Título: Negros y bancos
Autor
e ilustrador:
David McKee
Traducción: Juan R. Azaola
Editorial: Ediciones Altea
Año: 1985. Original: Tusk Tusk;
1978
Páginas: 40
Encuadernación
y formato:
11 x 18 cm. Tapa blanda.
Idioma: castellano
Reseña:
David McKee es un autor reconocido internacionalmente por el
personaje de Elmer, uno de los álbumes más vendidos en todo el mundo y unido a
la traslación animada en la BBC, ampliando su impacto. Esa segunda vida de
muchos de estos clásicos LIJ en la pantalla los ha forjado en la cultura
popular (desde las series para Adivina cuánto te quiero, los cortos de Leo
Lionni, Sendak o Eric Carle para la televisión) y sería interesante conocer qué
ha tenido más impacto en las ventas, reediciones o difusión. Supongo que un
poco de las dos. Además de Elmer, David McKee ha creado álbumes que abordan
cuestiones complejas más allá de la iconicidad de su personaje más popular: Los
conquistadores, Tres Monstruos, Seis hombres, Ahora no, Bernardo
o el surrealismo de No quiero el osito. Títulos que merecerían una
entrada propia y hoy nos centramos en Negros y Blancos (un título que
sigue la línea de conflicto como en Dos Monstruos, pero llevada al
terreno colectivo).
La narración tiene el aspecto de una fábula o una leyenda de
la creación (cómo eran en el origen los elefantes: negros y blancos) en el que
la situación inicial refleja la armonía en la vida de dos elefantes: el negro
en la página izquierda y, el blanco, en la derecha (el pliegue es la barrera).
Ellos amaban a todos los animales, excepto entre ellos. Una imagen icónica de
este álbum es la conversión de las trompas de los elefantes en puños y, el
pliegue, será la frontera entre ambos mundos. McKee nos presenta primero a esos
dos elefantes y, posteriormente, nos muestra la situación colectiva: separados en
cada lado de la jungla. Hasta que un día, decidieron acabar los unos con los otros.
Matarlos.
Pero también hubo elefantes que optaron por la paz entre ellos y huyeron al centro de la selva. Esa ilustración es de una gran belleza donde la selva parece representada como un gran laberinto en espiral y con la entrada de los elefantes en los que sería un zoótropo. La batalla es igualmente singular en el uso de las trompas: cañones, fusiles y puños. Del ataque lejano con los primeros, la guerra de guerrillas con los segundos y el cuerpo a cuerpo con los terceros. “Hasta que no quedó ni un elefante vivo”.
La selva solitaria y el legado de la otra parte de los
elefantes pacifistas: nietos grises que salieron al mundo. Un bonito relato
pacifista que no rehúye aligerar las imágenes del conflicto y que, seguramente,
sean más perturbadoras para los adultos que para los menores. Ahora, ya sabéis
por qué los elefantes son grises. Y, tal vez, podáis imaginar por qué tienen
las orejas grandes. Y, un aviso a navegantes para estar con las orejas tiesas ante los discursos de odio.
Fran
Martínez
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