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lunes, 22 de noviembre de 2021

Entradas en azul. Quint Buchholz. Duerme bien, pequeño oso. Lóguez

 

Título: Duerme bien, pequeño oso

Autor e ilustrador: Quint Buchholz

Traducción: L. Rodríguez López

Editorial: Lóguez

Año: 1998 (1ª ed.). Orig. 1993

Páginas: 40

Encuadernación y formato: 22 x 27,7 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

Debo confesar que siento una especial predilección por Jörg Müller, Anthony Browne, Alfonso Ruano, Javier Sáez Castán, Chris van Allsburg y los autores que evocan a la pintura de René Magritte (entre otros). El alemán Quint Buccholz es un claro ejemplo de esa fascinación con obras como El coleccionista de momentos o Todo tiene su tiempo (última referencia publicada del autor en Lóguez) y, en este álbum para invitarnos al sueño nos adentramos en un universo íntimo en el que describir una serie de rituales para iniciar el sueño (el cuento, la oración, la canción de cuna, los cinco besitos) reflejando toda una serie de pequeños gestos para combatir el miedo a la oscuridad.

Pero, esa noche, el oso no está cansado y hace de vigía desde la ventana de un universo en el que se refleja lo cercano y lo posible, el anhelo por el mañana y todo con un texto dulce de Buchholz en el que seguimos enumerando espacios que bajo la luz de la luna tienen un aspecto melancólico y se envuelven en sus descripciones de un realismo mágico (la aparición de la música), pequeños anhelos y preciosas estampas como el beso a la luna en la ventana. La humanización del pensamiento del oso y la aparición de un niño jugando con una carreta avisan al lector sobre la posible causa del insomnio del oso, falta algo imprescindible para que un oso concilie dulces sueños: ¿verdad?


Si en Buenas noches, luna teníamos una mirada al interior de la habitación con Duerme bien, pequeño oso tenemos una mirada fascinante al exterior con un texto que sirve para espantar todos los miedos y crear un ritual del sueño: fuera todo está en calma, todo está en su sitio y, cada ilustración con su texto en sí ya supone un fragmento onírico de una gran belleza. El detallismo de sus ilustraciones, la creación de reflejos con la ventana del oso, la luz, las atmósferas, el desenfoque del fondo para resaltar la claridad del oso en su caja, los detalles (como Winnie the Poh en un dibujo en la pared o la autorreferencia al faro en El coleccionista de momentos) con las pequeñas historias del espantapájaros, los músicos de la luna o el mensaje que ocultará la carta que flota en el globo (con la que, además, juegan las guardas del álbum). Cada página es una delicia. Un álbum imprescindible y reeditado en diferentes ediciones por Lóguez (en la entrada figura la portada de la 3ª edición de 2011) y, espero, que no deje de editarse.

Portada 2ª edición. 2002


 

Fran Martínez

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viernes, 8 de octubre de 2021

Entradas en azul. Sepideh Sarihi y Julie Völk. No sin mis cosas preferidas. Lóguez

 

Título: No sin mis cosas favoritas

Autora: Sepideh Sarihi

Ilustradora: Julie Völk

Traducción: L. Rodríguez López

Editorial: Lóguez

Año: 2020

Páginas: 32

Encuadernación y formato: 21,6 x 28,1 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

Este verano hemos visto imágenes impactantes de llegadas de refugiados, especialmente con las narraciones en las noticias sobre la llegada de la población de Afganistán en la huida del régimen talibán. Todo eso con muchas más aristas que, honestamente, desde un blog centrado en reseñas de literatura no tiene el ánimo de abordar. Es un ejemplo que sirve para enmarcar la temática que nos trae a esta obra y podemos extender en, por desgracia, más imágenes: como las familias escapando con sus pertenencias de la erupción de un volcán Cumbre Vieja. Donde no hemos visto maletas fue en la llegada de menores a las costas de Melilla y, mucho menos, en la repatriación con nocturnidad. En este contexto, me gustaría rescatar la propuesta en Lampedusa de la IBBY (International Board on Books for Young people) con la creación de una biblioteca para la población en los campamentos en la isla italiana en la que crear propuestas a través de la lectura.

Volviendo a esa pequeña maleta (podemos recordar La maleta de Chris Naylor Ballesteros) en la que marchar de todo aquello que configuraba el mundo, especialmente, de la infancia: la escuela, los amigos, los vecinos, la mascota, los sonidos y tantos otros elementos que sensorialmente nos llevan al lugar en el que crecimos. También es la historia que nos quiere contar Sepideh Sarihi (de procedencia iraní) y la marcha junto a sus padres a otro país. En el libro no se incide en la problemática adulta, sino en la visión que la infancia tiene del proceso en esta pequeña historia con tintes biográficos y que se alzó con el Premio de la Feria de Bolonia en 2020.

La narración en primera persona se acompaña de la suavidad de las ilustraciones de Julie Völk, detallistas y con elementos que reflejan pequeños tintes de fantasía (low-fantasy, si queremos remitirnos al cine) insertos en los escenarios cotidianos en los que se despliega la narrativa. El blanco predomina para que los pequeños detalles a color destaquen como signos de vida. En la niña; el sonrojo de los mofletes, el gancho en el pelo, las rayas del jersey o su maleta. También, como código para identificar todas las cosas que anhelará. Tiene que tomar una decisión: lo único que se puede llevar, tiene que caber en la pequeña maleta. La recapitulación de cosas preferidas nos muestra todos aquellos espacios que sirve para construir la visión del mundo de la infancia, ajeno a las ideas magnánimas de países, fronteras, religiones y dogmas ideológicos que sirven como pegamento de cohesión desde el miedo.

Finalmente, con el descubrimiento de cómo llevarse todas aquellas cosas preferidas y la melancolía ante su marcha, también nos revela que en ese nuevo contexto también aparecen colores en nuevos personajes y, con el mar, como elemento conector entre ambos. También la mirada a un nubarrón en el fondo y la promesa de reencontrarse, en algún momento, con todo aquello. Mientras eso pasa, un nuevo árbol con frutos rojos, el puesto de los helados, un niño con una cometa, la mujer que pasea su perro,…nuevos colores y no olvidar el lugar de partida. Los recuerdos como ecos expansivos en la corriente de una vida en la que siempre iremos dejando cosas atrás, pero que nos definen.


Volviendo a una de las entradas del mes pasado, también se reseñó el álbum Vecinos de Kasya Denisevich que se alzó con el Opera Prima de la Feria de Bolonia. Ambos álbumes comparten la narración en primera persona, una paleta minimalista en la que el color se emplea para realzar la voz narrativa, personajes femeninos que reflexionan con una mirada que refleja a la infancia y no la infantiliza. Podrían incluso conectarse en su narración: No sin mis cosas preferidas como la partida y, Vecinos, la llegada y dudas ante un nuevo entorno. Curiosamente, el jersey amarillo de la protagonista de Sarihi y Völk podría conectarse con el desenlace de Denysevich. 

 

 

 

Fran Martínez

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lunes, 7 de junio de 2021

Entradas en azul. Heinz Janisch y Aljoscha Blau. Mejillas rojas. Lóguez

 

Título: Mejillas rojas

Autor: Heinz Janisch

Ilustrador: Aljoscha Blau

Traducción: Eduardo Martínez

Editorial: Lóguez

Colección: Rosa y Manzana

Año: 2006

Páginas: 32

Encuadernación y formato: 24,5 x 26,8 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

El autor austriaco Heinz Janisch (1960 y candidato por su país para los Premios Andersen en 2022) y cuenta con una larga publicación de títulos en la editorial Lóguez, del que reseñamos recientemente La batalla de Karlavach y cuenta con títulos clásicos como ¡Zas!¡Pum! ilustrado por Helga Bansch, el divertidísimo El rey y el mar junto a Wolf Erlbruch o la parodia de La gran carrera junto a Gerhard Harderer. Un sentido del humor con tintes surrealistas también impregna a sus relatos y, otra joya como Sencillamente tú fue ilustrado por Jutta Bauer, de quien es imposible no citar un título como El ángel del abuelo en esta ocasión y cuyo título reseñó Sandra Martínez este verano en el blog.

Con Aljoscha Blau cuenta con más títulos publicados (como el divertido y disparatado El pañuelo de mi abuela con un juego propio de la tradición oral en el que se encadenan elementos sorprendentes en el pañuelo de la abuela) y con Mejillas rojas ganaron el Premio de la Feria de Bolonia en 2006. Ambos álbumes con el ilustrador Aljoscha Blau en el que el surrealismo impregna la narración y que, de alguna manera, alcanza conexiones como el realismo mágico en el cine y me recuerda a una película como The taste of tea (2004) de Katsuhito Ishii, una comedia absurda y con elementos fantásticos para amantes del cine oriental (aunque por género y reflejo de la memoria también la archiconocida Olvídate de mí de Michel Gondry nos serviría).

El libro nos remite a la voz del niño recordando todas aquellas peripecias que le contaba su abuelo: “De pequeño mi abuelo tuvo una vida muy agitada. Por lo menos, él así lo cuenta”. A medida que crecemos tenemos una relación diferente con nuestros mayores. En la infancia, absorbidos por todas esas historias de vida y narraciones de cuentos. En la pubertad y adolescencia, intentamos diferenciarnos de todo lo que tenga que ver con nuestras familias y establecer nuestros grupos de amistades y pertenencia generacional. Esto, parece un recordatorio de las etapas y estadios archiconocidos de Piaget, pero tan solo un recordatorio sobre cómo (des)conectamos con la memoria de las anteriores generaciones. En esa etapa de pubertad y adolescencia, las anécdotas de nuestros mayores siempre acaban en el cajón de las “batallitas”.


En Mejillas rojas, cada anécdota representada supone una sorpresa para el lector, jugando con el extrañamiento, la ironía y el absurdo consigue el reflejo de un lugar poético y simbólico. Una cualidad de este autor que, como mencionamos anteriormente, nos regaló la joya El rey y el mar. El lugar donde almacenaba el agua, la persecución hasta el último rincón de una abeja, el funcionamiento del ombligo o las consecuencias de golpear una nube con un balón. Momentos en el que el nieto (voz del relato) también cuestiona la veracidad de estas, pero que si lo dice su abuelo será verdad. Es decir, el nieto no rompe el pacto de la fantasía que nosotros tampoco haremos con la lectura. Cada anécdota bien vale pensar en ella como una verdad. También le cuenta cosas sobre la escuela, la guerra y sus aventuras. Como lectores, podríamos anticipar que el tono surrealista pasará al realismo crítico con estos aspectos. Por suerte, nos quedamos en el simbolismo literario.


Una de las anécdotas, la reflejada en la ilustración de la cubierta, me parece deliciosa: encontrarse unas alas para dar una vuelta y, dejarlas en su sitio. ¿Cuántas veces hemos pensado de pequeños en cómo sería tener alas? Siempre, sus mejillas rojas se reflejan (aquello que nos decían de pequeños: cuando mientes, te pones rojo) y observamos cómo avanza en el tiempo y el niño, se convierte progresivamente en adulto (divertidísima la anécdota sobre la guerra y el lugar sobre el que cayó con su paracaídas, con un simbolismo muy Magritte, como en la vuelta al mundo). Los textos y las ilustraciones conectan en un reflejo divertido e íntimo de la narración, un disfrute en el que detenerse en los detalles y dejar volar nuestra imaginación. Finalmente, la edad hará que cada vez se haga más transparente, pero al igual que al protagonista, encontraremos un final abierto en el que quizás también se nos pongan las mejillas rojas. En la dedicatoria final de Aljoscha Blau leemos: Para todos los que participan en la resistencia contra la “realidad”. Fantástico consejo para todas aquellas personas que disfrutamos de la LIJ. Una delicia.

Y, como diría Tom Waits: Te contaré todos mis secretos, pero te mentiré sobre mi pasado. (en Tango till they're sore del gran Rain dogs)

 

Fran Martínez

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miércoles, 2 de junio de 2021

Entradas en azul. Roberto Innocenti. Rosa Blanca. Lóguez

 

Título: Rosa Blanca

Texto: Christophe Gallaz y Roberto Innocenti

Ilustrador: Roberto Innocenti

Traducción: Maribel G. Martínez

Editorial: Lóguez

Año: 1987. Original: 1985

Páginas: 32

Encuadernación y formato: 22 x 28 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano (Lóguez)/ catalán (Kalandraka, 2018)

Reseña:

Después del paso de Roberto Innocenti (1940) en las entradas de este año con La niña de rojo, turno para uno de sus álbumes más célebres dentro de su obra: Rosa blanca.  Volvemos al compromiso del autor en el reflejo de la memoria histórica dando título a partir del grupo alemán del mismo nombre que denunció las acciones del nazismo y cuyos propulsores (Hans y Sophie Scholl) fueron ejecutados en 1943. Reflejo de una temática que años más tarde retomaría en La historia de Erika (2003) como la del Holocausto y cuya traslación realista y cinematográfica de Innocenti le sirvió para ser reconocido por sendos trabajos con diferentes galardones y, en 2006, recibir el Premio Andersen. Curiosamente, María José Ferrada (otra de las autoras que ha sido protagonista esta semana) le dedicó en 2013 en la Revista Álabe un homenaje a su obra en el que señala su posición como artista y la importancia de la preservación de la memoria. Cerraba Ferrada (2013, p.4): “Y es que Roberto Innocenti ha logrado no un estilo sino una mirada, y no cualquier mirada sino que una en la que el mundo logra reflejarse. Desde sus ojos el mundo y su tiempo nos miran.”

En el número 98 de la revista Peonza, entrevistado por Javier Flor Rebanal, Diego Gutiérrez del Valle y Javier Sobrino, en 2011 hablaba de la idea que había detrás de Rosa Blanca: la esperanza. En su reflejo de estas historias, comentaba que esa mirada traslada a su visión de cuando era niño, experiencias que ha vivido y que no se trata de dramatizarlas para el lector infantil, pero prestigiarle en el conocimiento y la curiosidad para hacerse preguntas ante hechos históricos que le son desconocidos. Como apuntaba Kertzer (1999), estas preguntas colocan al adulto en una posición compleja frente a preguntas del lector infantil sobre porqué pasó eso y cómo dejaron que pasase tal barbarie en los campos de concentración. Así, las ilustraciones suponen una puerta de entrada para el lector para representar aspectos complejos y simbología que forma parte de la historia, la materializa y abre posibilidades para el diálogo en la interpretación de la historia a través del empleo del álbum, como Rosa blanca en las investigación educativa (Youngs y Serafini, 2011; Youngs 2012), especialmente a través de la relación con el personaje como se ha señalado en otras entradas desde el desarrollo de la empatía y el seguimiento de las miradas (directas para interpelarnos o en la dirección que precisa que fijemos nuestra atención).

El álbum narra inicialmente desde la voz de su personaje infantil, Rosa Blanca, como una especie de diario en el que nos ubica en un lugar de Alemania (un pueblo, no sabemos cuál). La representación es la despedida de los soldados al frente en la que la vemos despedirse de alguien que no describe en el texto, ni aparece en la imagen. Una vida que es interrumpida por la presencia militar en las calles y que se asumió como un hecho cotidiano con el olor y el ruido de los tanques. La narración describe lo cotidiano, en una situación inicial que nos presenta el contexto, en el que la vida no parece interrumpirse. Saludos a los soldados como gesto de orgullo y admiración de los niños a su paso. Y, como no, la imagen maravillosa del reflejo de Rosa Blanca en el río que nos recuerda a la fuente de la Cenicienta de Innocenti. Un reflejo que nos muestra algo que pasa desapercibido en el plano de la realidad: las alambradas. De manera metafórica la imagen revela el contenido simbólico del desconocimiento de la barbarie que se escondía en los campos de concentración.

Ese será el inicio del conflicto narrativo, el descubrimiento de un niño pequeño saliendo de uno de los camiones (no se sabía a donde iban. Se creía que al otro lado del río y que volvían vacíos). En las posteriores ilustraciones Innocenti nos señalará las ventanas tapiadas de las casas, el interior de esos camiones y el reflejo de una imagen histórica: la imagen del niño en el gueto de Varsovia. Curiosidad de Rosa Blanca por saber dónde se llevaban al niño (observamos en los carteles en el paso la expresión “victoria” antes del cartel de “Prohibido” en la valla). Allí se encontró con algo que para ella no tenía nombre: campo de concentración, pero que comprendió la desesperación de esas personas con la estrella amarilla en su ropa.

Una vez que la realidad se apodera del relato, la voz de Rosa Blanca enmudece y se transfocaliza al narrador omnisciente. Ahora, como lectores, conocemos el secreto de Rosa Blanca y su voz se apaga para que seamos testigos del silencio en sus acciones de las que nadie puede enterarse, sus visitas a las afueras con comida para aquellos niños que no dejaban de aumentar en número y soportaban las penurias del invierno. En la parte final, observamos la derrota del ejército alemán, el cambio del paso por el poblado, la destrucción y las ruinas. Y, entendemos cuál ha sido el final para la protagonista. La naturaleza revive al final del invierno y la flor que portaba Rosa Blanca, nos sirve para interpretar el trágico final de la protagonista. Volvemos a las palabras en las que Roberto Innocenti interpreta este álbum: esperanza. Esperanza por revelarse ante aquello que atenta contra las personas y desde el convencimiento personal por el cambio. Y, obviamente, la voz de la infancia como protagonista.

Una obra maestra que también ha sido publicada en catalán por la editorial Kalandraka (en 2018, con traducción de Bel Olid) con un cambio en la portada con la imagen de Rosa Blanca colocando una violeta en la alambrada del derruido campo de concentración y que sigue con el interés de las últimas entradas por la colección clásica de la editorial Lóguez Rosa y Manzana.

 

Fran Martínez

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Web de la editorial:

https://www.loguezediciones.es/libro/ver_libro_portada?id=54

Edición en catalán: Kalandraka

https://www.kalandraka.com/rosa_blanca-978-84-16804-58-0-catalan-2347.html

Referencias

Ferrada, M. J. (2013). Homenaje a Roberto Innocenti :un ilustrador de su tiempo. Revista Álabe, 8, 1–5. http://dx.doi.org/10.15645/Alabe.2013.8.11

Kertzer, A. (1999). "Do You Know What 'Auschwitz' Means?": Children's Literature and the Holocaust. The Lion and the Unicorn 23(2), 238-256. doi:10.1353/uni.1999.0027.

Youngs, S. (2012). Understanding History through the Visual Images in Historical Fiction. Language arts, 89(6), 379–395. https://www.jstor.org/stable/41804361

Youngs, S., & Serafini, F. (2011). Comprehension Strategies for Reading Historical Fiction Picturebooks. The Reading Teacher, 65(2), 115–124. doi:10.1002/trtr.01014

 

jueves, 27 de mayo de 2021

Entradas en azul. Jörg Müller. El soldadito de plomo. Lóguez

 

Título: El soldadito de plomo

Autor e ilustrador: Jörg Müller

Editorial: Lóguez

Colección: Rosa y Manzana

Año: 2005. Original: 1996

Páginas: 40

Encuadernación y formato: 25 x 32,5 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano. Álbum sin palabras

Reseña:

Jörg Müller pasó por el blog con la recuperación de la maravilla metaficcional El libro en el libro en el libro y, una de sus obras más célebres, es su recreación del texto de Hans Christian Andersen de El soldadito de plomo. En el manual clásico de Teresa Colomer, Introducción a la Literatura Infantil y Juvenil (en su segunda edición de 2010) señalaba dentro de las tendencias de la LIJ en el cambio de la década pasada “el reflejo de las sociedades posindustriales” (pp. 151-159) con los cambios en los modelos de familia, la multiculturalidad, la memoria histórica y, en el caso de este álbum, la crítica social. La modernización del contexto de la historia nos lleva a un viaje alrededor del ciclo económico y las diferencias culturales entre las sociedades del primer mundo con las que se encuentran en vías de desarrollo. Un viaje que nos muestra las caras del bien y del mal, típicas de los cuentos representados por las sombras del modelo capitalista de consumo frente a otras realidades. 

El suizo Jörg Müller, muestra en esta obra sin texto su habitual crítica en la evolución de las sociedades de consumo como ya hiciera en otras obras que no fueron editadas en castellano, pero que representan iconos culturales como las colecciones de láminas en los años 70 que por comodidad y brevedad del título pondré en inglés: The changing countryside (1973) y The changing city (1976). En castellano, además de la recuperación de El gran gris (junto a Jorg Steiner, publicado también en Lóguez y que sería habitual el trabajo conjunto como The rebellion of the animals o The New Town Musicians), su edición ha sido mínima y teniendo en cuenta que ha sido un autor que también posee el Premio Andersen de ilustración en 1994, compartiendo un realismo y un detallismo cinematográfico por la variedad de planos que emplea en sus libros que también nos conecta con otro autor cuya obra ha sido más conocida en castellano como Roberto Innocenti. 


De alguna manera, el sentido crítico y subversivo de sus obras muestra aquello que apuntábamos a partir de la importancia del posicionamiento del autor con la obra y la necesidad de conocer las características que le definen como un autor que busca la tensión visual con la idea de mundo o sociedad avanzada a costa del desarrollo soterrado de otras. Con El soldadito de plomo leemos la opresión sin necesidad de texto, algo que también nos conecta con un autor como Armin Greder (esquivo en la edición en este país y que también cuenta con su primer libro publicado en 2003 por Lóguez y el inconfundible La isla). En este sentido, la ausencia de texto es una herramienta clave para la apertura en la construcción de significados por parte del lector y la inferencia de estos, como una propuesta de Müller a interpretar su visión y cuestionarse aquello que el autor quiere señalar en cada plano, cada detalle y objeto. 


También, una lectura cultural a partir de una narración clásica de Andersen y que sirve de escenario para un viaje por la sociedad de consumo que comienza con la soledad del soldadito soterrado al lado de una rata que aparece con una cría muerta en su boca. De entrada, no es una mala representación icónica. La luz aparece al levantar las tablas del suelo en el que el soldadito es rescatado en un contexto que nos ofrece una nueva información: la remodelación de una casa y una tirita en el dedo que seguramente será fruto de alguna astilla durante la tarea. A partir de ese momento, nos movemos en el tiempo y fruto de ese cambio merece la referencia del autor a su propia obra en una habitación en la que vemos, además del cambio en el crecimiento del bebé y sus juguetes, las láminas a modo de póster de The changing countryside y la aparición de la portada de El gran gris (un libro que me recuerda a la adaptación de John Hurt de la novela de Richard Adams Watership down).  El mundo del bebé que tan solo necesita un cerdito rosa de peluche, la infancia llena de más juguetes y bloques de construcción (y la aparición de la Barbie como la bailarina e icono de la cultura consumista popular). Sobre la Barbie y otros ejemplos contraculturales me gustaría rescatar una iniciativa que siempre me pareció de lo más hilarante como el Barbie Liberation Organization y la crítica a la cultura mediática de los años 90 que consistió en el cambio de las grabaciones que incorporaban los muñecos de acción GI JOE con los de mensajes de la Barbie, en una denuncia de los estereotipos y prejuicios de género que se asociaban a los diferentes juguetes. Aquí tenéis el vídeo que, por suerte, aún se conserva en YouTube.


Páginas que marcan el paso del tiempo y abandonan  la doble página para dinamizar la lectura visual en la que podemos recrearnos en la montaña de juguetes y, de nuevo, referencias a la obra de Müller mientras se da la espalda a los juguetes y comienza la era de los videojuegos (referencia a Toy Story y el título con Steiner, The rebellion of the animals). Ahora, los juguetes forman parte de la basura que dejar atrás en la mudanza, donde la Barbie y el soldadito se encuentran. Siempre desde un plano contrapicado que nos coloca como lectores en un punto similar al de un juguete en la inmensidad de un mundo ante el que también nos sobrepasa a nosotros. Un viaje en la que se encontrarán con diferentes miradas que les conducirán hacia espacios que conectan con el texto de Andersen como una versión posmoderna y que nos encamina hacia el viaje alrededor del mundo, desde el viaje por la alcantarilla en el barquito de papel (como si de un efecto mariposa se tratase) guiados por el azar y unidos. 

De la majestuosidad de la ciudad y la narración que en nuestra imaginación se llena de sonidos reconocibles y con la sorpresa de cada etapa del viaje: el mar, la pesca, el mercado y, siempre, los desechos de los modelos de economías lineales, tan solo sujetas a la ética del coste y el valor. La obsolescencia como modo de crecimiento perpetuo por las sociedades globalizadas y como migajas para las economías del tercer mundo. Los detalles siempre nos conducen y revelan pistas del nuevo paso narrativo (como el niño que recibe con alegría esos desechos y el avión que aterrizará con una tripulación que posteriormente se relacionará con él). La idea de turismo cultural, el poder del dinero se mezclará con la imaginación y los afectos, para encadenarnos a un final que nos devuelve a un final feliz para los objetos protagonistas. Un espacio en el que permanecerán juntos, pero en el que han comprobado las cenizas de la sociedad consumistas. Una obra maestra, realista e incómoda, pero que sigue vigente y que plantea reflexiones sin edad. Como contrapunto, e ironía del destino, la obra de Jörg Müller también se ha convertido en un objeto de coleccionismo y de precios prohibitivos para algunas de sus referencias.

Fran Martínez

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miércoles, 21 de abril de 2021

Entradas en azul. Kitty Crowther. El niño raíz. Lóguez

 

Título: El niño raíz

Autora e ilustradora: Kitty Crowther

Traducción: Ester Sebastián López

Editorial: Lóguez

Año: 2015. Ed. Original: 2003

Páginas: 36

Encuadernación y formato: 20,5 x 26,6 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

Volvemos a la belga Kitty Crowther (1970) después de la reseña de la publicación de su último título en castellano, Madre medusa. Muchas de las claves de su obra se pueden disfrutar en la lectura del artículo de Tabernero-Sala (2016) en el que repasa las características de su obra destacando el aspecto intimista de sus narraciones, así como referentes que conectaban con su obra como Tomi Ungerer, Arnold Lobel, Beatrix Potter, Astrid Lindgren o Wolf Erlbruch. En El niño raíz hay una invitación a esa exploración desde el universo de la tradición oral y la vuelta al bosque, una protagonista femenina (Leslie) y unas guardas en el que un pequeño duendecillo alado nos abre el telón (aquello de la teatralidad que citaba Van der Linden) de una divertida historia de fantasía hacia lo desconocido y misterioso del bosque. Un lugar, desconocido, con el que en una entrevista de 2017 Kitty Crowther señalaba como su destino en el proceso creativo aprovechando para citar a uno de sus artistas favoritos: David Bowie.

Creation is a very interesting process, I figure out that I love to go into the unknown (citando a David Bowie)

El inicio narrativo nos presenta un lugar desconocido, propio de la tradición oral, fuera del tiempo y sin concreción: un inmenso y profundo bosque que no figura en ningún mapa y en el que el mito que le rodea es que el fin del mundo está al final de dicho lugar. En ese punto, nos presentan a Leslie que tiene un problema con un zorro zampa gallinas y, en ese punto, nos avisa en la narración de que lo que pasará a continuación le cambiará la vida por completo. Ese inicio de texto, desgrana con cuidado todos los detalles para engancharnos y querer descubrir qué está pasando en ese bosque, si tendrá que ver con el zorro, si será el fin del mundo. De una manera precisa y clara, abre la puerta de un misterio que activa la necesidad del lector para ayudar a Leslie a seguir las pistas de las pisadas del zorro. 


La ilustración inicial del bosque está repleta de luz en su naturaleza, su hierba y sus flores, pero para que ese ambiente de misterio sea aún más evidente el paso de página nos revela un bosque que oscurece y con la tensión por desconocer la cara de Leslie tapada por la solapa de su chaqueta y el gorro que lleva encasquetado. Misterios, más misterios, las pisadas y… un ruido, un túnel lleno de zarzas en el que se pierden las pisadas. En tres páginas y tres ilustraciones nos acerca cuidadosamente a un mundo fantástico que desconocemos (tanto Leslie como nosotros) en el que se nos desvelan nuevos detalles desde la voz omnisciente (en este caso, nos anticipan una información que la protagonista desconoce y nos invita el texto a ubicarnos en otra posición: la tensión por qué le pasará a Leslie). Atravesando el túnel, nos deja más elementos para que elaboremos pesquisas e inferencias al paso de página creando un clímax entre texto e imagen que nos conduce hasta el descubrimiento del niño raíz y, en ese momento, se acerca cantándole una canción (dulzura que también se expresará introduciendo el color de las plantas a su alrededor).


A partir de este encuentro, el haz de luz fijando la narración en un ambiente íntimo que nos recuerda a las historias al calor de la lumbre reconocemos el rostro de Leslie y al ser que ha encontrado triste y sollozando. En este punto, comienza una segunda parte de la narración que es la que se crea junto al niño raíz que se encuentra perdido y Leslie acogerá.  Comienza una narración y se concluye la anterior conociendo al zorro que perseguía y la finalidad de sus acciones. 

Esta segunda parte en la interacción de Leslie y el niño raíz es tremendamente humorística, pero abraza aspectos de la cotidianeidad y otro aspecto que señalaba Tabernero-Sala (2016) es la incomunicación. Silencios y el reconocimiento de sus pensamientos internos descritos por el narrador y que nos invitan a un final tierno y simbólico en el que se plantea el pequeño recordatorio de nunca deshacerse de la exploración de lo desconocido frente a la realidad y las rutinas. Adoramos lo desconocido y a Kitty Crowther, sin duda.

Fran Martínez

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Web de la editorial:

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Instagram de Kitty Crowther

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Referencia

Tabernero Sala, R. (2016). Lecturas adultas y lecturas infantiles. El universo de Kitty Crowther en la formación del mediador como lector literario. Revista de estudios socioeducativos: RESED, (4), 52-65.



jueves, 11 de febrero de 2021

Entradas en azul. Heinz Janisch y Aljoscha Blau (il.). La batalla de Karlavach

 

Título: La batalla de Karlavach

Autor: Heinz Janisch

Ilustrador: Aljoscha Blau

Traducción: L. Rodríguez López

Editorial: Lóguez

Año: 2020

Páginas: 32

Encuadernación y formato: 24,5 x 31 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano.

Reseña:

Tenía planeadas hace un tiempo una serie de entradas sobre libros-álbum del austriaco Heinz Janisch (nominado en la primera selección de los Premios Andersen 2022, como también lo fue en 2010) y con una larga trayectoria con libros tan destacados como ¡Zas pum! (ilustrado por Helga Bansch), Sencillamente tú (ilustrado por Jutta Bauer) y, una debilidad personal como El rey y el mar (ilustrado majestuosamente por Wolf Erlbruch) que quizás era un candidato perfecto para una semana centrada en cuestiones existencialistas de los personajes (eso sí, con un gran sentido del humor). Después de La gran carrera y esa mirada al discreto encanto de las élites (tan poco como cualquier influencer), vuelve a unir su pluma con otro de sus ilustradores habituales: el ruso Aljoscha Blau que le acompañó en el divertido El pañuelo de mi abuela (¡cuántas cosas se esconden bajo este!) y el fabuloso Mejillas rojas (maravillosa colección de historias que el abuelo cuenta a su nieto y que obtuvo el Bologna Ragazzi Award en 2006).

Para La batalla de Karlavach se sirve de otra situación inicial basada en el absurdo y emplea todo el formato del álbum para su expresión. Desde las guardas iniciales y finales, todo el libro se emplea para la creación de la narrativa: situación inicial y situación final. Las páginas del libro se centran en el desarrollo del conflicto y prescindiendo del texto, las 4 secuencias (guarda y tres dobles páginas) iniciales nos muestran el origen del conflicto y la división en dos bandos (rojos y azules) que ocuparán su lugar en páginas separadas por el pliegue, recordándonos otros álbumes como De aquí no pasa nadie de Minhós Martins y Carvalho (ilustrador que con La pelota amarilla repitió juego con el pliegue central, entre otras peripecias como As duas estradas) o el empleo entre bandos del rojo y el azul en Los niños no quieren la guerra de Eric Battut o De cómo Fabián acabó con la guerra de Anaïs Vaugelade. El prescindir de texto también es representativo, no solo por la claridad de la imagen: simplemente, no se ha mediado palabra antes del conflicto.

El texto aparece como una llamada a filas, ensordecedor y adoctrinando desde el reclutamiento de soldados para esa batalla con sus líderes enfrentados en lo alto de su atalaya, exigiendo sin descanso el ataque de unos a los otros. También, observamos las consecuencias, las miradas de los soldados después de esa tromba inicial, sus expresiones de abatimiento y resignación ante una afrenta final en la que se desprenden de todo su armamento y coraza. Lo único que queda ahora es el interior de esas corazas, ellos mismos a merced de sus necesidades básicas y esenciales: afecto y sustento El desenlace, por no destriparlo se podría resumir en un poema de Gloria Fuertes en Garra de la guerra:

“Deseamos:

Que no vuelva a haber otra guerra

pero si la hubiera

¡Que todos los soldados

se declaren en huelga!”

Un final con un mensaje claro: desprovistos de corazas y el enaltecimiento del enfrentamiento, de los himnos e identidades sociales, tan solo queda el ser humano: frágil y voluble, pero especialmente la idea de colectivo frente a los grandes discursos y la manipulación que, de una gota intrascendente, generan la incomunicación y el odio. En definitiva, La batalla de Karlavach es un álbum con un mensaje claro y universal que emplea con efectividad los elementos de la narración visual para completar una lectura atemporal. Cualidades que le valieron la distinción en la lista de los White Ravens en 2019. También nos recuerda nuestra estupidez para escondernos detrás de cualquier idea, bandera y pancarta para construir nuestra identidad (al final, hasta No logo de Naomi Klein es un emblema).



Fran Martínez

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Web de la editorial:

https://www.loguezediciones.es/libro/ver_libro_coleccion?id=353 

Web Heinz Janisch

https://heinz-janisch.com/

Web Aljoscha Blau

http://www.aljoschablau.com/ 

 


lunes, 8 de febrero de 2021

Entradas en azul. Michèle Lemieux. Noche de tormenta. Lóguez

 

Título: Noche de tormenta

Autora e ilustradora: Michèle Lemieux

Traducción: L. Rodríguez López

Editorial: Lóguez

Año: 2000

Páginas: 240

Encuadernación y formato: 21,5 x 14,7 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano.

Reseña:

En el discurso de la literatura infantil y juvenil se encuentran multitud de temáticas que encuentran acomodo en los cambios de valores de las sociedades occidentales. Recuerdo en el libro de Colomer (2010) cómo se señalaba el tratamiento de temáticas complejas o la entrada del existencialismo dentro de los títulos que emergían en la LIJ con ejemplos de títulos en los que se daba cabida a la tristeza como El árbol rojo de Shaun Tan o El libro triste de Michael Rosen ilustrado por Quentin Blake. Herramientas ficcionales para que las personas que median en la interacción literaria tengan un amplio abanico de recursos para los que iniciar un diálogo.

Noche de tormenta de Michèle Lemiux (Quebec-1955) es un álbum atípico en su longitud y con una propuesta gráfica minimalista (no tan reduccionista como La parte que falta de Shel Silverstein) en blanco y negro que en diferentes dobles páginas desborda en detallismo y con un elevado poder sugestivo en la relación entre imagen y texto (y con un humor en algunas de ellas propio de Tomi Ungerer en su faceta más subversiva o Edward Gorey). Estas dobles páginas sirven como interludios y mostrar el estado de ánimo que se seguirá en las siguientes secuencias que emplean la página izquierda para el texto y la derecha para la representación icónica de los pensamientos de la protagonista insomne del libro: en su cama y junto a su perro mientras que las preguntas se acumulan en su cabeza.


El inicio del libro, desde una portadilla que nos sugiere un lugar plácido donde dar esa cabezada merecida, se basa en una narración sin palabras originada por un zoom que nos muestra cómo el cielo se viste de tormenta y la ubicación de una casa en la que vemos cómo la protagonista sigue las rutinas previas para irse a dormir. Aunque, esa noche no puede atormentada por preguntas y tentativas de respuestas que se encadenan después de cada interrogante. “¿Dónde finaliza el infinito?” Para después preguntarse: “Si se hace simplemente un agujero en el cielo ¿puede verse el infinito?” Y en esta progresión, comenzamos la noche de tormenta.

Estamos acostumbrados a que el libro infantil muestre respuestas o aprendizaje morales que transmitir, pero también hay libros que desafían ese papel pasivo del lector. En concreto, sobre el planteamiento de estas cuestiones, tenemos ejemplos como el Libro de las preguntas de Neruda ilustrado por Isidro Ferrer, Así es la vida de Tomi Ungerer, ¿Qué puedo esperar? de Britta Teckentrup y, a modo de juego, ¿Qué prefieres..? de John Burningham. Además, la ingeniosa y desafiante propuesta de la canadiense Michèle Lemieux le llevó a ganar el Bologna Ragazzi Award en 1997.

Stormy night (2003) corto de animación

Un libro que además tuvo su posterior representación a un corto de animación, Nuit d’Orage (2003), con el que también obtuvo diversos galardones y una trayectoria en la que siguieron cortos como Here and the Great Elsewhere (2012). De alguna manera, esta faceta de animación y existencialismo nos puede conducir a otros ejemplos paradigmáticos como las obras maestras animadas de Don Hertzfeldt o el reciente The Midnight Gospel (especialmente su final). De su trayectoria previa a la creación de este libro hay pistas sobre el surrealismo con el que elige representar las preguntas de la protagonista por su ilustración del libro de limericks de Edward Lear There was an old man…(1994).

Ese humor e iconicidad irreverente es la que sirve para destensar la incertidumbre de las preguntas con imaginaciones tan divertidas como: “¡Imagínate que brotamos del suelo como las legumbres…!” en una imagen que, por no abandonar el imaginario cinéfilo, nos puede recordar a unos personajes de Amanece que no es poco. Un título que nos sirve para conectarnos de nuevo con el título de la obra.


Además de estas imágenes divertidas, el segundo asidero para relativizar la carga de las preguntas es el divertimento con su perro Fido, mientras habla de sus emociones, de sus interrogantes sobre el futuro, de qué será capaz de conseguir, sueños (y referencias a Platón) y miedos (como la muerte y la idea de resurrección). Preguntas que muchos de nosotros, como adultos, hemos respondido de alguna forma y sirven para la construcción de quiénes somos. Preguntas que, obviamente, el niño o la niña también se hará en algún momento. Y, para aliviar de nuevo la carga, una vuelta a las necesidades fisiológicas terrenales: “tengo hambre”. Momento para encarar la secuencia final del libro y concluir majestuosamente un libro-álbum sensacional. 

Noche de tormenta de Michèle Lemieux es un libro-álbum maravilloso en el que navegar por el drama y la comedia de una vida efímera, reflejada en la curiosidad imaginativa del viaje interior que hace su protagonista. Si no tenemos respuestas, mejor una buena historia. Un libro “esencial”.

 

Fran Martínez

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