mismo año, con la
joya ilustrada por Mordicai Gerstein en Para hacer el retrato de un pájaro
publicado por Faktoría K de Libros. En ese proceso de rescate, este
divertidísimo libro ilustrado por André François que ya pasó por este espacio
de reseñas con el rescate de Roland
por Niño Editor.
Unión entre dos grandes nombres que desde la editorial se
propusieron rescatar el formato original de 1952 en esta nueva edición. Cuando
observas la cubierta con ese formato de carta postal rápidamente piensas en el
formato del libro de François de 1961, Lágrimas de cocodrilo. El texto
de Prévert es un cuento que refleja con gran sentido del humor diferentes
aspectos históricos y socioculturales en el que se parodia al poder, los colonizadores,
el ritmo de vida de las sociedades consumistas, el trabajo, la codicia en
contraposición a la alegría de vivir sin aferrarse a la materialidad, a la importancia
de la comunidad y un canto a la despreocupación que, curiosamente, es imposible
vivir en las ataduras de nuestra realidad.
Este lugar en el que las preocupaciones se dejan de lado se
encuentra en la pequeña Isla de Baladar, cercana a la costa, y despreciada por
los navegantes. Otro aspecto es el inicio que remite a las leyendas marinas
sobre islas encantadas que aparecen y desaparecen sin que nadie sea capaz de
encontrarlas ni cartografiarlas en un mapa. Me trae recuerdos a la leyenda de
la Isla de San Borondón (una isla errante que aparece y desaparece) y en el que
guiados por su barrendero (un mono azul) conocemos las desternillantes
costumbres acerca de la pesca, caza y flora de un entorno paradisiaco y virgen,
en paz. Como no podía ser de otra manera, alguien descubre que en las islas
Baladar se esconde una gran fortuna que los habitantes, que ya lo tienen todo,
no reparan: oro.
A partir de ese momento, comenzará una historia de irrupción
de codiciosos mandamases que querrán colonizar y explotar todos esos recursos
vírgenes, engañar a su población para su extracción y lucrarse en el Gran
Continente. Así, nuestro personaje principal Cuatromanos Alaobra se enfrenta a
un dilema frente a la gente de la población de Mata-Mata-Pavo-Pavo, una gente en
la que reconoceremos el espíritu de las sociedades capitalistas, cuando le
nombran como representante y alto cargo en la intermediación con los nativos de
las islas. Males de la colonización a lo largo de la historia que Prévert con
la ironía de su texto emplea para caricaturizar la codicia del poder y la
opresión como moneda de cambio. La resolución no puede ser menos divertida y
rocambolesca. Y, precisamente por ese último adjetivo, la más lógica decisión
que se debería tomar.
Un texto plagado de musicalidad, pequeñas canciones que se cuelan
como música y perfume rítmico de una vida sin problemas, apacible y básicamente,
respetuosa con su entorno. Seguramente nos costará regresar a las islas Baladar
dado el nivel con el que sube el agua cada año y, de paso, nos sirve como
metáfora para recordarnos la manera en la que vivimos. Prévert y François nos
llevan a la tierra prometida en la literatura infantil, aquella que desmonta
ficcionalmente la moral económica y consumista de nuestro tiempo.
Encuadernación
y formato:
24,5 x 30,5 cm. Tapa dura
Idioma: castellano
Reseña:
En el reino del revés, el libro-álbum es una expresión
artística que se abraza en la mayoría de los hogares y las aulas como objeto
literario para prestigiar el papel activo del lector. ¿Verdad? Volvamos a la realidad de este espacio:
compartir lecturas, también visuales. Georg Barber, ATAK, ha plasmado en sus
diferentes títulos su peculiar mundo pictórico con títulos editados en
castellano como El jardín en Niño Editor o la ilustración del texto de
Mark Twain El forastero misterioso en Libros del Zorro Rojo, aunque la
mayoría de sus obras están publicadas en otros idiomas como su revisión del clásico
de Hoffmann Pedro melenas (Der Struwwelpeter). Libros que gozan
de la belleza del tratamiento de la imagen del autor con una estética que le
conecta con otros autores de la editorial Fulgencio Pimentel como Manuel
Marsol.
En Mundo Loco se inspira, según esta entrevista al
autor, en las estampas o láminas que siguen la extensión de las imageries
d’Épinal, que en España influenciaron a los aleluyas y en Alemania conocidos
como “bilderbogen”. Historias que también se señalan en muchos estudios como
el punto de partida del cómic y que inspiraron en el proceso creativo al autor
(en la misma entrevista se pueden ver imágenes de los bocetos previos). En la
cuidada edición de la editorial Fulgencio Pimentel e hijos, encontramos la
coherencia de ese mundo en el que reconocemos los elementos y en el que su
valor cambia al otro lado de la igualdad. La otra vida en el espejo: el guarda
del zoo enjaulado con su perrito caliente y el león fuera vigilante. El segundo
elemento de la portada es el ratón con una apariencia de Mickey Mouse que será
el elemento constante en este viaje por un mundo en contraposición que se le
añade en el prólogo la letra de la canción popular Vamos a contar mentiras.
La palabra como juego y, en este caso, la imagen es la que marca esa narración
visual de mentiras que desmontan la lógica de lo que conocemos.
La portadilla también nos muestra una imagen que cambia según
giramos el libro (una niña con sonrosados mofletes o un señor barbudo y calvo)
en el que nos adentramos en un collage de referencias y elementos del interés
de la infancia: desde el cambio de animales de hábitat y, principalmente, el
cambio de valor de los personajes: desde el ratón persiguiendo a los gatos, el
cazador como presa, los animales del circo domando a sus domadores, el jinete
montado,… hasta los elementos: que los bomberos apeguen el agua con fuego (con
un bombero gritando que recuerda al mítico cartel de Rodchenko).
Elementos que contienen también una carga satírica en
ilustraciones dedicadas a los elementos socioculturales o, por ejemplo, la
representación de iconos de la infancia: de los cuentos tradicionales
(Caperucita, los tres cerditos,…), del cómic (Mafalda, Tintín, Robin,…) y de los
personajes del imaginario televisivo (Los Simpsons, Pingu, Popeye, Kenny de
South Park, Darth Vader,…). Un conjunto de elementos y páginas dedicadas a la
alteración de todos los elementos que se señalan del interés de la infancia en
las primeras edades, pero que como adultos disfrutamos de la activación de
nuestro intertexto lector al ser una narración silente y desternillante.
Por suerte, también quedan elementos más subversivos en el
libro (algo habitual en otros títulos de su obra) y, por desgracia, otros
quedaron excluidos por el editor al considerarlos inadecuados. De hecho, en la
entrada en el portal Amazon vemos reseñas contrariadas por el uso de las
imágenes en este juego de opuestos considerándolas como “macabras” o alertando
a las familias del posible contenido para niños pequeños (enlace).
En los libros sin texto, una de las partes fundamentales es abrir una puerta al
diálogo, donde las imágenes proponen un juego de preguntas y respuestas y, en
este caso, pensar en la mente del niño desde una perspectiva adulta y racional
contradice la naturaleza simbólica de su pensamiento. Finalmente, cae la noche
y es el momento de volver al otro lado. Tú decides si como cisne
o elefante.
La infancia salvaje encarnada por una protagonista femenina
en este clásico de Libros del zorro rojo sirve de entrada a esta nueva semana
de reseñas y que encuentra una conexión con el día de su publicación: el 8 de
marzo. A partir de un juego que nos conduce a la historia de Hugo el niño de
Aveyron que fue acogido en 1799 por el Profesor Itard que ha inspirado a autores
de clásicos literarios como El libro de la selva de Kipling o
directamente a la versión cinematográfica de Truffaut. Un espacio, el de la
gran pantalla, que también tenía ganas de conectar con la figura de la autora hawaiana
Emily Hughes.
En este álbum encontramos la representación en las
ilustraciones detallistas que Emily Hughes transfiere a sus trabajos, con gran
detallismo a todos los elementos que representan los escenarios de la acción y
con el trazo amable de sus personajes de grandes ojos que les dota de una gran
expresividad. Una narración con un texto que complementa perfectamente a las
ilustraciones dejando espacio a la interpretación del lector y que también
proponen descolocarle con diferentes disyuntivas con la imagen que añaden una
dosis de comicidad añadida e ironía. Esta se centra en el inicio de su
narrativa en la descripción de la educación de una niña perdida en la
naturaleza, que aprende junto a los animales a comportarse según las reglas de
la naturaleza. Un entorno en el que es feliz y se siente comprendida.
El descubrimiento de su vida en la naturaleza por una pareja
que cazadores que se sorprenden de la aparición de una niña sola en medio de la
naturaleza origina el conflicto de esta narración que nos muestra con gran
sentido del humor ese proceso de reeducación (con alusiones paratextuales a la
figura del profesor Itard, como en el periódico y la aparición en el salón de
la obra de Kipling) en el que la pequeña protagonista muestra su disconformidad
con las conductas que los adultos pretenden que representen la infancia. Una
bonita metáfora sobre el papel del adulto en la comprensión de la infancia desde
una perspectiva hegemónica en la que la infancia no tiene voz ni voto. Solo hay
una verdad: la del adulto.
En estas ilustraciones observamos las diferencias expresivas
en nuestra protagonista a la que no le han dado nombre en la narración: cabizbaja,
avergonzada por no ser capaz de seguir las indicaciones del profesor y las normas
prosociales. Al lector se le propone que entienda a la protagonista que se
comporta según la única experiencia que ha vivido y con situaciones en las que
usualmente se les corrige con mensajes de los adultos de cómo comportarse: come
bien, habla bien, juega bien y que desde la perspectiva de la protagonista se
suceden de manera inversa. Esa incomprensión e incomunicación entre dos visiones
del mundo colisionan y encuentran un final que se refleja la capacidad de la
protagonista por recuperar su voz propia y perseguir la felicidad tal y como la
entiende: salvaje. Un álbum que resulta divertido al lector infantil y que
sirve para descolocar al lector adulto prestigiando la voz de la infancia
frente a las imposiciones que el adulto pretende canalizar a través de ella.
Entre los animales y escenarios que encontramos en este
álbum también reconocemos a protagonistas posteriores en su obra como en el álbum
Osos con texto de Sean Taylor y una tendencia al reflejo de personajes
dentro de entornos repletos de naturaleza. La conexión cinematográfica a la que
hacía alusión al inicio de la reseña es el trabajo de Emily Hughes en el
desarrollo del storyboard de una película que disfruté en las vacaciones
navideñas dirigida por Ross Stewart y Tom Moore, un creador que se ha
consolidado en esta década como uno de los valores más reconocibles por el
desarrollo de una serie de largometrajes, especialmente su segunda obra Song
of the sea (2014), inspiradas en Studio Ghibli por el uso de leyendas y
mitologías que en este caso nos transportan al imaginario irlandés y, adicionalmente,
por el empleo de personajes femeninos que alteran la visión tradicional de Disney.
Un paseo por el lado salvaje repleto de arboledas y un personaje criado entre
lobos que nos recuerda a la protagonista de Salvaje.
Y, finalizando, recordando a Espanto y la aparición de un
fragmento de una de sus canciones (El espíritu del bosque) en la descripción
de Yokai de Carmen Chica y Manuel Marsol en la web de la editorial
Fulgencio Pimentel, creo que esta canción también sirve de perfecto colofón a
la reseña con el fragmento final de su letra:
Yo
quería ser salvaje en mi bosque,
Y
no llevar nunca zapatos,
Tocar
el tambor por las noches, sin respetar los horarios.
Y
quería ser salvaje,
Me
conformaría con un taparrabos,
Pero
la vida me ató a una corbata y a un puesto en la administración.
Encuadernación
y formato:
21,5 x 28 cm. Tapa dura.
Idioma: castellano.
Reseña:
Siempre es problemático el análisis de los clásicos de la
literatura infantil, como en este caso la figura de Maurice Sendak. ¿Qué
aportar a estas alturas sobre uno de sus títulos? Probablemente, solo respeto y
admiración por sus libros. En este caso, inicia una serie de entradas estas
semanas que no se alejan de la temática escogida en este inicio de año en el
blog, como es la musicalidad, la tradición oral y el ritmo en la literatura
infantil. Maurice Sendak no está alejado de este universo, pese a que su figura
ha suscitado análisis desde diferentes perspectivas dentro de la multimodalidad
en el análisis del libro ilustrado y la unión entre ilustración, texto y
formato.
En esa línea, Nodelman (2013) se detenía en esta trilogía (junto
a Donde viven los monstruos yAl otro lado) señalando su figura
como un “músico visual”. Y no me extraña esta consideración observando algunas
de las entrevistas que se pueden rescatar por la red, como en esta al recibir
la medalla Caldecott (que también recibiría por este In the night kitchen),
donde siempre vemos un tocadiscos:
Así, en diferentes entrevistas también entendemos su manera
de aproximarse al arte desde el sentido de la composición y de la variación de
elementos como en una obra clásica (o también una estrategia de las vanguardias
como Terry Riley o Steve Reich). Reconocemos a su personaje principal, su
estilo y la capacidad para manipular el arte secuencial con diferentes
recursos. En La cocina de noche, encontramos recursos del cómic (e
incluso en el portal Absysnet de la red de lectura valenciana se puede
encontrar categorizado este álbum como “cómic americano”) por el uso de viñetas
o bocadillos.
En sus libros hay baile, jolgorio y felicidad (desde la subversión
del ideal adulto de la infancia), además de elementos que han centrado el
análisis de muchos investigadores incluso por los símbolos a partir de la
desnudez de su personaje y la incursión en la gigante botella de leche para
realizar el pastel (junto a esos entrañables homenajes a Laurel & Hardy)
como señala Beckett (2013) en el que incluso se señala como alegoría a la
masturbación y los problemas de la desnudez en los libros infantiles o la
sexualidad, aspecto que también explora Vaughan (2017). Algo que no está muy alejado de la política en redes sociales y la moral proteccionista con el tipo de imágenes que se publican (recuerdo que mi primer blog me lo cerraron en 2008 por emplear la portada del disco de Lambchop, OH, que era una ilustración).
De hecho, esto provocó que su libro fuera censurado en los Estados
Unidos o se suprimiera la desnudez de su personaje. Algo que sigue presente en Al
otro lado y que también fue calificado como perturbador y que Salisbury
(2015) recupera que se inspiró en el rapto del bebé del aviador Charles
Lindbergh en 1932. Si nos ponemos a especular, sin fundamento alguno (ya
puestos), los ruidos en la pared que le despiertan podrían ser por pillar a sus
padres con “las manos en la masa”. En definitiva, elementos que en la
obra de Sendak siempre nos activa la imaginación como lectores.
Hasta ahora, tenemos aspectos del análisis sobre el
contenido simbólico que tampoco se ha quedado exento de su aproximación desde
el psicoanálisis al introducirse la narrativa dentro del sueño (Adams &
Rabkin, 2006) o temas sociales sobre el abuso con los que también encuentran
relación con En el vertedero con Juan y Pedro (Sipe, 1996; McDaniel,
2001), reeditado por Kalandraka y originalmente publicado en 1993. En la
entrevista también señala su amor por Goya y Gotlieb (2008) señala partes de
los bocetos iniciales y la conexión de ser devorado cuando Miguel cae en el
pastel con la pintura de Caravaggio con El sacrificio de Isaac y, en
otras ocasiones, el bigote de los cocineros se señala como referencias al
Holocausto o la estrella de David en el bote de sal (con su contorno amarillo).
Como observaréis, es muy difícil aproximarse a una figura
tan estudiada como la de Maurice Sendak de una manera superficial. El propósito
era centrarme más en los aspectos sonoros y rítmicos de sus textos rimados y
que, por suerte, Kalandraka ha reeditado con Chancho-Pancho y los
preciosos pequeños libros de Sopa de pollo con arroz (libro de los
meses), Lluvia de cocodrilos (un alfabeto), El uno era Juan (libro
de los números) y Miguel, un cuento muy moral en cinco capítulos y un
prólogo que le conectan con sus libros con Ruth Krauss (especialmente con Un
hoyo es para escarbar del que Mercer Mayer tomaría buena nota también en
sus libros). Para otra entrada dejaremos las menciones a otros libros que
ilustró como Moon Jumpers o El Sr. Conejo y el regalo perfecto. Al
final de la entrada seguiremos con algunos de estos títulos y el aspecto
musical de sus libros.
Lluvia de cocodrilos. Kalandraka
También, señalaba en diferentes entrevistas su interés por
el blues (otro género basado en la repetición y el mantra para señalar la
dureza de la rutina, algo que nos conecta también con las nanas) y las nursery
rhymes como pasa con En el vertedero con Juan y Pedro o Hector
protector y Cuando yo iba por el mar (sin reeditar desde que Alfaguara lo
publicase en 1987).
Así, el motivo por el que este título se rescata en esta
entrada es por su texto rimado y la gozosa lectura que promueve, repleta de
sentido del humor y surrealismo. Otro aspecto que es crucial en este álbum es
la tarea de un traductor para mantener ese sentido rítmico. Ahora solo falta el
ritmo que se pone mediante la repetición de los cocineros y Miguel cuando se
encuentran en La cocina de noche, con sus canciones mientras cocinan o cuando Miguel
trabaja la masa del pastel o sale de ella. Momentos en los que el ritmo se hace
evidente y la musicalidad es un gesto instintivo por su estructura (y evidente cuando se aclara en el texto: - "Y canta"- "¡Qué bonito flotar entre la leche blanca!/ ¡Viva la leche blanca, y viva yo también!"). Embudos como megáfono y cucharones convertidos en instrumentos de cuerda (yo pienso en un banjo) de los cocineros que recuerdan a las páginas sin texto de Donde viven los monstruos cuando están gritando a la luna en una suerte de danza tribal y en Al otro lado un instrumento de viento (un cuerno mágico).
Aderezados
con unas ilustraciones que muestran ese ambiente rocambolesco en la cuidada
recreación de una ciudad en la que los utensilios de cocina, ingredientes, envases
y su respectiva publicidad que nos envuelven en un mundo cinematográfico (como
decíamos, por la secuenciación de la acción con el recurso de las viñetas, dejando
la doble página para mostrarnos panorámicas con el alejamiento del foco en el
vuelo de Miguel hasta la boca de la botella de leche).
En La cocina de noche de Maurice Sendak es una
maravilla: por sus ilustraciones, su ritmo y la desbordante imaginación puesta
al servicio de la infancia que nunca nos deja indiferentes. Y, esas
características, son las que diferencian a los grandes libros del resto.
Para finalizar, como apunté previamente, el recuerdo al
Letrero secreto de Rosie y los diferentes pequeños libros de Sendak que fueron
interpretados en modo de musical por la voz de Carole King y animados (para
otra ocasión dejaremos lo de Spike Jonze). Disfrutad de Sendak.
Y otra debilidad, escuchar la voz de James Gandolfini (que
también puso voz a uno de los monstruos de la película de Spike Jonze),
narrando este clásico (y, como no, dándole ritmo a través de sus rimas en la
cocina):
Adams, R. V. L., & Rabkin, E. S. (2007). Psyche and
society in Sendak’s in the night kitchen. Children’s Literature in Education,
38(4), 233–241. https://doi.org/10.1007/s10583-006-9034-0
Beckett, S. L. (2013). Crossover picturebooks. A genre
for all ages. Routledge.
Gottlieb, R. M. (2008). Maurice sendak’s trilogy:
Disappointment, fury, and their transformation through art. Psychoanalytic
Study of the Child, 63(2008), 186–217.
https://doi.org/10.1080/00797308.2008.11800804
Lampert, J., & Walsh, K. (2010). “Keep telling until
someone listens”: Understanding prevention concepts in children’s picture books
dealing with child sexual abuse. Children’s Literature in Education, 41(2),
146–167. https://doi.org/10.1007/s10583-010-9104-1
Mcdaniel, C. (2001). Cynthia McDaniel Children ’ s
Literature as Prevention of Child Sexual Abuse. 32(3), 203–224.
Nodelman, P. (2013). ‘Clever Enough to Do Variations’:
Sendak as Visual Musician. International Research in Children's
Literature, 6(1), 1-14.
Salisbury, M. (2015). 100 joyas de la literatura infantil
ilustrada. Blume
Sipe, L. R. (1996). The private and public worlds of we are
all in the dumps with Jack and Guy. Children’s Literature in Education, 27(2),
87–108. https://doi.org/10.1007/BF02355691
Vaughan, S. C. (2017). In the Night Kitchen: What Are the
Ingredients of Infantile Sexuality? Psychoanalytic Dialogues, 27(3),
344–348. https://doi.org/10.1080/10481885.2017.1308213