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lunes, 6 de junio de 2022

Entradas en azul. Gustavo Puerta Leisse y Elena Odriozola (il.). Sentimientos encontrados. Ediciones Modernas el Embudo

 


Título: Sentimientos encontrados

Autor: Gustavo Puerta Leisse

Ilustradora: Elena Odriozola

Editorial: Ediciones Modernas el Embudo

Colección: Me lo pienso

Año: 2019 (2ª ed. 2020)

Páginas: 42

Tamaño: 34 x 24,5 cm

Reseña


Los álbumes de Ediciones Modernas el Embudo han sido reseñados en diferentes entradas del blog como un ejemplo de propuestas que son plenamente conscientes de incrementar la experiencia lectora en la primera infancia. En esta ocasión, nos remontamos hasta su primera referencia con Sentimientos encontrados que fue galardonado con la Manzana de Oro en la Bienal de Bratislava e incluido en la lista de los White Ravens en su catálogo de 2020. Un álbum que experimenta con el diseño para crear una propuesta de filosofía para la infancia que cuida cada uno de los detalles. De entrada, cada elemento del álbum encuentra una función: desde la cubierta para mostrarnos el exterior de la casa y fragmentada en 16 viñetas. De entrada, la referencia a las aucas en esta división también conecta con referentes más propios del cómic que del álbum por el nivel de fragmentación y al mismo tiempo se presentan como una unidad narrativa en la página posteriormente. El diseño exquisito de las guardas y una contracubierta que da nombre a las diferentes personas y animales que habitan en ese espacio. Una familia, desde el retoño Alejandro, la preadolescente Clara hasta la abuela Martina. Un espacio intergeneracional en el que experimentaremos con una encuadernación en espiral para distinguir tres espacios. En la parte superior el juego se basa en el reflejo del paso del tiempo a partir de un espacio visual fijo que nos servirá para apreciar el cambio a través del paso de página. Ya conocemos La casa de Innocenti, La casita de Virginia Lee Burton, las ventanas en la pareja de álbumes de Jeannie Baker o las láminas de Jörg Müller, como algunos ejemplos de sensación dinámica desde la restricción del espacio como elemento inamovible. Un time-lapse, digamos. Algo que el personaje de Paul Auster, Auggie (encarnado por Harvey Keitel en Smoke) nos mostraba como una de sus prácticas diarias.



En la parte superior izquierda, el paso de tiempo es para un árbol (volvemos a otros referentes: Las estaciones de Iela Mari o Little tree de Katsumi Komagata) con el ciclo de la vida encarnado en el reflejo de las estaciones en sus ramas. En la parte superior izquierda, la casa con sus dieciséis ventanas (viñetas), en dieciséis ilustraciones que pueden funcionar como narrativa visual independiente). Esa parte superior es la que Elena Odriozola borda con su habitual exquisitez, empleando el blanco y negro, para recrear minuciosamente la vida en cada viñeta: la decoración, los cuadros, los estampados, las plantas, los muebles… Y, de nuevo, las ventanas dentro de las ventanas para ver el paso del tiempo sobre un árbol que podríamos pensar que se trata del que aparece en la parte izquierda. También variaciones entre si vemos el interior de la estancia o nos ubicamos en la escalera del edificio. Un despliegue por el que el simbolismo que emplea Odriozola pivota entre lo costumbrista y el surrealismo. Viñetas que mantienen en esos cuatro niveles diferentes relaciones: a veces se relacionan entre ellas y sus personajes, otras reflejan la soledad de estos. El despliegue visual de las ilustraciones permite que el lector deambule por las habitaciones y decida seguir a un determinado personaje para volver y conectar entre las diferentes páginas una cronología de acontecimientos. El lector como detective con divertidos misterios fantásticos (como la página de las máscaras). Una suerte de peeping tom (en honor al metraje clásico de Michael Powell) en el que tenemos diferentes niveles de mirilla en el que adentrarnos en diferentes momentos y horas: la mirilla y el paso de las horas están presentes en las primeras ilustraciones de una viñeta de la planta baja.



Para acompañar a las ilustraciones de Elena Odriozola y establecer un espacio interpretativo lo más amplio y ambiguo posible, los textos filosóficos sobre dieciséis sentimientos (y aquellos asociados a este en una suerte de familia de sinónimos como familia lo son los personajes): nostalgia, miedo, dolor, ansiedad, curiosidad, enfado, vergüenza o placer entre ellos. Un abanico de sentimientos que podemos conectar con algún personaje, asociarlo a alguna viñeta o al contrario. La encuadernación en espiral permite al lector diferentes espacios interpretativos: desde pensar en la congruencia con alguna viñeta o personaje, una relación complementaria más abierta a la interpretación poética o filosófica y en el lado extremos podemos pensar en ellos en oposición. La idea es traspasar la frontera de la lectura convencional para abrazar la libertad del lector individualmente. En definitiva, todos los elementos del álbum (secuencia, ilustración, texto y materialidad) propician la reconstrucción subjetiva de su significado para ubicarlo en un espacio inferencial en el que experimentar con las dos partes de manera completamente libre. Un espacio de diálogo abierto en todos sus niveles. Una auténtica maravilla.

De la misma manera, para acompañar a la lectura se proponen una serie de instrucciones que, lejos de restringirlo, continúa expandiéndolo desde la libertad de una propuesta que está hecha para la reflexión de todos esos sentimientos que encontramos (juego de palabras) y con los que establecemos un diálogo. Finalmente, la inspiración de esos textos de acompañamiento de Gustavo Puerto Leisse hacia obras que van desde Aristóteles a Roland Barthes o de John Locke a Martha Nussbaum. Mientras se suceden estas explicaciones, los elementos ilustrados de Elena Odriozola acompañan aportando humor y candidez que se refleja especialmente en la figura de la abuela Martina que nos saluda de manera corpórea al inicio del libro y como espectro al final. Todo un engranaje perfectamente coreografiado para prestigiar la lectura como un acto reflexivo, abierto y transformador. Un regalo, una joya en un gran catálogo que ha recibido todos esos premios señalados al principio y un álbum esperando sin tiempo a que sea descubierto por cualquier lector. Como titularía Sandra L. Beckett su monografía en 2012: álbumes crossover, un género para todas las edades.


Ojalá cada álbum publicado fuera tan consciente de su necesidad y de la importancia de su calidad (una cuestión que en Media Vaca tienen como forma de ser, por ejemplo). Es una cuestión de esperanza, supongo. Así que parafraseando la última frase referida a ese sentimiento: quizás no sientas la esperanza, pero aun así, creer en ella. En Ediciones Modernas el Embudo creemos.

Fran Martínez

IG: https://www.instagram.com/caballo_de_carton_azul/

 




 

Web de la editorial

https://modernaselembudo.com/libros/sentimientos-encontrados/?v=2fb7284eba87

Instagram Ediciones Modernas el Embudo

https://www.instagram.com/ediciones_modernas_el_embudo/?hl=en

Instagram Elena Odriozola

https://www.instagram.com/elenaodriozolaillustration/

 

Dedicada a Martina




 

miércoles, 27 de abril de 2022

Entradas en azul. Sara Lundberg. El pájaro que llevo dentro vuela adonde quiere. Galimatazo

 

Título: El pájaro que llevo dentro vuela adonde quiere

Autora e ilustradora: Sara Lundberg

Epílogo: Alexandra Sundqvist

Traducción: Carmen Montes Cano

Editorial: Galimatazo

Año: 2022. (Ed. or. 2017)

Páginas: 128

Tamaño: 17 x 21 cm


Reseña

Cuando empecé esta reseña pensaba en diferentes títulos que rompían la convención de que el álbum es un soporte de unas 32-36 páginas de extensión. Cuando reflexionaba en esos títulos los graduaba en mi mente, desde la narrativa visual del cubano Ajubel en Robison: una novela en imágenes inspirada en la obra de Daniel Defoe (Media Vaca, 2008), pasando por otros álbumes que han pasado por el blog como Noche de tormenta (Lemieux, 2000), Duelo al sol (Marsol, 2019) o The rock from the sky (Klassen, 2021) o Le plus bel été du monde (Delhine Perret, 2021) próximamente en el blog. Obviamente, hay más títulos que traspasan esa frontera de la extensión e incluso con el empleo de lenguajes de otro tipo de narrativas gráficas (como el cómic, por ejemplo), pero tendría una conexión con He visto un pájaro carpintero (Skibinski, 2020) y el expresionismo de Ala Bankroft en sus ilustraciones. Pese a que la temática y la perspectiva es diferente, ambas parten del reflejo biográfico, como en este El pájaro que llevo dentro vuela adonde quiere. En la información editorial de la contracubierta se define como “novela ilustrada” y por la función que tienen texto e imagen se podría entender como álbum ilustrado. Supongo que muchas veces el problema es el circuito en el que se mueven las obras, se asocia a los autores o al público al que se quieren dirigir. O, simplemente, el problema surge en querer clasificar todo de manera categórica. Discusiones que muchas veces nos recuerdan los prejuicios y convenciones.


La autora e ilustradora sueca Sara Lundberg concedió una interesante entrevista sobre el proceso de creación para la página Picturebookmakers (enlace) y cuenta que este proyecto le llevó dos años para completarlo. Los resultados en premios, traducciones a otras lenguas e interés de la crítica con la inclusión en la lista de los White Ravens en 2018. La narrativa se centra en el traslado ficcional de la infancia de la pintora sueca Berta Hansson (1910-1994) e inspirado no solo en sus diarios y correspondencia, también en la obra pictórica de la artista. La voz de la narración se pone en primera persona para trasladarnos a otro tiempo y el reflejo de las dificultades de romper con las convenciones sociales en un pequeño pueblo donde crece la protagonista. Empleando prioritariamente la ilustración a doble página, además de la página sencilla, el texto nos traslada a su entorno familiar donde conocemos a los integrantes de su familia y su relación con ellos. Principalmente, uno de los aspectos clave está en qué supone crecer como mujer en un pueblo a principios del siglo pasado. Crecer con una visión personal, con una voz propia y que esta sea silenciada o quiera ser soterrada. Divertidas anécdotas con sus dibujos en la escuela y la supresión de cualquier atisbo de pensamiento divergente. En el ámbito de la pintura sueca, me resulta imposible no recordar a otra pintora como Hilma af Klint (1962-1944) cuyas pinturas se conectan con los pioneros del arte abstracto, incluso precediéndola, pero que estuvieron cogiendo polvo mientras que otros autores se convirtieron en las figuras emblemáticas y pioneras de dicho movimiento.



La obra de Berta Hansson estaría más conectada con el impresionismo y este tipo de ilustraciones son las que Sara Lundberg traslada con delicadeza en su obra: a veces de manera más esquemática y otras con una gran precisión de detalles. La simbología de los pájaros de arcilla, la preocupación por el estado de salud de la madre (inevitablemente me acuerdo de Mi vecino Totoro), el deseo de escapar, el descubrimiento del arte y de personas que pueden entender su voz (su tío, el médico del pueblo), la pérdida, la rebelión a sentirse callada, escapar y volar. Ese diálogo y pugna interna que le llevan a dudar de sí misma, cuestionarse y verse aprisionada entre continuar con la labor que se le supone dentro de su familia o el de explorar su propia voz. Las ilustraciones evocan perfectamente esas sensaciones y las vivencias de la protagonista, los paisajes y algunas en las que se prescinde del texto: el silencio cuando sube a los árboles, el recuerdo ingrávido junto a su madre, el humo por la puerta en su huida, la contemplación de las pinturas en casa del médico y, como cierre, la vista de pájaro del pueblo. Perfecto reflejo de la libertad soñada.


Las bellas metáforas visuales que acompañan al texto tienen un lugar recurrente: sus manos. Nos coloca la autora en su punto de vista, en el espacio de creación (con la referencia interpictorial con el fresco de Miguel Ángel y La creación de Adán) de sus dibujos, su experimentación y la melancolía que acompaña al texto (también en el momento que remueve el puchero). Las ilustraciones están cargadas de un elemento poético y simbólico que nos acompaña a través de los paisajes, su mirada perdida entre su melena, la soledad del prado, la calma de sus pies en el río para extraer la arcilla, el paso de las estaciones desde las vistas panorámicas. Un juego de planos que nos va ubicando en el espacio inferencial de un relato donde participamos como observadores ante una mirada esquiva y melancólica. El texto conciso deja un espacio metafórico en el acompañamiento de la ilustración, amplía la recepción y en conjunto es una experiencia lectora que se paladea en todas sus dimensiones. Como expansión, el epílogo biográfico de Alexandra Sundqvist sobre Berta Hansson termina de ubicarnos temporalmente en el contexto de su infancia, su interés por Manet, Monet y Gaugin y Van Gogh y el descubrimiento de sus pinturas para la primera exposición que realizó en Estocolmo.



En resumen, El pájaro que llevo dentro vuela adonde quiere es una joya ilustrada, o cómo se quiera bautizar a esta narrativa gráfica, y cuyos reconocimientos evidencian el perfecto acompañamiento de la infancia de una autora en una época en el que las convenciones sobre el papel de la mujer en el arte estaba cuestionado. Un perfecto recordatorio en una época en el que las biografías ilustradas suponen una tendencia estable en el mercado editorial (no siempre con buen gusto) y la reflexión personal sobre la incomprensión del pensamiento divergente. Un interesante recordatorio que, en la actualidad, debemos seguir cuestionando ante el auge de tendencias políticas que se ubican en la negación y persecución del divergente. Al hilo del pájaro y la representación de la libertad, el recuerdo y la esperanza con un maestro como Marco Lodi y el 50 aniversario de Cipì, una obra que nos recuerda a otro tipo de mirada en la escuela y de aquellos que miran por la ventana con la cabeza llena de curiosidad. Como no, también pájaros.


Sara Lundberg, como bien decía en la entrevista a la que hice anteriormente mención, esta es una historia sobre no traicionarse a uno mismo, de seguir los dictados del corazón. Pese a que eso conlleve contradecir y rebelarte ante quienes más quieres (y, a su modo, te quieren). No podía dejarme el acompañamiento musical con un hit del pop sintetizado de Bronski Beat, aunque en este caso es otro tipo de huida, la necesidad de volar que se materializa en esta frase de la canción: “But the answers you seek will never be found at home”.



 





Fran Martínez

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Instagram Sara Lundberg

https://www.instagram.com/lundbergskan_sara/?hl=en

Web Sara Lundberg

http://saralundberg.se/

Web editorial Galimatazo

https://www.galimatazo.com/libro/el-pajaro-que-llevo-dentro-vuela-adonde-quiere




martes, 15 de marzo de 2022

Entradas en azul. Christian Morgenstern y Rathna Ramanathan. En el reino de la puntuación



Autor: Christian Morgenstern

Ilustradora: Rathna Ramanathan

Traducción: Moka Seco Reeg y Alvar Zaid

Año: 2011

Editorial: Thule (Original: Tara Books)

Tamaño: 16,5 x 23,5 cm. Tapa dura.

32 páginas

 



Reseña

Estamos viviendo tiempos convulsos y nos rodean mensajes alarmantes allá donde miramos. Es un mantra que adquiere diferentes tonalidades dependiendo del día y el medio. Desgraciadamente, en los últimos días leemos titulares sobre el peligro de una Tercera Guerra Mundial. Para esta breve entrada he recuperado un libro en el que la ilustración se compone por signos de puntuación y nos sirve para reflexionar sobre las capacidades semióticas de la tipografía y las propuestas dadaísta de la poesía visual que nos puede retrotraer a los caligramas de Guillaume Apollinaire (Calligrammes; poèmes de la paix et da la guerre, 1913-1916 [Caligramas: poemas de la paz y de la guerra] llevaba por título su obra publicada en 1918). La decisión de adoptar estos referentes por parte de Rathna Ramanathan para ilustrar el poema de 1905 de Christian Morgenstern no es arbitraria (como el signo lingüístico).



Como Rasula (2016) apuntaba en su obra, existía un precedente visual por parte de los cubistas (Picabia o Braque), los poemas de Kandinsky en Sonidos (1912), aunque en este último es más un poemario ilustrado. También la paleta de colores limitada al blanco, rojo y negro marca el estilizado juego en el que se descomponen los versos del poema de Morgenstern para crear un álbum poético. En la monografía de Rasula (2016) hay un capítulo para el Modernismo como inspiración poética y en el apartado para los “mensajes sin palabras” algunos ejemplos de Henri Michaux (aunque sus exploraciones artísticas estaban más centradas en el signo) y también podemos hacer alusión al gran Joan Brossa. Pero en la obra de 1905 de Morgenstern también tenemos este poema La canción nocturna del pez (Fisches nagtgesang).



Volviendo a En el reino de la puntuación, observamos el juego de la poesía visual en el que los signos de la puntuación con su color, posición y tamaño nos recuerda muchas de las lecciones de Bang (2000). En el juego del sinsentido (“politics of nonsense”) como ejemplo subversivo y radical que diría Reynolds (2007) los signos de puntuación inician una guerra entre comas y puntos (conoceremos las posiciones de las interrogantes, las llaves, los paréntesis, el signo menos o la admiración). En sus versos el inicio del conflicto entre signos, la posición del resto como espectadores, la matanza, el exilio, el ascenso de los triunfadores, la sepultura de los vencidos y la instauración de un nuevo régimen.


Conseguir esa visión alegórica desde el juego con los signos de puntuación como la plasmación de las fases del conflicto y que, por desgracia, revivimos en la actualidad. La precisión visual por parte de Rathna Ramanathan termina de redondear esta propuesta que fue seleccionada en el catálogo White Ravens en 2010. En definitiva, una sabia reflexión de qué pasa cuando nos quedamos sin palabras, cuando no las usamos sin mayor fin que la de enfrentarnos. Y porque la educación literaria es el colmillo del alma.

 


Para terminar la entrada quiero recordar el curioso El libro sin dibujos (2014) de B. J. Novak (el actor de The office) y la consideración sobre este álbum que alude en el título que no tiene dibujos (¿entonces cómo puede ser un álbum?). Más allá del juego que propone el texto, en diferentes artículos de Frank Serafini (Serafini y Moses, 2015; Serafini y Reid, 2019) ponen énfasis en la importancia de la tipografía en la comunicación visual (y obviamente se citan las aportaciones de Kress y van Leeuwen) y lo suelen categorizar como álbum (picturebook). Curioso, pero una manera perfecta para reflexionar sobre la cantidad de elementos que entran en juego en la composición de un soporte tan libre como el del álbum.

 


Para finalizar, una canción por Ucrania de A Hawk and a Hacksaw (Jeremy Barnes, batería de Neutral Milk Hotel para los indies, y Heather Trost).


Fran Martínez

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Web editorial

https://thuleediciones.com/catalogo/en-el-reino-de-la-puntuacion/

 

Referencias

Bang, M. (2000). Picture this: how pictures work. SeaStar Books.

Rasula, J. (2009). Modernism and poetic inspiration: the shadow mouth. Palgrave Macmillan.

Rasula, J. (2016). Dadá: el cambio radical del siglo XX. Anagrama.

Reynolds, K. (2010). Radical children’s literature: future visions and aesthetic transformations in juvenile fiction. Palgrave Macmillan.

Serafini, F., y Moses, L. (2015). Considering Design Features. The Reading Teacher, 69(3), 307–309. https://doi.org/10.1002/trtr.1416

Serafini, F., y Reid, S. F. (2019). Crossing Boundaries: Exploring Metaleptic Transgressions in Contemporary Picturebooks. Children’s Literature in Education, 51(2), 261–284. https://doi.org/10.1007/s10583-019-09382-9



miércoles, 20 de octubre de 2021

Entradas en azul. Javier Sáez Castán. Los tres erizos. Ekaré

 

Título: Los tres erizos

Autor e ilustrador: Javier Sáez Castán

Editorial: Ekaré

Colección: Ponte Poronte

Año: 2003

Páginas: 32

Encuadernación y formato: 23,5 x 19 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

La obra de Javier Sáez Castán es una de esas grandes joyas de la literatura infantil española y que, en mi humilde opinión, representa uno de los grandes autores de nuestro país. En el blog nos hemos detenido en diferentes obras y, en el fondo, cualquiera de sus álbumes merecería una entrada en este espacio además de La merienda del señor Verde, El armario chino y con autoría compartida con Pablo Auladell en Dorothy y en Mvsevm junto a Manuel Marsol. Al igual que en La merienda del señor Verde, el álbum Los tres erizos también fue incluido en la lista de The White Ravens en 2004 y es un libro atemporal que no deja de cautivar a los lectores en sus diferentes ediciones. Un libro en el que el formato y los paratextos iluminan el texto principal incluyendo detalles para el lector avezado al que le incorpora un glosario de términos que amplía el acto teatral que presenta en los dos actos diferenciados de esta pantomima (pieza cómica breve) con colofón.

El esquema narrativo presenta en el primer acto a los personajes: tres erizos en busca de alimento y un narrador omnisciente que emplea la rima en los pareados de cada ilustración. Esa musicalidad y brevedad del texto, con la sorpresa por sus actos (divertidísima la forma de aprovechar sus espinas para transportar las manzanas a su madriguera) y se desata el conflicto: los propietarios del huerto buscan a los ladrones de las manzanas (¿serán tres bandidos?). En estas ilustraciones se suceden detalles habituales en la obra de Sáez Castán y aparecen elementos de los naipes de la baraja española (con esos bastos empuñados por tres señores horondos que buscan ajusticiar a los ladrones). La irrupción de la nevada del invierno, deja en suspense la captura de los ladrones y el ajusticiamiento de los erizos. El espacio imaginado por Sáez Castán es el de un jardín laberíntico, que posteriormente también mostraría este espacio como juego en el libro Caracol, y las ilustraciones lejos de mostrar una panorámica de la acción concreta dejan el espacio para que el lector complete esas acciones descritas e imagine la vista de ese espacio.

En el segundo acto, El Juicio (como el disco de Lavoe y Colón), la primavera trae el deshielo y a la torva en la búsqueda de los ladrones de manzanas: estandartes, cornetas, fusiles, vastos, espadas, horquilla, sabuesos y cerdos a la caza. Los erizos en su madriguera y el peligro del asedio que se resuelve con la simpatía y ternura al mostrarse el papel de los erizos en el ciclo natural y su preservación. Los elementos artísticos y referencias que añade Javier Sáez Castán en esta segunda parte, con referencias en diferentes idiomas, eclosiona en el colofón visual de esta narrativa que siempre nos muestra parcialmente los bandos y, finalmente, el momento en el que ambos se integran en la doble página final en la que reconocemos los diferentes espacios y celebramos la algarabía por el encumbramiento de esos tres erizos como héroes. A cada uno lo suyo, Cuique suum, y a Javier Sáez Castán en el reparto le queda nuestra admiración y alabanza. Un autor genial y fuera del tiempo. Se cierran las cortinas del teatro (que veíamos en su cubierta) y el saludo final en la contracubierta con los tres erizos quitándose el sombrero. Como nosotros antes sus álbumes.



Finalizamos la entrada de esta maravilla con una narración peculiar que se produjo en plena pandemia: el actor Jude Law y Los tres erizos




Fran Martínez

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lunes, 4 de octubre de 2021

Entradas en azul. Alfredo Soderguit. Los carpinchos. Ekaré

 

Título: Los carpinchos

Autor e ilustrador: Alfredo Soderguit

Editorial: Ekaré

Año: 2020

Páginas: 48

Encuadernación y formato: 21,7 x 25 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

Hilando reseñas y temáticas, una de mis noticias preferidas de este verano: la invasión de los carpinchos (los roedores más grandes del planeta) en la urbanización de lujo argentina del Nordelta nacida como ejemplo de especulación urbanística en el delta del Paraná. Si con Los conejos de Mardsen y Shaun Tan mostrábamos la colonización descarnada y el genocidio de las especies autóctonas, en el lado opuesto los carpinchos (capibaras) y la recuperación de un territorio arrebatado. Si ojean por la red, basta con introducir “los carpinchos” y “Nordelta” para comprobar el paradójico encumbramiento de esta especie como un icono de la lucha de clases y el reflejo del neoliberalismo urbanístico que también, en nuestra “terreta”, podemos disfrutar con el cómic de Ana Penyas Todo bajo el sol (al que le dedicaremos una entrada).

Independientemente de esta noticia y la popularidad de los carpinchos (incluso hay cumbias y demás canciones surgidas a partir de esta situación), la obra del uruguayo Alfredo Soderguit tiene una trayectoria en el circuito de la crítica literaria especializada y reconocimientos (estar en la lista The White Ravens o de la Fundación Cuatrogatos como los mejores álbumes del año) que habla por sí misma. Con un álbum previo tan maravilloso como Soy un animal (Libros del zorro rojo, 2018), su vuelta con Los carpinchos muestra algunos aspectos en la secuenciación de la narrativa que nos muestra su bagaje previo en el ámbito cinematográfco.

Retomando la noticia de la invasión de los carpinchos en el Nordelta, el esquema narrativo con una situación inicial en el que se presenta el entorno de la granja y la vida de las gallinas en ese contexto se observa en la relación entre el texto-imagen. La primera con el plano general de una caseta cerca del río, la siguiente en la que se revela quién habita en dicho espacio (uso de blanco y negro, donde la presencia del rojo marca el punto en el que fijar nuestra mirada) y una tercera que con la frase de “había comida para todos” pone al lector en la dualidad de quiénes son esos todos y de qué alimento se trata para cada uno. A partir de esas tres dobles páginas, se inicia el conflicto de la narración: la llegada de los carpinchos a la granja y la convivencia con las gallinas que, inicialmente, impiden el paso a su territorio.

La imposición de unas reglas para la falsa convivencia (en clave humorística) y la revelación al lector de los motivos de la llegada (los cazadores furtivos de una especie protegida en Uruguay). Para mostrar esa mirada al otro, las gallinas deciden imponer sus reglas y delimitación del territorio, pero Soderguit emplea las viñetas para revelar la mirada infantil desprovista de prejuicios con los juegos entre dos pequeños: polluelo y carpincho. Finalmente, el relato revela el momento en el que gallinas y carpinchos descubren el punto de encuentro y una pequeña rebelión en la granja. La manera de panelar las viñetas para desprenderse del texto en diferentes fragmentos del álbum y el mensaje final sobre la incomunicación con el otro, el diálogo y la condición humana más allá de los prejuicios socioculturales (la mirada etnocéntrica) son aromas narrativos que se desprenden de un álbum que justifica sobradamente todos los elogios recibidos.

El carpincho como icono contra el neoliberalismo y un álbum que cuestiona la visión etnocéntrica. Miel sobre hojuelas.

PD: No he podido resistirme a este meme.



 

Fran Martínez

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martes, 4 de mayo de 2021

Entradas en azul. Javier Sáez Castán. La merienda del señor Verde. Ediciones Ekaré

 

Título: La merienda del señor Verde

Autor e ilustrador: Javier Sáez Castán

Editorial: Ekaré

Año: 2007

Páginas: 36

Encuadernación y formato: 21,4 x 31,5 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano


Reseña:

Hay muchas razones para analizar al detalle cada ilustración de un álbum tan maravilloso como La merienda del señor Verde de Javier Sáez Castán (también seleccionado en los White Ravens de 2008 como uno de los álbumes más destacados) y su conexión con diferentes cuadros de René Magritte. Si quieren profundizar en ese análisis interpictorial les recomiendo esta entrada de Julio César Vidal en 2016 (enlace) en la que se destacan el conjunto de obras de Magritte que tienen una conexión con este álbum o incluso el color plano de las guardas en su significación final (Durán y Bosch, 2011). En ese sentido, el color del papel también es fundamental en la construcción del discurso narrativo de este libro: desde el inicio narrativo el papel es de color verde claro (en una tonalidad cercana al blanco) y, en el desenlace al conflicto narrativo pasa al color blanco como cruce al otro lado del mundo del señor Verde que es, efectivamente, verde.

Otro aspecto que comparte con su anterior clásico, Los tres erizos o los Animalarios, es la exploración de los peritextos a modo de glosario y epílogo: Lo sé todo: el imaginario de los lectores que siempre quieren saber más y una Nota de color sobre los elementos en otros idiomas o las técnicas empleadas en el álbum. Todos los elementos que envuelven al álbum funcionan como un espacio en el que jugar con la ruptura del pacto de realidad, algo que también se disfruta con los álbumes de Chris Van Allsburg, y la incorporación de datos con una explicación aparentemente lógica y que potencian el relato surrealista conectando, como no, con la ironía burguesa de Lewis Carroll. Un álbum que también conecta con un título emblemático de Buñuel: El discreto encanto de la burguesía. La traición de las imágenes convertida en la traición del texto como juego.


El impacto y la riqueza de las imágenes, el uso de perspectivas, encuadres y contrastes, se ponen en funcionamiento desde la primera página: un señor (el señor amarillo, casi recuerda a Reservoir Dogs y los motes de los personajes) llega tarde y espera que no hayan llegado el resto todavía. ¿Quiénes? ¿Dónde?, se preguntará el lector. Cinco señores vestidos con esmoquin y bombín que tan solo varían en el color esperan al señor Verde. Una invitación a la casa del señor Verde ante el descubrimiento de algo muy intrigante. En esa doble página con el señor Verde invitándonos con la mirada a pasar por la cortina (cortinas teatrales, cortinas Lynchianas, cortinas del tercer disco de Tindersticks, una banda tan elegante como el álbum de Sáez Castán) se aprecia una referencia por partida doble a La reproduction interdite (1937) en las sombras. Y, el misterioso cartel que plantea una pregunta a los diferentes señores que descubrirán el secreto de aquella puerta (curiosa la fracción de tiempo en la que permanecen en silencio profundo, 33 segundos, como el “pico” de la partitura de John Cage). 

¿Saldrá un tren por la chimenea?

En el descubrimiento, se puede conectar con otra pintura de Magritte como El principio del placer (Retratode Edward James) también de 1937. Curiosamente, las miradas en este álbum son un punto de interés. En la portada, nos revelan el espacio de una casa entre los árboles (que podrían recordar a Mvsevm o a La ventana indiscreta). Como espectadores, se nos presenta el escenario que después no volveremos a ver de frente en las páginas del álbum, y un juego con la percepción en el que la fachada cubierta por los árboles pierde la sensación de profundidad y un fondo verde plano que no presenta ningún elemento más en su horizonte.

Curiosamente, esa manera de representar el suceso deslumbrante y el título de la pintura nos dice dónde nos conduce esa puerta: al placer de las mariposas de colores (una por cada señor) que habitan en un espacio idílico y en el que la última imagen sirve como perfecto cierre focalizado en la glotonería del señor Verde, que disfruta de esa luminosa libertad. Lecturas que, independientemente del juego pictórico y de referentes, gustan al público infantil por lo atractivo de su lenguaje visual y el candor de una historia que fascina al lector inicial como al lector literario. Un clásico, esencial en cualquier estantería. Escuchas que un nuevo mundo te está llamando (como cantaría Joe Meek).

 

Fran Martínez

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Web de la editorial:

https://www.loguezediciones.es/libro/ver_libro_coleccion?id=31

Instagram Javier Sáez Castán

https://www.instagram.com/jsaezcastan

Referencia

Duran, T., & Bosch, E. (2011). Before and After the Picturebook Frame: A Typology of Endpapers. New Review of Children’s Literature and Librarianship, 17(2), 122–143. doi:10.1080/13614541.2011.624927

martes, 6 de abril de 2021

Entradas en azul. Isol. El globo

 

Título: El globo

Autora e ilustradora: Isol

Editorial: Fondo de Cultura Económica

Colección: Los especiales de A la orilla del viento

Año: 2002

Páginas: 24

Encuadernación y formato: 17 x 15 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

Difícil elección para la continuidad temática sobre la maternidad después de Madrechillona de Jutta Bauer. ¿Escogíamos a partir del grito o del barco? En caso de optar por la segunda, Intercambio cultural y su intertextualidad con Donde viven los monstruos y el barco como medio hubiera sido una conexión atractiva. Nos quedamos con el grito, así la elección es otra sensacional opción: El globo. La mirada de Marisol Misenta (1972) sobre el universo familiar son siempre lúcidas y repletas de un humor que juegan con un espacio de ironía con el lector adulto que acompaña y se le recuerda que también fue niño y su manera de enfrentarse al mundo era bien diferente, con otras reglas.

Ese hilo ofrece en la obra de Isol un especial tratamiento desde la infancia salvaje y el cuestionamiento de las reglas maternas en Vida de perros, la crianza en El menino y el juego con las transformaciones con El globo, Secreto de familia (la madre “puercoespín”) e Imposible (aquí, se transforma el pequeño). Divertimentos que recuerdan también otros títulos tan recomendables como Malacatú (María Pascual de la Torre) a partir de un juego de palabras tradicional, un conjuro (Madre, notable, sipilitrable) que ya recogía Ana María Pelegrín en su Poesía española para niños. También, con protagonistas que encarnan esa dualidad entre el pensamiento infantil y el contrapunto irónico de su aire sabiondo cuestionando el mundo que le rodea (y sus convencionalismos). 


Con El globo (incluido de la lista de The White Ravens en 2002) recupero un título especial en mi formación y un libro que, pese a sus pequeñas dimensiones, es una auténtica maravilla. En el libro funcionan a la perfección la ilustración y un texto breve que comienza con la narración en tercera persona recuperando elementos previos de Isol (el deseo que se cumple como en Regalo sorpresa y sus protagonistas que tienen nombre propio: Camila, en este caso) y, de nuevo, tenemos el grito de la madre. En esta ocasión, Camila no es la que sale volando en pedazos, sino que es la madre la que se convierte en un globo que ya no puede gritar (y los recursos expresivos de la caricatura para un cambio en la imagen) con lo que tenemos el conflicto de nuevo en las primeras páginas.


Sobre las ilustraciones, con El globo depura sus títulos previos y mantiene la soltura del trazo en sus personajes y un mayor control cromático que definiría su obra (exceptuando El cuento de Auggie Wren) con colores pasteles y manchas que colorean a los personajes como dobles sombras. También tenemos esa concepción de espacio circular como en el caso de Jutta Bauer en el que vemos desplazarse a Camila desconcertada y se da la transfocalización narrativa a sus experiencias en primera persona: “La verdad que mamá gritaba mucho, al perro, al horno, a mí, a todo lo que se moviera” (graciosa la inclusión del horno). Con ese cambio de narrador, tenemos la visión de la situación inicial (le ponemos tiempo, martes, que antes no conocíamos) frontal, compartiendo la mirada con la protagonista y, de pronto: ¡Plop! Un globo hermoso, rojo y brillante. Calladito.


Con ese silencio, la narración pasa a doble página para cambiarnos de perspectiva: ahora observamos a los dos personajes separados por el pliegue central. A partir de ese momento, ya estarán juntas, alternamos narrador entre su voz y las experiencias que nos relatan sus juegos con la divertida situación final en la que en el parque se encuentra con otra niña con la que entabla una conversación surrealistamente deliciosa: ¡Qué lindo globo! Respuesta: ¡Qué linda mamá! Y, es que a veces no se puede tener todo. Con esa frase y una última ilustración saltando encima de su globo-mamá (en un mundo también circular y en el que la historia incluye la palabra FIN, algo habitual en sus títulos, aunque no tanto en la mayoría de los textos en formato álbum).



Aquí, tenemos el caso contrario de Madrechillona, el grito que pone a la madre tan colorada que explota cambiando de forma, la imaginación de Camila y sus deseos de otros juegos, el retrato de las tensiones domésticas en un libro de poco texto, breve en su extensión y con la fuerza inconfundible en la obra de Isol. Un artefacto que funciona a la perfección con humor e ironía sobre las imposiciones del mundo adulto y la dificultad para la gestión de las emociones convertidas en una aventura singular. Otro aspecto característico en sus libros es el final, que siempre me gusta comparar con las películas de los Hermanos Coen con un final abierto que deja al lector libre para completar qué pasó después. En definitiva, prestigiar la capacidad interpretativa del lector. Aparecerán más títulos reseñados de Isol, una autora irresistible. Imaginemos a Camila volando sobre el Litoral.

 

 

 

 

Fran Martínez

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martes, 30 de marzo de 2021

Entradas en azul. Micaela Chirif y Renato Moriconi. Dentro de una cebra. Limonero


 Título: Dentro de una cebra

Autora: Micaela Chirif

Ilustrador: Renato Moriconi

Editorial: Limonero

Año: 2018

Páginas: 44

Encuadernación y formato: 28 x 22 cm. Tapa dura.

Idioma: castellano

Reseña:

Con la entrada dedicada a Yael Frankel y El ascensor, dedicamos la primera entrada a la editorial argentina Limonero que contará con más reseñas en este espacio. 2019 fue un año en el que recibieron reconocimientos por su labor editorial en la Feria de Bolonia y con este Dentro de una cebra, también colocaron un título en la lista de The White Ravens. Una progresión de reconocimientos que también le llegaron a Micaela Chirif con Más te vale mastodonte en 2013 que se alzó con el XVII Concurso de álbum ilustrado del FCE junto a la ilustradora Issa Watanabe (de quien reseñamos Migrantes) y, en esta ocasión, su obra se ilustra con el reconocido Renato Moriconi en una línea más cercana al extraordinario Bárbaro (FCE, 2015) que a los retratos de gran belleza pictórica de Teléfono descompuesto (FCE, 2013). Finalmente, Micaela Chirif también ha sido galardonada con el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños. Un año redondo.


Después de la reseña de Hablo como el río, seguimos con territorios de narraciones psicológicas en el que se reflejan los estados de ánimo de sus protagonistas, sus conflictos y emociones. En este caso, la combinación entre texto e ilustración dialogan de una manera más libre y abierta a la interpretación del lector. A partir del control del color en el que tan solo se emplean naranja-blanco y negro, se refleja el juego de luces y sombras en el que el entorno del protagonista se convierte en cebras a través del paso de la luz entre la ventana y la cortina estor. Así, en esa visión su entorno se transforma tanto del interior como del exterior (apreciamos la ventana de la caravana circulando). 


Una idea de tránsito en el que las emociones a veces toman el blanco y, otras, el negro. Un juego de sombras y emociones en una cotidianeidad aislada y que conecta con muchas de las sensaciones por las que hemos transitado en este año: hemos buscado entre las sombras y buscado luces para sortear las miradas de nuestros demonios (y una de las imágenes de estas formas conecta con otra de las ilustraciones de Bárbaro con las temibles serpientes elevándose), evocaciones de libertad, … Todo en una secuencia a doble página sin texto que sirve para mostrarnos esas sombras y dejarnos libres a su interpretación. La resolución del conflicto sigue con esa premisa de premiar al lector en la interpretación de las imágenes en relación con el texto conciso y breve para liberarse definitivamente en la última ilustración y reposar con las guardas finales. Una bella liberación que, en este año, aún evocamos.

Fran Martínez

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